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Lunes, 17 de junio de 2013

Ayaan Hirsi Ali: «Los hermanos Tsarnáev son representativos de un conflicto de deslealtades»

La famosa líder antiislamista de origen somalí aboga por un mayor control en la concesión de ciudadanía en Occidente a presuntos extremistas

 

Ayaan Hirsi Ali: «Los hermanos Tsarnáev son representativos de un conflicto de deslealtades»
Ayaaan Hirsi Ali

El 25 de abril de 2013 presté juramento para convertirme en ciudadana de los Estados Unidos. Quizá solo quienes lo han prestado puedan comprender cómo me sentí aquella tarde en Boston. Tuve una honda sensación de pertenencia y, durante la hora que duró la ceremonia, más de una vez se me saltaron las lágrimas. No tengo por qué dudar de que los 1.834 hombres y mujeres que prestaron juramento a mi lado compartieran esta sensación tan especial de acogida. Esa tarde soleada parecía irreal que, apenas diez días atrás, otro ciudadano reciente de este país hubiera alzado las armas en su contra (en nuestra contra) en esa misma ciudad.

Como todo el mundo sabe, ese nuevo ciudadano de EE.UU. era Dzhojar Tsarnáev, de 19 años. Hacía solo siete meses que había prestado el juramento: el 11 de septiembre, de hecho; triste ironía cuyo sentido aún se nos escapa. Su presunto cómplice y mentor era su hermano, Tamerlán Tsarnáev, que a su vez había solicitado la ciudadanía y, tras superar ya varios pasos, estaba a la espera del visto bueno para prestar el precioso juramento.

Un visto bueno que sin duda habría llegado, pues los estadounidenses son (somos) un pueblo generoso. Lo curioso es que, aun así, el actual debate sobre la reforma de la inmigración tenga poco que ver con rechazar a personas como Tamerlán y Dzhojar Tsarnáev.

Cada ciudadano nacionalizado tiene su propia y única historia. Mi viaje a Estados Unidos no fue solo geográfico, sino también intelectual, emocional y cultural. Crecí en comunidades musulmanas de Somalia, Arabia Saudí, Etiopía y Kenia. En mi infancia, dichas comunidades (a excepción de la de Arabia Saudí) mostraban unas prácticas y creencias religiosas moderadas.

Pero, ya adolescente, fui testigo de un cambio. Amigos y parientes empezaron a recurrir a la interpretación literal de los textos islámicos como respuesta a todos sus problemas. A los líderes religiosos que alentaban la observancia de los rituales los remplazó una nueva estirpe de imames que instaban a la hostilidad e incluso a la violencia contra judíos, «infieles» y musulmanes que incumplieran sus deberes religiosos o violaran la sharia, la ley islámica.

Aplicación de la sharia

Yo tampoco fui inmune a este nuevo fundamentalismo: me uní a los Hermanos Musulmanes, un movimiento religioso y social que nos exigía la aplicación de la sharia en nuestra familia, comunidad y nación. Para una chica, eso podía significar la estricta obediencia al marido y la propagación discreta del mensaje; para un chico, convertirse en mártir mediante un ataque violento contra los infieles. Una persona podía aportar dinero; otra, su hogar; otra, sus contactos políticos y sociales. Lo importante era la unión en torno al ideal de un mundo gobernado por la sharia.

Con el paso del tiempo, fui cuestionando ese ideal. Mi viaje incluye una década transcurrida en Holanda, donde experimenté una profunda disonancia: mientras mentalmente me proponía ser constante en mi fe, mi estilo de vida se alejaba cada vez más del estrecho sendero islámico. Se suponía que la libertad que yo estaba viviendo en Holanda era aborrecible y maléfica; en cambio, sentía un agradecimiento abrumador por ella y por la generosidad con que el pueblo holandés me acogió a mí y a tantos otros emigrantes. Me di cuenta de que estaba más cómoda con la idea de tratar como iguales a mujeres, homosexuales y personas de otras razas y creencias de lo que estuve nunca con las constricciones de la sharia.

Fue este viaje desde un mundo dominado por la estricta observancia a la ley religiosa hacia un mundo de libertad para y desde la religión lo que me condujo hasta esa ceremonia en Boston, que al fin me hizo ciudadana del país que representa, más que ningún otro, la libertad para el mundo. He dedicado la última década de mi vida a exponer en lo posible la amenaza que representa lo que yo llamo, con la mayor cautela, «islam político».

Es un tema que conozco bien. El islam político mató a mi amigo holandés Theo Van Gogh, que osó colaborar conmigo realizando el filme Sumisión, una crítica del maltrato a las mujeres en nombre del Islam. Los partidarios del Islam político me amenazan con regularidad como apóstata de su fe. El islam político acabó haciéndome la vida imposible en Holanda; de no ser por el islam político, casi con toda seguridad todavía sería holandesa.

