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Revista de Prensa: Noticias

Miércoles, 14 de marzo de 2007

El 'Nuevo Satán' cumple 50 años

Osama bin Laden celebra su aniversario, coincidiendo con el hundimiento de la 'guerra contra el terror' lanzada por la Administración de George W. Bush tras el 11-S

 

Osama bin Laden cumple hoy 50 años, contra todo pronóstico. Un número redondo y, seguramente, un cumpleaños feliz; porque el hombre que tuvo la osadía de declarar la guerra a Estados Unidos va ganando en todos los frentes.

El Nuevo Satán, que concibió el atentado más aterrador de la Historia norteamericana («Es vuestra misma mercancía, que os ha sido devuelta»), ha embarcado a EEUU en la Guerra de Afganistán, en la que Washington parece haber sobreestimado sus propias fuerzas y el compromiso de sus aliados. Han pasado más de cinco años desde que el régimen talibán fuera expulsado de Kabul y el resultado de la batalla sigue siendo incierto. En 2006, el número de muertos se ha multiplicado por cuatro y la insurgencia ha consolidado su control sobre amplias regiones del centro y el sur del país. Hace unas semanas se ha permitido incluso atentar contra el vicepresidente de Estados Unidos, Dick Cheney, en el corazón de Kabul.

Biografía de un terrorista millonario
Gráfico: El Mundo
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El Estado afgano ha desaparecido. Según las organizaciones humanitarias, la violencia y la inseguridad son ahora mucho mayores que antes de la invasión. La producción de opio se ha disparado y supone el 75% del consumo mundial de heroína, convirtiendo a Afganistán en un narcoestado en manos de los jefes tribales. Mientras, la resistencia islámica es capaz de movilizar a unos 10.000 milicianos y extiende su influencia en el vecino Pakistán. La situación ha provocado una crisis aún por resolver en el seno de la OTAN, ante las reticencias de muchos de estados miembros a enviar más tropas en el marco de la operación Libertad Duradera, una guerra cada vez más impopular.

A pesar de la confusión alimentada por la Casa Blanca en 2003, Al Qaeda no está en el origen de la Guerra de Irak, pero ha contribuido de lleno al caos en el que Estados Unidos ha perdido ya más de 3.000 soldados, cientos de miles de millones de dólares; y del que ahora no puede salir.

Tras la caída de Sadam Husein, Irak se ha convertido en el campo de batalla para yihadistas de todo el mundo. «La Guerra en Irak es feroz y las operaciones en Afganistán evolucionan a nuestro favor, gracias a Alá», proclamaba Bin Laden en uno de sus mensajes, difundido en septiembre pasado por la cadena Al Yazira. «Las medidas represivas del Ejército estadounidense no son distintas a los crímenes de Sadam Husein... ¿Cuál es la diferencia entre la masacre del tirano Sadam en Halabya y la masacre de Bush en Faluya?... Si queréis, leed los informes sobre la atrocidades que se cometen en prisiones como Abú Ghraib, Guantánamo y Bagram... Yo os digo que a pesar de estos bárbaros métodos han fracasado en su intento de doblegar la resistencia. Y que el número y el poder de los muyahidin sigue creciendo, gracias a Alá», insistía Bin Laden en otro de sus mensajes, cuyo contenido siempre pasa a un segundo plano a costa de los interrogantes sobre si se trata verdaderamente de su voz, si continúa vivo o dónde se puede encontrar, como observaba el periodista Robert Fisk en un artículo de The Independent titulado Debimos escuchar a Bin Laden.

Gráfico: El Mundo

Pero más que sus propios aciertos, Al Qaeda ha sabido beneficarse de los errores de su enemigo. La organización ha alimentado modestamente el choque entre chiíes y suníes, que ha terminado por desencadenar una guerra civil que se cobra una media de 100 muertos cada día, que provoca un éxodo diario de 50.000 personas dentro de Irak o hacia las naciones vecinas, y que amenaza con despedazar el país. «Los musulmanes suníes de Irak están siendo aniquilados», advertía el Obsesionador en una de sus diatribas contra el nuevo Gobierno chií de Bagdad. «Os digo que las áreas chiíes no estarán a salvo de la represalia».

