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Seguridad Industrial y Prevención de Riesgos Laborales.

 

Revista de Prensa: Noticias

Miércoles, 26 de julio de 2006

¿Por qué han muerto 94 obreros?

Cada dos días muere un trabajador en Madrid

 

EL PAÍS visita 10 tajos con un técnico sindical. Todos incumplen las normas de seguridad
Se cae de un andamio, o es aplastado, o se estrella en el camino al tajo. UGT y CC OO llevan la cuenta: en lo que va de año, son 94. El último es un camionero de 50 años que el viernes fue arrollado por una carretilla. Ese mismo día, EL PAÍS acompañó a un técnico laboral de CC OO a una visita por 10 obras elegidas al azar. Ni una sola, según su dictamen, cumplía la normativa. Por ejemplo, en ninguna los andamios se adaptaban a la ley. En febrero murió Julio Jiménez al caerse de un andamio. Su hermano Ángel sigue trabajando en la obra, sin contrato y cobrando por metro construido. En su trabajo, más de la mitad de los obreros son inmigrantes, la mayoría sin experiencia.

Foto: EL País

Julián Alberto Pérez, colombiano de 30 años, murió hace veinte días aplastado en una obra en Loeches. El sindicato CC OO mantiene que su jefe, cuando fue interrogado por la policía, no sabía ni sus apellidos. Le había contratado en un bar. Al brasileño Leovalgio, un sin papeles, le cayó un tablón en la cabeza en la reforma de un cine. Fue hace dos años. Aún no puede moverse de la cama. No ha recibido indemnización, porque no tenía contrato.

A William, un ecuatoriano, su patrón, según el sindicato, le dejó hace un par de años moribundo en un camino. Le quitó el mono y le puso ropa de calle para disimular que se había precipitado en su obra. CC OO llevó al constructor a los tribunales. Fue condenado, pero no pisó la cárcel. El juez consideró que una multa era suficiente.

En los seis primeros meses del año han muerto 87 personas en accidente laboral o camino al trabajo, según CC OO y UGT, cuatro más que en el mismo periodo de 2005. En julio han muerto siete más.

EL PAÍS acompañó el viernes a Daniel Barragán, técnico de Salud Laboral de Fecoma-CC OO, en una visita por 10 obras elegidas al azar en Centro, Fuencarral-El Pardo y Alcobendas. Y comprobó como en todas se incumple la Ley de Prevención de Riesgos Laborales: andamios sin terminar, trabajadores haciendo equilibrios a 20 metros de altura, inmigrantes cargando material al filo del andamio y sin barandilla, el arnés sin sujetar.

Calle de Las Huertas (Centro), edificio en rehabilitación. Un trabajador con un pañuelo en la cabeza se pasea por la cuarta planta de un andamio, sin barandilla y cargando un tablón. Al verle hacer equilibrios se tiene la sensación de contemplar a un funambulista; pero sin red. "A partir de dos metros de altura la barandilla o el arnés es obligatorio. Como este hombre resbale, se mata", comenta Barragán, 27 años y más de tres de experiencia.

 
Accidentes laborales
Gráfico: EL País
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No muy lejos, en la calle de Fucar, hay una obra similar, donde hay cuatro obreros, ninguno con la ropa reglamentaria (botas, casco, guantes y piernas tapadas). Uno de ellos viste chándal, gorra y deportivas. Es rumano y cuando se le pregunta por la seguridad en la obra se asusta y llama al encargado. "Si no lleva la ropa es porque ni siquiera se la han dado. No creo que este hombre tenga ningún interés en mancharse su chándal. El perfil del trabajador de la obra es alguien sin formación, pide poco y cobra menos. Hay tanta precariedad que los constructores les cogen con que simplemente vayan a preguntar a la obra", denuncia el técnico de CC OO.

Tercera obra de rehabilitación. Calle de Santa María (Centro). Unos operarios sin casco suben y bajan una canastilla llena de cemento que se balancea peligrosamente sobre sus cabezas. El técnico se indigna. "¡Están usando una cuerda medio rota! Y encima lo suben y bajan a mano. Eso está prohibido; podría caerles en la cabeza. Los materiales tienen que ser movilizados de manera mecánica y protegida", señala.

En otro tajo en la misma calle, otro edificio en rehabilitación, el andamio está a medio terminar y tiene huecos. Los obreros se cruzan entre ellos al filo del abismo. "Los andamios tienen que estar perfectamente cerrados. Aunque te diese un mareo, si están bien puestos, es imposible que te caigas", alerta el técnico. En el caso de que un inspector de trabajo llegase a esta obra, la multa tampoco sería muy elevada: entre 1.000 y 100.000 euros. "Muchos empresarios prefieren arriesgarse a pagar el castigo porque les tiene a cuenta. Les sale más caro invertir en seguridad", señalan desde UGT y CC OO.