¿Qué es el islam político? No es exactamente parejo a la dimensión espiritual de la creencia. El islam es pluridimensional. Además del aspecto religioso y social, tiene una dimensión política muy poderosa. El islam político es una visión global de las ideas e ideales derivados de los textos islámicos según la interpretación de varios estudiosos, a los que se considera autoridades sobre su significado. Casi todos esos estudiosos coinciden en que las sociedades musulmanas deben aceptar a Alá como potencia soberana y esforzarse por ceñirse a la ley de la sharia tal como aparece en la Sunna (vida, palabras y obras del Profeta). El islam político prescribe unas prácticas sociales, económicas y legales que difieren mucho de las enseñanzas sociales más generalizadas (como la exhortación a la caridad o a la búsqueda de la justicia) que hallamos en la dimensión espiritual del islam, el cristianismo, el judaísmo y otras religiones del mundo.

Separación iglesia-Estado

Todo ello contradice, obviamente, los ideales estadounidenses (y occidentales en general) de libertad religiosa y separación de iglesia y Estado. Pero la mayoría de estadounidenses ignoran el conflicto fundamental entre su visión del mundo y el islam político. Tal vez se deba a que en general dan por sentado que la «religión», independientemente de cómo se defina, es una motivación positiva hacia el bien, y que una sociedad tolerante debe aceptar cualquier conjunto de creencias religiosas, por inusual que sea. Coincido en eso.

El problema surge cuando los partidarios de una fe determinada la emplean como autorización divina para violar la ley. En Estados Unidos, es prodigiosamente cierto (y uno de sus poderosos atractivos para millones de inmigrantes como yo) que uno puede pensar y decir lo que quiera siempre que sus creencias no le muevan a hacer daño a otros. Por desgracia, una minoría de los partidarios del Islam político defiende la acción violenta en apoyo a sus creencias, lo que es una amenaza para las vidas de inocentes como los asesinados y mutilados mientras observaban el maratón de Boston. Cabe preguntarse cuántos jóvenes como Tamerlan y Dzhokhar Tsarnaev están viviendo ya una doble vida en Estados Unidos, dispuestos a alzar las armas por la causa del Islam político, y cuántos más se nacionalizarán este año. ¿Ninguno? Eso parece bastante improbable.

Un sondeo independiente realizado por Pew en 2011 revelaba que el 1 por ciento de los musulmanes estadounidenses «justificaba a menudo» los atentados suicidas. La enorme mayoría de musulmanes del país defienden la paz, pero el 7 por ciento de los entrevistados «justificaba en ocasiones» los atentados suicidas, y el 5 por ciento las «justificaba raramente». Si partimos del conservador cálculo de Pew de que los musulmanes constituyen hoy el 0,6 por ciento de la población adulta de EE.UU, se deduce que más de 180.000 musulmanes estadounidenses consideran que los atentados suicidas están justificados en cierto grado.

Aún más preocupante es el resultado de otro sondeo de Pew realizado en 2007 que revelaba que los musulmanes estadounidenses menores de 30 años son el doble de propensos que sus mayores a justificar los atentados suicidas en defensa del Islam. El mismo sondeo mostraba que el 7 por ciento de los musulmanes estadounidenses entre 18 y 29 años tenían una opinión «favorable» de Al Qaeda.

Porcentaje nada baladí

Recalquémoslo: puede que el porcentaje sea pequeño, pero el número de estadounidenses comprometidos con el Islam político y dispuestos a contemplar la violencia como medio para potenciarlo ciertamente no es baladí. Y es probable que el aumento de la inmigración desde el mundo musulmán incremente el porcentaje de estadounidenses que simpatizan con el Islam político.

Un informe de Pew de 2013 revelaba el extraordinariamente amplio porcentaje de musulmanes de todo el mundo que está a favor de que la sharia sea la ley oficial de su país: el 91 por ciento de musulmanes iraquíes y el 84 por ciento de paquistaníes, por ejemplo. Porcentajes similares defienden la pena de muerte para apóstatas como yo. Quienes emigran a EE.UU, ¿pertenecen exclusivamente a la pequeña minoría que piensa lo contrario? Lo dudo.

Para tratar de explicar la violencia de algunos islamistas políticos, algunos analistas occidentales culpan a la dureza de las circunstancias económicas, a las disfunciones familiares, a las crisis de identidad, a la alienación intrínseca de los varones jóvenes y a cosas por el estilo. En otras partes, se ofrecen como explicación los errores de la política exterior estadounidense. Aunque aceptemos estos argumentos (y en efecto, son factores que pueden influir a la hora de exacerbar la sensación de violenta alienación en muchos jóvenes musulmanes), cuesta entender por qué un islamista político convencido desearía sinceramente convertirse en ciudadano estadounidense.

