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Revista de Prensa: Noticias

Viernes, 27 de noviembre de 2006

Tetuán, cuna de suicidas

Abdelmonem entraba a diario a Ceuta para descargar mercancías. Hoy, está muerto. Se inmoló con un coche en Irak. Procedía del mismo barrio que los suicidas de Leganés. La frontera con España es un vivero de hombres bomba. Hay más casos

 

Sus padres no saben con exactitud el día de su muerte. El policía que se personó en su casa para pedirles los documentos de su hijo les dijo que Abdelmonem Amakchar El Amrani se inmoló dentro de un coche bomba en la ciudad iraquí de Bakuba -60 kilómetros al noreste de Bagdad- la pasada primavera. Los norteamericanos especulan que el joven marroquí conducía el vehículo que estalló el 6 de marzo al paso de un cortejo fúnebre matando a seis civiles e hiriendo a otros 27. Sus restos quedaron tan mezclados con los de sus víctimas que fue imposible reconocerlos. 
 
La familia de Monsef Ben Massaoud tampoco sabe en que lugar de Bagdad se hizo estallar el joven tetuaní. El 27 de julio salió de Marruecos sin despedirse. Y, ahora, la policía les ha confirmado su muerte. En cambio, los parientes de Younes Chebbak, 25 años, todavía no saben nada y temen lo peor.

Los tres jóvenes vivían en el barrio Jamma Mezuak, de Tetuán, el mismo donde se criaron cinco de los terroristas que se suicidaron en Leganés. En total son 14 los tetuaníes inmolados en España e Irak. ¿Qué está pasando para que esta esquina de Marruecos sea un criadero de hombres-bomba?

Gráfico: El Mundo

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Abdelmonem trabajaba como porteador en la frontera de Marruecos con Ceuta, a 40 kilómetros de Tetuán. Cada vez que cruzaba la verja cargado con 50 kilos de mercancías -cuatro o cinco veces diarias- recibía cinco euros. Por la tarde regresaba reventado a su casa para estar con su mujer y su hija recién nacida. Más de una vez les había confesado su intención de emigrar definitivamente a España. Pero eso fue antes de dejarse barba...

A veces iba a ver a algún amigo a la barriada ceutí de El Príncipe, la misma donde vive Hamido, el español que pasó dos años en Guantánamo tras ser detenido en Pakistán por su presunta relación con los talibanes afganos. Los dos barrios tienen muchas cosas en común aunque estén en países distintos: índices de paro, analfabetismo y pobreza escalofriantes, mucha juventud desorientada y un clima de violencia extremo. Ingredientes ideales para que los reclutadores de mártires islámicos encuentren sus candidatos perfectos. De momento, en la ciudad marroquí lo están consiguiendo.

Su casa está a la vuelta de la esquina en la que vive Ahmed, el padre de Rifaat Asrih, uno de los siete jóvenes que se inmolaron en Leganés, semanas después de los atentados del 11-M en Madrid, tras verse acorralados por la Policía.

No hay que caminar mucho para encontrar las viviendas de Monsef y Younes -las dos en la misma calle-, los otros jóvenes sobre los que se tiene noticias de su reciente inmolación en Irak. Ninguno de los dos reunía el perfil marginal de los suicidas marroquíes. Monsef estudiaba en la Universidad de Ciencias Humanas de Tetúan, había servido en las Fuerzas Aéreas marroquíes en Marrakech y hasta que decidió hacer la guerra santa en Irak tenía el sueño de matricularse en la Escuela de Ingenieros de Mohamedia.

«Se fue de casa hace cinco meses. Pensábamos que había decidido quemar el Estrecho, como tantos otros, buscando una vida mejor en España. Recibimos una llamada suya desde Siria diciéndonos que estaba bien y que había encontrado un buen trabajo. La comunicación se cortó antes de poder preguntarle nada. Lo siguiente que supimos de él nos lo dijo el policía que vino a casa a tomarnos muestras de saliva para comprobar si nuestro ADN coincide con el de un terrorista que se suicidó en Bagdad hace poco», asegura El Haj Ahmed Menmassaoud, padre de Monsef.

Encontramos al hombre, de 56 años, en su puesto de venta de repuestos de automóviles -casi todos traídos de Ceuta- junto a la puerta del mercado de Suk Al Gorna. Viste una chilaba marrón y luce una descuidada barba de 20 días. Está nervioso, no puede mantener la mirada y sus ojos se llenan de lágrimas al recordar a su hijo. Tiene miedo de hablar más con nosotros porque ya ha sido advertido por la policía marroquí.