Zozobra

El conflicto entre suníes y chiíes se habría producido igual, sin necesidad de que él interviniese. El enfrentamiento entre las dos ramas del islam ha traspasado las fronteras de Irak hacia el Líbano y los territorios palestinos (donde Al Fatah acusa a Hamas de recibir ayuda iraní), ha degradado la convivencia en otros países del Golfo y ha obligado al rey Abdulá de Arabia Saudí a sentarse a negociar con el altisonante presidente de la República Islámica, Mahmud Ahmadineyad.

La pujanza de la Media Luna chií -una expresión acuñada por el rey de Jordania tras el cambio de régimen en Bagdad- amenaza con desestabilizar la zona. «Si Irak se divide en estados sectarios, provocará una guerra en el mundo musulmán», aseguraba hace unos días un funcionario del Gobierno de Amán a The Guardian.

Mitad realidad y mitad obsesión, Osama bin Laden ha sido uno de los pretextos utilizados por la Administración de George W. Bush para imponer un nuevo orden en Oriente Próximo; un statu quo del que de momento sólo ha surgido un vencedor claro: Irán, el principal enemigo de Washington en la región.

En las últimas semanas, la Casa Blanca ha dado un giro a su política exterior y ha invitado a Siria e Irán -hasta ahora dos «estados terroristas»- a participar en la conferencia que partir comenzará hoy en Bagdad para buscar la pacificación del país de los dos ríos. Aunque al mismo tiempo mantiene una actitud de abierta hostilidad hacia Teherán con acciones como el secuestro de diplomáticos o la acusación de armar y financiar a las guerrillas chiíes en Irak y fuera de Irak. Washington ha reforzado su presencia militar en el Golfo con un nuevo portaaviones y anuncia periódicamente que no consentirá un «Irán nuclear» y que, para evitarlo, «todas las opciones están sobre la mesa, incluida la militar», en palabras del vicepresidente Cheney.

«El riesgo de un conflicto con Irán nunca ha sido tan alto», aseguraba hace días Michael Rubin, del neoconservador American Enterprise Institute.

El príncipe de los combatientes del islam nada tiene que ver con esta crisis, pero debe sonreír ante la actual zozobra de la política norteamericana en todo Oriente Próximo.

Lejos de ese escenario, Al Qaeda acaba de poner su nombre al Grupo Salafista para la Predicación y el Combate argelino, crece en los débiles estados musulmanes que van desde Mauritania a Sudán y amenaza con abrir un nuevo frente de batalla en el Cuerno de Africa.

Osama bin Laden, que ha demostrado un enorme talento político y militar, es el décimoséptimo de los 52 hijos que tuvo Mohamed Baqr, un árabe de origen yemení, excesivo para todo, que amasó una fortuna de 5.000 millones de dólares gracias a sus excelentes relaciones con la monarquía de los Saud.

Bin Laden se graduó en Ciencias Económicas y en Religión, dos vocaciones que dejan ver la lucha que desde muy joven se fraguaba en su interior, hasta que el Corán terminó por apartarlo del apego a los bienes materiales.

Tras la invasión soviética de Afganistán, se enroló como voluntario de la resistencia islámica. Allí recibió adiestramiento de la CIA y allí -entre Afganistán y Pakistán- organizó el reclutamiento de miles de voluntarios para la causa. Ése fue el origen de Al Qaeda, una organización invisible, sin estructura real, que tras años de lucha contra el terror está presente dedesde el Magreb a Pakistán.

Desde la última vez que los servicios de Inteligencia estadounidenses creyeron tenerlo localizado en las montañas afganas próximas a Pakistán, nadie sabe dónde está. Pero el hombre más buscado del planeta se permite dar a conocer periódicamente sus mensajes al mundo y ha creado incluso una productora de televisión, Las Nubes, que en 2006 produjo 58 vídeos, cinco veces más que el año anterior.