Quinta parada. La obra tiene red de protección pero no está bien colocada: tendría que colgar de las estructuras dibujando una vaguada, para recoger al trabajador en su posible caída. Esta red cae recta. Si alguien se precipitase, caería al vacío. Un operario -una vez más subido a un andamio sin barandilla- echa agua sobre dos cables gordos en otra obra. "Como no tenga cuidado, se va a electrocutar. Muchos llevan 40 años haciendo lo mismo y piensan que no les va a pasar nada", señala Barragán.

Después de visitar seis obras, la impresión es que las 61 muertes ocurridas en el tajo en los primeros seis meses del año, excluyendo las ocurridas al ir a trabajar, parecen milagrosamente pocas: hubo 13 en la construcción, 33 en servicios -en estos casos se integran desde un operario de limpieza aplastado por una máquina hasta el quemado por un aparato de aire acondicionado que reparaba-, 14 en industria y uno en agricultura. Pero la tasa de siniestralidad en Madrid está por debajo de la media española y de regiones como Castilla-La Mancha. "Estamos hablando de muertos y no podemos bajar la guardia", advierten los sindicatos. Como muestra, un dato: en 2005 hubo en Madrid 115 accidentes laborales por cada 1.000 trabajadores.

Los sindicatos exigen que los empresarios vayan a la cárcel o sean inhabilitados. En Madrid ningún constructor ha puesto el pie en una celda porque las condenas siempre han sido inferiores a dos años. "Exigimos la publicación de la lista de empresas que hayan sido sancionadas y que sean excluidas de la contratación pública y de las subvenciones", señalan Marisa Rufino, secretaria de Salud Laboral de UGT-Madrid y Carmelo Plaza, su homólogo en CC OO.

Un portavoz de la Confederación Empresarial de Madrid (Ceim) afirmó que "es la consejería de Economía la que tiene que opinar". En cambio, en Asprima, que engloba a las inmobiliarias, sí que abogan por "la transparencia".

El director de Trabajo de la Comunidad, Javier Vallejo, explica que el Gobierno regional ha pedido al Consejo de Estado un informe para ver si es legal la publicación de dichas listas. Los sindicatos consideran que el número de inspectores de trabajo, un centenar, son muy pocos. "Para llegar a los niveles europeos habría que multiplicar esa cifra por tres", exigen UGT y CC OO.

Los datos de la Inspección de Trabajo reflejan el incumplimiento de las normas. En el primer trimestre de 2006, realizó 3.609 visitas, que dieron lugar a 1.283 requerimientos

[el inspector le dice a la empresa lo que está mal y le insta a que lo subsane], 48 paralizaciones por riesgo grave e inminente y 792 infracciones con propuestas de sanción.

Séptima parada. En el polígono industrial de Alcobendas, muy cerca de donde el 13 de julio se mataron dos obreros al desplomarse un edificio, hay varios bloques de obra nueva. En una esquina, en lo alto de un inmueble a medio construir, unos obreros llevan el arnés puesto, pero les sirve de poco. Están a unos veinte metros de altura, al límite del edificio en construcción. "Si te fijas bien se ve que no llevan el arnés sujeto a la línea de vida [la cuerda que fija la sujeción para que el obrero no se caiga]", explica.

En otra obra cercana el andamio no está sujeto a la pared, se balancea casi en el aire. "Otra irregularidad más que a primera vista no se detecta", denuncia el técnico. "Da igual que sea obra nueva o de rehabilitación, las chapuzas se hacen en todos lados. Desde el pistolo [el pequeño empresario que trabaja con su furgoneta] hasta las grandes compañías", agrega.

El incumplimiento de la normativa también se nota en los horarios abusivos y en la falta de contratos. En el Barrio del Pilar (Fuencarral-El Pardo) trabaja Adamo Yarag, de 26 años. Es de Mali y lleva tres meses en el tajo. No habla apenas español, pero sonríe mucho. A preguntas del tipo "¿te pones arnés?", o "¿te han explicado cuáles son las medidas de seguridad?", sólo contesta: "No lo sé". Trabaja más de 12 horas al día y cobra menos de 1.000 euros. Antes de subirse a un andamio no tenía experiencia. "La jornada laboral no tiene que superar las nueve horas", denuncia el técnico de CC OO.

En sus tres meses en Madrid, Adamo ya ha tenido que escuchar frases de los capataces, tras algún accidente leve, del tipo "Es que era un borrico" o "Si es que el carajillo...". El viernes pasado uno de los trabajadores se cayó desde un par de metros de altura. "A muchos, que no hablan español, les dan un manual de seguridad y firman el recibí y con eso vale", critican en CC OO y UGT.