Younes Chebbak, por su parte, estudió Historia y Geografía también en la Universidad de Tetuán. Tiene 10 hermanos y sus amigos le recuerdan como un joven «alegre al que le gustaba mucho el fútbol, aunque en alguna ocasión le habíamos oído decir que pagaría 50.000 dirhams -unos 5.000 euros- a quien le llevase a Irak». Trabajaba en una de las dos tiendas que Kassem, su padre, tiene en el mercado de Bab Nouader. Desapareció a finales de septiembre, justo con el comienzo del Ramadán.

A estos tres casos conocidos se une la desaparición de, al menos, otros seis jóvenes que vivían en las mismas calles, justo al otro lado de la avenida Jamma Mezuak, que da nombre al barrio. La misma zona también donde vivían Jamal Ahmidan, Abdenbi Kunja, Rifaat Asrih y nacieron los hermanos Mohamed y Rachid Oulad Akcha, todos muertos en el piso de Leganés tras hacer estallar los cinturones de bombas que llevaban puestos.

Los nombres de estos seis desaparecidos todavía no han trascendido. «La policía vigila las casas de las familias y no quieren hablar con nadie porque para la gente mayor, bereberes analfabetos en su mayoría, es una deshonra que sus hijos se hayan marchado tan lejos a morir así. Algunos todavía confían en que las informaciones que les trasmitió el Gobierno estén erradas y esperan que los jóvenes sólo hayan emigrado a España en busca de trabajo», asegura Tarek, vecino del barrio.

LA PREGUNTA

Pero, ¿qué es lo que ocurre en este barrio de Tetuán para que 14 de sus jóvenes hayan decidido entregar su vida de esta forma en lugares tan distantes como Madrid o Bagdad?

En Jamaa Mezuak viven unas 60.000 personas -Tetuán tiene 700.000 habitantes- y es un barrio de aluvión surgido en los años setenta cuando comenzó la emigración de los cercanos pueblos bereberes del Rif -Gomara y Ben Ahmed, sobre todo- hacia la gran ciudad. La inmensa mayoría de la población es analfabeta y la única salida laboral para los jóvenes es dedicarse al contrabando de mercancías compradas en Ceuta o hachís adquirido en las cercanas montañas de Ketama. En las calles más alejadas de la avenida principal no hay agua corriente y en otras muchas ni siquiera llega la luz eléctrica.

Jóvenes negros huyen de la rutina miserable creyéndose superhombres. Ya han muerto diez

Foto: El Mundo

«En los últimos cinco años, a partir de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, ha habido un gran tsunami de barbudos y radicales en todo el barrio. El Islam se ha convertido para muchos en la única salida a la depresión y la marginación que sufren. Sobre todo, si lo que te prometen los imames en sus sermones es un paraíso al que los mártires entrarán en primer lugar», asegura Hachim, un comerciante del centro de la ciudad que baja todos los días a Jamaa Mezuak a colocar sus mercancías.

La mayoría de los vendedores de los puestos ambulantes cumplen con el patrón islamista marcado por la mezquita Hsida -con fama de rigurosa en su interpretación de El Corán y la misma donde rezaba Abdendi Kunja, uno de los suicidas de Leganés-, de pelo rapado al uno y larga barba.

Además de esta mezquita, hay numerosas salas de oración semiclandestinas -la mayoría fueron cerradas tras los atentados de Casablanca, hace cuatro años- llenas a cualquier hora del día. Por la noche, después de uno de los rezos, cientos de jóvenes se dirigen a los clubs de deporte, una especie de pequeños gimnasios especializados en artes marciales. «Antes se podían contar con los dedos de una mano y ahora han florecido como champiñones. Es como si se estuviesen preparando para una guerra», comenta el entrenador de un club del centro de la ciudad.

Foto: El Mundo

Una reciente estadística dice que el 43% de las mujeres lleva el hibab o velo islámico de origen iraní. Hace una década los únicos pañuelos que se veían eran los que colgaban de los tradicionales gorros rifeños que llevaban las mujeres de más edad.

Además de los sermones de los imames educados en la doctrina wahabi -originaria de Arabia Saudí- que se pueden comprar o adquirir gratis en forma de DVD o cassette a las puertas de cualquier mezquita, la expansión de la televisión por cable ha contribuido mucho a la difusión del islamismo en este barrio. El 60% de las cadenas que se reciben vía satélite son exclusivamente religiosas, como la saudí IQRA, y se pasan todo el día emitiendo sermones llamando a los jóvenes a vivir el Islam de manera más rigurosa y recomendando a las mujeres a ponerse el velo.