«Os trataremos igual»

En ellos, Bin Laden alude a lo divino y a lo humano. Desde la guerra contra el terror a las viñetas del Profeta. Descalifica a la comunidad internacional («Estos días, tanques israelíes atraviesan Palestina. En Ramala, en Rafá, Beit Jala, en muchas otras partes y no oímos a nadie levantar la voz o reaccionar»); ordena redoblar la lucha contra los cruzados en Sudán. Toma también partido en la situación política en Bosnia, en Timor Oriental, en Cachemira... Pide la cabeza del presidente paquistaní Pervez Musharraf. Incita a golpear a Rusia por la represión en Chechenia, a luchar contra el régimen saudí («el viento de la fe sopla a favor para eliminar el mal de la península de Mahoma») e incluso se dirige a las tropas norteamericanas: «No tenemos nada que perder, quien nada en el mar no teme a la lluvia», afirma Bin Laden en otra de sus alocuciones, «Habéis ocupado nuestra tierra, habéis ensuciado nuestro honor, habéis violado nuestra dignidad y derramado nuestra sangre, habéis saqueado nuestro dinero y jugado con nuestra seguridad. Os trataremos de la misma manera... No os encandiléis con vuestras poderosas y modernas armas, porque a medida que ganan batallas pierden las guerras... Hemos luchado durante 10 años contra la Unión Soviética, que ya forma parte del pasado, gracias a Alá» insiste el hombre que parece haber desquiciado al Pentágono hasta colocarlo al borde del delirio: «Los terroristas quieren establecer un califato desde España, toda Europa, Africa, a través de Asia e Indonesia», en palabras de Peter Pace, jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos.

A la vista de este panorama, Osama bin Mohamed bin Auad bin Laden, a quien en 2006 la Agencia Nacional de Seguridad americana definió como un hombre «enfermo, aislado y en declive», tiene mucho que festejar este 10 de marzo.

"Cuando Bin Laden habla, sus seguidores actúan", por Peter Bergen
periodista y analista político


Cuando nos representamos el aspecto de Bin Laden en la actualidad, con 50 años, los occidentales imaginamos a un hombre que, carcomido físicamente por las enfermedades y psicológicamente por los reiterados golpes que Estados Unidos ha propinado a su causa, tiene un aire mucho mayor del que corresponde a su edad: una figura delgada y adusta, arrastrándose de cueva en cueva a lo largo de la frontera entre Afganistán y Pakistán mientras las fuerzas de Estados Unidos le pisan los talones, rodeado quizás de un pequeño grupo de leales pero marginado del resto del mundo, con lo que ahora se habría convertido en prácticamente inexistente su capacidad, en otros tiempos formidable, para planear espectaculares actos de violencia.

Por lo que se refiere a Al Qaeda, el grupo terrorista que Bin Laden fundó hace ya casi dos décadas, la información que se ha facilitado a los norteamericanos es que se trata de un grupo aislado y en declive, que atraviesa una situación delicadísima. Un informe del Espionaje Nacional sobre el que se levantó el secreto en septiembre del 2006 se abre con la observación de que «la campaña antiterrorista dirigida por los Estados Unidos ha perjudicado gravemente su liderazgo [de Al Qaeda] y desbaratado sus acciones».

En una rueda de prensa mantenida al mes siguiente, el presidente Bush afirmó que «rotundamente, estamos ganando la guerra a Al Qaeda. Los tenemos casi vencidos».

Hubo un tiempo en que esto era cierto. En los meses y años inmediatamente posteriores a la expulsión de los talibán del poder en Afganistán. Al Qaeda perdió su principal refugio y tuvo que batallar para reagruparse en las zonas al margen de la ley que se extienden a lo largo de la frontera de Afganistán y Pakistán. Sus dirigentes más importantes cayeron detenidos o muertos. Pasaron unos años durante los cuales el grupo no pudo organizar más que unos pocos atentados de envergadura.