Décima parada. En la calle del Doctor Ramón Castroviejo, los obreros trabajan a destajo; cobran por metro trabajado, algo prohibido. Hay muchos subcontratados. El Congreso aprobó en mayo una proposición de ley que regulará la subcontratación. Según Barragán, el técnico de CC OO, controlarla mejorará la seguridad en el tajo. En enero de 2007 entrará en vigor esa ley. Para muchos, demasiado tarde.

Mi hermano se cayó, yo sigo, Ángel Jiménez trabaja sin contrato. Su familiar murió en la obra
Con 52 años, Ángel Jiménez piensa que tiene una edad en la que ya no le van a coger en ningún trabajo. Así que sólo le queda seguir haciendo lo que ha hecho toda la vida: poner ladrillos en una obra. Ángel se sube todos los días al andamio; aún sabiendo que su hermano Julio se mató desde uno el pasado 14 de febrero junto con otro compañero, Juan Carlos Gutiérrez. Ambos obreros cayeron desde 15 metros de altura y murieron en el acto.

En seis meses, a Ángel se le ha caído el pelo y la cara se le ha llenado de surcos y ojeras.

Ahora trabaja en un edificio de 10 plantas en el Barrio del Pilar (Fuencarral). Está triste. Ya no es tan ágil como cuando era un veinteañero, pero en la obra le exigen como al que más y tiene que subirse a cualquier altura. "Aquí no hacen miramientos", cuenta.

Aunque quisiera, este obrero no ha podido olvidar el accidente en el que falleció su hermano Julio. Lleva medio año de juzgados y papeleos. "Y la viuda de mi hermano no ha cobrado ni siquiera la indemnización porque resulta que la empresa no había pagado la cuota del seguro", se queja con amargura. Para cobrar la última nómina del fallecido también se las han visto y deseado. Todo son problemas. El inspector de trabajo aún no ha remitido el informe de lo que sucedió aquel día al juzgado. La viuda del otro trabajador ya "ha tirado la toalla", cuenta Ángel.

Como estas familias, muchas se han visto enredadas en la burocracia de juzgados y abogados, sin ver un euro y teniendo que revivir la tragedia cada vez que tienen que hacer una nueva gestión interminable. Para concienciar a los trabajadores, el Gobierno regional ha habilitado un autobús que desde mayo recorre 160 obras de la región. "Varios técnicos enseñan a los obreros, sobre todo a los inmigrantes, cuáles son normas de seguridad. Repartimos trípticos en inglés, francés, rumano, árabe y polaco", explica el director general de Trabajo, Javier Vallejo.

"La seguridad no está bien en ningún sitio", recalca Ángel Jiménez, cuando se le pregunta sobre las medidas que toman en su obra, un inmueble donde en apariencia todo está en orden.

Ángel no tiene contrato, cobra por metros de obra realizada. El viernes, horas antes de la conversación, un obrero se ha caído en su trabajo y se ha roto una costilla. El hombre se ha precipitado por el andamio. A pesar del peligro, pocos obreros se ponen el arnés porque obliga a trabajar más lento y entonces se gana menos. Y Ángel, como muchos obreros, tiene que llegar a fin de mes. "Me pongo el arnés cuando veo que hay mucho peligro", cuenta. El metro trabajado lo cobra a unos 20 euros, pero el dinero lo tiene que repartir con los otros dos trabajadores de su cuadrilla.

El 'dj' de Móstoles
David Marín falleció hace un mes al golpearle un tubo en la cabeza
David Marín, de 23 años, murió hace un mes al golpearle en la cabeza un tubo que se le había caído a un compañero durante el desmontaje de un concierto. El chico trabajaba para una subcontrata y cobraba a cinco euros la hora. Sus padres, José Ángel y Rosa, con la tragedia muy reciente, han tenido que meterse en abogados. "Es como una pesadilla, seguimos de baja laboral y todos los días hay algún trámite que hacer que nos lo hace revivir todo", cuenta este matrimonio, que vive en Móstoles.

David era técnico de sonido y había trabajado en varias series de televisión en Antena 3 y Telecinco. Pero una de las series en las que estaba empleado no tuvo audiencia y David se quedó en el paro. "Por eso se puso a buscar otro curro, para sacarse algo dinero y poder algún día irse de casa y vivir de alquiler", cuenta su hermana Esther.

En los últimos meses David había trabajado en los conciertos de Il Divo y en el de Guns N? Roses.

A él también le gustaba la música, pero estilo drum and bass y, sobre todo, pinchar. "No era profesional, pero sí que había sido dj en alguna fiesta", explican sus familiares. Como nombre de guerra tenía El Marín.

David tenía una novia, Leena, que vive en Mallorca y con la que se comunicaba con la webcam del ordenador. Ella y la familia del chico sólo tiene palabras de consuelo para el otro chaval al que se le cayó el tubo que mató a David. No saben quién es. "Nos dijeron que nada más producirse el accidente desapareció. Es un crío, como lo era David, él no tiene la culpa", concluyeron.

Fuente: www.elpais.es
23.07.06

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