ORIENTE

Los jóvenes pasan la mayor parte del día en las esquinas, en grupos de cinco o seis, visitando las teterías y cafetines apenas para ver los partidos de fútbol de la Liga española que se trasmiten en directo. Sus charlas se centran en el Hrig, el emigrante a España, que llegan todos los veranos montados en sus coches seminuevos y cargados de regalos.

La emigración se ha convertido casi en la única posibilidad de escapatoria para los jóvenes del barrio. Aunque desde las mezquitas se recomiende más el viaje hacia Oriente que a Occidente. «Gracias a Dios que me guió en este camino y te digo que ya no te hace falta pensar en venir a España. No emigréis a países infieles donde no se sabe la ubicación del bien. Y a vosotras, mis hijas, os digo que sigáis a los hermanos mujhaidines en todo el mundo y quizás seréis uno de ellos, ya que eso es lo que espero de vosotros...», dejó escrito Abdennabi Kounjaa, uno de los suicidas de Leganés, a sus hijas que viven todavía en Jamaa Mezuak.

Las rutas seguidas ahora por los jóvenes del barrio que se han marchado a Irak pasan por Turquía -los marroquíes no necesitan visado para entrar-, y desde allí cruzan por tierra todo el Kurdistán hasta llegar a Siria. Cruzar la frontera iraquí en este punto ya es muy fácil. Otra vía, para los que tienen más dinero, es aprovechar los vuelos que van en época de Ramadán hasta Arabia Saudí para llegar a Irak por el sur. Fuentes policiales marroquíes aseguran, que si bien sólo se tienen conocimiento de la marcha de estos nueve jóvenes, sí han notado la «desaparición de muchos» barbudos que tenían fichados por sus actividades radicales.

Otro detalle significativo es que apenas hay peluquerías femeninas en el barrio. «Aquí las mujeres no necesitan arreglarse el pelo o maquillarse porque van siempre tapadas», asegura Naziha, una peluquera que se vio obligada a cerrar su negocio en Jamaa Mezuak y trasladarlo al centro por falta de trabajo.

Los viernes el barrio se vacía. La mayoría de los hombres jóvenes, ataviados con sus gorras de tela blanca -regaladas por sus familiares que se han ido de peregrinación a La Meca- y embutidos en sus chilabas, desfilan hacia las grandes mezquitas del centro de la ciudad oliendo al mesk, un perfume hecho a base de ámbar, con el que rocían sus barbas también.

Todos estos matices están dejando a este barrio en particular, y a Tetuán en general, en una difícil encrucijada: seguir siendo una ciudad hispano-marroquí -Tetuán, refundada hace cinco siglos por los andalusíes expulsados de Granada por los Reyes Católicos, fue la capital del protectorado español en Marruecos de 1913 a 1956- o convertirse definitivamente en una urbe semi talibana. La propia dicotomía se manifiesta en las corrientes que llegan del Golfo Pérsico.

Por un lado, los saudíes regalan las cintas con los sermones salafistas, de corte integrista, e imponen vestimentas que no son de la zona. Y, por el otro, son cada vez más numerosas las visitas de jeques de aquel país que vienen a alguno de los lujosos hoteles y villas que hay cerca de Tetuán para encontrarse con el alcohol, la droga y las fiestas en brazos de chicas dedicadas ocasionalmente a la prostitución a edades que, en muchos casos, no superan los 16 años.

El hecho de tener a tantos suicidas marroquíes a tan sólo 40 kilómetros de la frontera, preocupa bastante a las autoridades españolas. El pasado mes de abril, el juez Juan del Olmo alertó en un informe sobre el riesgo de infiltración de islamistas radicales en asociaciones de ámbito musulmán en ciudades como Ceuta y Melilla. En este sentido, el juez advierte que «comienza a ser preocupante, sobre todo para la seguridad interior de España y la evolución creciente del movimiento islamista radical en Marruecos».

Antes se decía que, sin el tráfico de drogas o el contrabando, la ciudad hubiese explotado socialmente. Ahora, simplemente, es un polvorín. El axioma citado en un reportaje anterior es ahora más válido que nunca: Si los paquistaníes tienen Peshawar, nosotros tenemos Tetuán...

Fuente: www.elmundo.es
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