El juramento

El ciudadano nacionalizado jura «apoyar y defender la Constitución y las leyes de los Estados Unidos de América ante cualquier enemigo, externo o interno (…) permanecer fiel a las mismas (…) [y] tomar las armas en nombre de Estados Unidos cuando la ley lo exija». Los ciudadanos nacionalizados unen su destino al de esta sociedad y no al de la anterior, para bien o para mal. De modo que el terrorista en potencia jura defender la Constitución y a Estados Unidos ante cualquier enemigo mientras su corazón acata un orden político radicalmente distinto. El reto que nos plantea este terrorista en potencia no es modificar nuestra política exterior o mejorar las condiciones económicas del mundo musulmán; eso ya lo hacemos. El reto es desenmascarar el engaño de esos ciudadanos postizos.

Una de las medidas empleadas durante la Guerra Fría consistía en preguntar a los futuros ciudadanos si habían pertenecido al Partido Comunista, como declaración de que el comunismo era una ideología fundamentalmente hostil al estilo de vida estadounidense. Esa pregunta sobre el partido comunista se sigue formulando hoy en día, aunque la amenaza que representa el comunismo se limita a unos cuantos reductos desesperados. Me sorprendió que en el proceso de solicitud apareciera no una, sino dos veces. Lo que me llevó a pensar: ¿no es hora de actualizar el formulario y sustituir el comunismo por el Islam político?

Está claro que una simple pregunta no serviría para destapar el fraude de un terrorista convencido. Pero establecería el principio de que la adhesión al Islam político, con sus sueños de una sociedad regida por la sharia (por no hablar de un mundo gobernado por un reinstaurado califato), es incompatible con los términos del juramento de fidelidad.

Durante el proceso de mi solicitud, los Servicios de Ciudadanía e Inmigración solo me citaron dos veces en el edificio federal John F. Kennedy de Boston: una para las huellas y las fotos, y la segunda para una entrevista con el funcionario que evaluó mi solicitud. Fue un trámite puramente burocrático, carente de todo significado moral o político. Y así debió de ser para Dzhokhar Tsarnáev y Faisal Shahzad, tal como habría sido para Tamerlan Tsarnáev.

La cuestión ahora es si el trámite de la entrevista debe seguir estando tan despojado de significado. ¿Es lo que queremos para el siguiente fanático del Islam político, deseoso de aprovechar las ventajas de la ciudadanía estadounidense hasta el día en que intente masacrar a cuantos pueda de nosotros?

Hace medio siglo, Estados Unidos se alejó de la era en que la inmigración se restringía con el propósito expreso de reducir la cantidad de chinos y otros grupos étnicos, considerados indeseables. No tengo el menor deseo de regresar a esos nefastos viejos tiempos: la discriminación por motivos de etnia o creencias no debe existir. Pero no basta con limitar el actual debate sobre la reforma de la inmigración a una simple discusión sobre el futuro de los inmigrantes ilegales. Considero que tenemos derecho a excluir a los candidatos a ciudadanos que se oponen ideológica y moralmente a EE.UU. y que representan una amenaza para su población.

La necesidad de un jurado

A todo aspirante debería entrevistarlo un jurado diverso en cuanto a etnia y religión, constituido por unos expertos en extremismo religioso que asesoren al Gobierno sobre si debe o no permitir que esa persona prosiga su camino hacia la ciudadanía. Y los aspirantes musulmanes no tienen por qué sentirse discriminados, pues el tribunal vigilaría a cualquier individuo cuyas convicciones políticas, religiosas o de otra índole chocaran frontalmente con el Gobierno y los principios a los que el aspirante se dispone a jurar fidelidad.

Esto incluiría a todos y cada uno de los extremistas que abiertamente defienden o congenian con la violencia política como medio para alcanzar su ideal de sociedad. Un ejemplo serían los miembros de organizaciones terroristas como las FARC de Colombia, el PKK de Turquía o la Aum Shinrikyo de Japón. La cuestión más importante no es qué creen, sino qué hacen o creen que sería legítimo hacer. El exigir a los candidatos a la ciudadanía que respondieran a las preguntas de un jurado así posiblemente sería más útil que todas las otras medidas incómodas, caras e indeseables para combatir el terrorismo con las que apechugamos actualmente.

¿Que sería complicado organizarlo y aplicarlo? Desde luego. Pero esa prueba es necesaria para garantizar que EE.UU. pueda seguir atrayendo y nacionalizando a personas que se sienten verdaderamente atraídas por lo que engrandece a este país y que quieren contribuir a su grandeza, y por otra parte prohibir la entrada a los enemigos empeñados en nuestra desaparición.

«Asumo este compromiso libremente y sin reservas mentales ni propósitos ocultos, con ayuda de Dios». Las últimas palabras del Juramento de Fidelidad permanecen grabadas indeleblemente en mi memoria. Pero al pronunciarlas pensé en los hermanos Tsarnaev, cuyas reservas mentales respecto a Estados Unidos aumentaron hasta tal punto que estaban dispuestos a sembrar la muerte y el caos.

Una reforma de la inmigración que no dificulte a personas así establecerse en EE.UU. sería, cuando menos, muy incompleta.

 

Fuente: ABC
02/06/13

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