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Lunes, 9 de febrero de 2015

Estado Islámico, la forja de la organización terrorista más poderosa del planeta

Desafío Yihadista

 

La historia de la mayor organización terrorista de los últimos tiempos comienza en las celdas de Camp Bucca, una cárcel en el sur de Irak establecida y administrada por las tropas estadounidenses tras la invasión del país árabe en 2003. Algunos de aquellos prisioneros de guerra -enfundados en monos color amarillo o naranja, según las condenas- son hoy los cabecillas del Estado Islámico. Entre ellos, el que una década más tarde se convertiría en su temido líder: Abu Bakr al Bagdadi.

El auto proclamado califa de los musulmanes pasó por Camp Bucca en 2004. Fue arrestado en una redada contra uno de los tantos grupos que, pequeños y desorganizados, surgieron tras el ocaso de Sadam Husein, la caída en desgracia del poder suní y el ascenso de sus rivales chiíes. Al Bagdadi salió de Camp Bucca con los contactos para ir escalando en una insurgencia que por aquel entonces dirigía Abu Musab al Zarqaui, líder de Al Qaeda en Irak.

Tras su muerte en un ataque aéreo estadounidense en 2006, tomó el testigo de la organización Abu Omar al Bagdadi del que Abu Bakr al Bagdadi se convirtió en un estrecho colaborador. En abril de 2010 un bombardeo estadounidense mató a Abu Omar y su discípulo llegó a la cúspide. La ejecución un mes más tarde de Osama Bin Laden allanó aún más su camino.

A las órdenes de Abu Bakr al Bagdadi, el Estado Islámico de Irak y el Levante perfeccionó 15 años de una yihad que tiene sus raíces ideológicas en las enseñanzas más fundamentalistas del golfo Pérsico y que se curtió en el arte de la guerra en Pakistán y Afganistán. Y terminó eclipsando a Al Qaeda, la red que fundó Bin Laden y que hoy trata de mantener en pie el cirujano egipcio Ayman al Zawahiri.

Las políticas de Nuri al Maliki que alienaron a la población suní iraquí y atroces fogonazos como las torturas y abusos cometidos por EEUU en la cárcel de Abu Graib alimentaron sus filas. Hoy el Estado Islámico presume de músculo ante sus viejos camaradas: en 2011 aprovechó las revueltas en Siria para cruzar al país vecino y establecer su cuartel general en Raqqa, convertida desde entonces en capital del califato que proclamaron a finales del pasado junio.

La fortaleza del IS (Estado Islámico, por sus siglas en inglés) carece hoy de competencia: a mediados de 2014 tomaron Mosul, la segunda ciudad de Irak. Las tropas iraquíes, formadas y armadas por EEUU, ni siquiera ofrecieron resistencia. Desde entonces controlan un tercio de Siria e Irak, con una población que ronda los 11 millones de personas.

Férrea jerarquía

El califato ha establecido una férrea jerarquía: cuentan con más de 30.000 soldados, 15.000 de los cuales han emigrado desde todo el planeta. Se calcula que cerca de 200 proceden de España. Sueñan con expandirse por el mundo: cuentan con sucursales en Libia, la provincia egipcia de Sinaí, la Península Arábiga o Jorasán, un territorio que se extiende por Afganistán y Pakistán.

Y usan con enorme destreza las redes sociales y los medios tecnológicos más modernos para difundir su terror de decapitaciones, crucifixiones, amputaciones y ejecuciones sumarias. El último crimen del "daesh" (el acrónimo de la organización en árabe) ha sido uno de los más atroces de su infame historial: la agonía del piloto jordano Muaz Kasasbeh, enjaulado y quemado vivo.

Los soldados del califato son fundamentalistas aplicando la interpretación más brutal de la "sharia" (ley islámica) que ha obligado a huir a cientos de miles de cristianos o yazidíes y ha trastocado dramáticamente el mapa multiétnico del norte de Irak. Pero son terriblemente pragmáticos en la batalla aliándose con el enemigo de sus enemigos -los restos del partido secular Baaz, las huestes de Sadam Husein- o vendiendo el petróleo que producen en su territorio al régimen de Bashar Asad.

El IS, al que líderes musulmanes de todo el planeta han declarado la guerra, presume además de poderío económico. Es, de lejos, la organización terrorista más rica del mundo. Ingresa alrededor de dos millones de dólares al día: el contrabando de petróleo y gas; las extorsiones; los rescates o el mercado negro de antigüedades alimentan las arcas de un grupo que, tres años después de la retirada definitiva de sus tropas, se ha convertido en el quebradero de cabeza de la Casa Blanca. Una pesadilla más en un Oriente Próximo en llamas.

Fuente: El Mundo
07/02/2015

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