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Seguridad Pública y Protección Civil.

 

Revista de Prensa: Noticias

Jueves, 14 de septiembre de 2006

Día de humo. Relato de una jornada imborrable

La narración de la destrucción de las Torres Gemelas

 

Las vísperas de los grandes acontecimientos sólo adquieren verdaderos rasgos proféticos a posteriori, cuando el polvo se ha depositado sobre el suelo y el humo se ha desvanecido. Y el 11 de septiembre de 2001 que inauguraría brutalmente el siglo XXI no fue una excepción, aunque a la hora de interpretar a toro pasado esos augurios cada crédulo y cada agnóstico dispongan a placer de su particular repertorio de indicios y señales. La tarde del 10 de septiembre, el cielo de Nueva York se tiñó de violetas y malvas ferruginosos, nubes de aleación turbia, que no podían presagiar nada bueno, salvo para los de la tribu que venera las tormentas. Desde los desfiladeros de las avenidas, los rascacielos servían de convidados de piedra, espectrales, ante las nubes cada vez más tenebrosas.

Foto: ABC

Se abrieron los cielos y descargó sobre Manhattan uno de esos aguaceros que me recordaban a Kinshasa. Busqué refugio en la marquesina de unos cines en la Segunda Avenida, y desde allí vi cómo riadas instantáneas se llevaban zapatos de tacón de las que no habían previsto el súbito cambio de humor de los dioses de la atmósfera.

Acabábamos de dejar a la niña en la escuela pública de la calle 32 (PS 116) y compartíamos un café frente al cine que la víspera me había salvado de quedarme hecho una sopa cuando sonó el móvil que, afortunadamente, llevaba conmigo. Cosa insólita en aquella época. Era mi colega de Washington, Pedro Rodríguez, sucinto y directo a la mandíbula como un redactor jefe: «Un avión se ha estrellado contra las Torres Gemelas. ¡Pónte las pilas!». Salimos disparados como buenos neoyorquinos: con el café en la mano, que para esas emergencias también sirven los envases desechables. Ya que desde lo alto de nuestra casa, en el 407 de Park Avenue South, esquina con la calle 28, se disfrutaba de una espléndida vista sobre el sur de la ciudad y las torres, decidimos sobre la marcha: tomar unas fotos desde lo alto y bajar enseguida al World Trade Center. Subí directamente a la terraza mientras la fotógrafo hacía escala en el piso 20 para recoger sus aperos. Acodado al alféizar, mientras contemplaba fascinado la humareda que salía de la primera torre, vi cómo súbitamente estallaba la segunda: un fantasmagórico hongo horizontal de humo, llamaradas y vidrios. Lo primero que pensé es que el fuego, por insólita simpatía, se había contagiado de un rascacielos a otro. No vi que otro avión había entrado desde la bahía. Cuando ella por fin llegó, las dos torres humeaban como las chimeneas ciclópeas de un paquebote llamado Manhattan.

Foto: ABC

Un crujido espectral
Mientras ella fotografiaba, bajé a la tienda de unos coreanos a comprar carretes. Todavía no habíamos ingresado en el mundo digital. Pero tal vez gracias a ese tiempo precioso que perdimos salvamos el pellejo. Sopesamos si bajar al Centro Mundial de Comercio en taxi, por la vía rápida junto al Hudson, o en la línea 6 del metro: la boca se abría literalmente a la puerta de nuestro edificio de 27 plantas. Optamos por esta segunda solución. En ese momento, las conjeturas se habían convertido en certeza: ni accidente ni casualidad. Se trataba de un atentado en toda regla, y la inmensa mayoría de los pasajeros de aquel convoy no tenía la menor idea de lo que se cocía en la superficie de su ciudad. Al salir en la última estación, Brooklyn Bridge, escuchamos un estruendo atroz que se bebió el aire. La primera torre se había venido abajo y por la explanada que se abre ante el Muncipal Building y el acceso al puente de Brooklyn corría una multitud despavorida, muchos cubiertos de polvo blanco de la cabeza a los pies, algunas mujeres descalzas o con los zapatos de tacón en la mano. La estampa que me vino a la cabeza fue «El acorazado Potemkin». La muchedumbre en fuga ante la caballería zarista. Empezamos a hablar con los primeros supervivientes que habían logrado salir a tiempo de la torre en llamas. Caminábamos por la calle Church, girando la cabeza una y otra vez, atónitos, como hipnotizados por la única torre que seguía en pie, convertida en icono, cobra que inaguraba otra edad de miedo. Policías aterrados tratando de encauzar el pánico nos instaban a los que caminábamos como sonámbulos a que pusiéramos pies en polvorosa. Pero hacíamos caso omiso. Hasta que un crujido espectral nos dio el aviso. Y todos echamos a correr hacia el norte de Manhattan.

Foto: ABC

Nos sumamos a un éxodo que de vez en cuando, con el temor a transformarse en estatuas de sol, echaba la vista atrás para comprobar que las sombrías columnas de humo no eran un espejismo, que las torres habían sido efectivamente arrancadas de cuajo del «skyline» neoyorquino. Gente desencajada lloraba en los vanos del viejo Nueva York. En torno a coches aparcados con las radios encendidas se arracimaban grupos de vecinos incrédulos: las noticias veraces («ataque contra el Pentágono») se mezclaban con rumores que ponían los pelos de punta («están atacando el norte de Manhattan»). Los teléfonos móviles se quedaron muertos y las cabinas telefónicas supervientes pasaron a ser islotes para náufragos. Metros y autobuses dejaron de funcionar. Las avenidas estaban colapsadas con los vehículos formando un tren infranqueable.

Cuando llegamos a nuestra casa, el pintor Prudencio Irazábal y su familia estaban esperándonos en el portal. La humareda del gran cráter de las torres se había desplazado hacia Chinatown, donde tenían su casa, y optaron por buscar refugio Manhattan arriba. Las chicas se separaron: mientras María Millán, la mujer del pintor, hacía cola en un cajero por si había que abandonar la ciudad, Corina acudía al colegio para recoger a la niña. En el camino vio a gente desmadejada que hacían sus necesidades en la acera. Muchos padres ya se habían presentado en la escuela para hacerse cargo de sus retoños. No les habían dicho nada, pero su profesora se había echado a llorar de repente. Su padre y su hermano trabajaban en el Pentágono. Cuando Corina le contó que habían derribado las Torres Gemelas, dijo: «No puede ser, si son muy fuertes». Y al rato: «Tendrán que quitarlas de la guía turística».
A pesar de que la conexión telefónica con España se desplomó, internet aguantó la rociada terrorista. A la angustia de lo vivido se unía ahora la necesidad de contarlo: decidí aprovechar las entrevistas que habíamos hecho al pie de las torres para reconstruir aquella mañana de septiembre que había amanecido impecable, azul: narrar lo ocurrido a partir de los testimonios de quienes habían entrado a trabajar en los rascacielos iguales y habían logrado salir.

Por la tarde volvimos a bajar a lo que se empezó a llamar «zona cero» (el área de pruebas del proyecto Manhattan que forjó la bomba que se arrojaría sobre Hiroshima). Tras burlar barreras policiales, convencimos a Vico Leiro y a sus hijos de que abandonaran su casa en la calle Worth y se unieran a los Irazábal. Compartir esos días bajo el mismo techo nos ayudó a sobrellevar el miedo, que esa primera noche de una nueva época nos tuvo en vilo: se derramó sobre Nueva York desierto un silencio abrumador, desconocido, una noche negra. La muerte había desgarrado el corazón del imperio, herido como nunca antes. Nada volvería a ser igual.

Fuente: www.abc.es
10.09.06

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