Sin embargo, desde Argelia a Afganistán y desde Gran Bretaña a Bagdad, la organización que tiempo atrás se creyó que estaba al borde de la impotencia está recuperándose en la actualidad.

Los atentados a cargo de terroristas yihadistas se han multiplicado por siete -han aumentado en más de un 600%- en los últimos tres años según una investigación que hemos dirigido Paul Cruickshank y yo por encargo del Centro sobre la Ley y la Seguridad de la Universidad de Nueva York. Los terroristas yihadistas han llevado a cabo operaciones espectaculares en Madrid en el 2004 y en Londres en el 2005, así como múltiples atentados suicidas por todo Oriente Próximo y Asia, no sólo en Irak sino también en Egipto, Jordania, Arabia Saudí, Afganistán, Pakistán, La India e Indonesia.

Entretanto, los yihadistas se han introducido en el cuerno de Africa; los esfuerzos de los talibán por volver a convertir Afganistán en un estado sin futuro parece que están cosechando éxitos y la rama iraquí de Al Qaeda proclamó recientemente su soberanía sobre la vasta región de Al Anbar, uno de los bastiones suníes en el país.

Es posible que Bin Laden ya no pueda seguir llamando por un teléfono vía satélite para ordenar atentados, pero sigue detentado el control ideológico y estratégico de Al Qaeda con total plenitud en todo el mundo. Las más de 50 grabaciones de audio y vídeo que Bin Laden y su número dos, Ayman al Zawahiri, han hecho públicas desde el 11 de septiembre del 2001 han llegado a conocimiento de millones de personas en todo el mundo gracias a la televisión, a los periódicos y a internet, lo que hace de ellas las declaraciones políticas que han conseguido una difusión más amplia en toda la historia. Estas grabaciones no sólo han tenido el efecto de mantener vivas las bases de Al Qaeda, sino que además han contenido instrucciones específicas conforme a las cuales tenían que actuar los yihadistas.

El 19 de octubre del 2003, por ejemplo, Bin Laden hizo un llamamiento a la realización de atentados contra España por la presencia de sus soldados en Irak. Seis meses después, unos terroristas mataban a 191 personas que se dirigían a su trabajo en Madrid (según representantes de los servicios norteamericanos de espionaje, ahora parece que Al Qaeda tuvo un papel mucho más importante en los atentados de Madrid que el que en general se le atribuyó en las fechas inmediatamente posteriores a su ejecución.

En la primavera de 2004, Bin Laden ofreció una tregua a los países europeos que estuvieran dispuestos a desmarcarse de la coalición ocupante de Irak. Casi exactamente un año después de que se cumpliera su oferta de tregua, el 7 de julio del 2005, una célula terrorista bajo dirección de Al Qaeda llevó a cabo los atentados contra el sistema de transportes de Londres. En diciembre del 2004, Bin Laden hizo un llamamiento a que se atentara contra instalaciones petrolíferas en Arabia Saudí y, en febrero del 2006, Al Qaeda atentaba contra la planta de Abqaiq, en Arabia Saudí, que está considerada la planta de producción de petróleo más importante del mundo. La operación fue un fracaso, pero el mensaje quedó claro: cuando Bin Laden habla, sus seguidores le prestan atención; y actúan.

Por otra parte, la organización que bin Laden fundó, Al Qaeda, está experimentando un resurgimiento. La historia de este renacimiento comienza con su expulsión de Afganistán a finales del 2001.

Desagraciadamente, el grupo no se disgregó; simplemente se trasladó al otro lado de la frontera, a las tierras en las que campan las tribus al oeste de Pakistán y en las que, en la actualidad, la organización terrorista mantiene en funcionamiento una red de campamentos de instrucción. Un ex agente del espionaje norteamericano, destacado en Pakistán, me ha asegurado que en la actualidad hay más de 2.000 combatientes extranjeros en esa zona.

Los campamentos son modestos en cuanto a tamaño. «Algunos quieren ver cuarteles en toda regla. En realidad, los acampados utilizan los lechos secos de los ríos para las prácticas de tiro y se alojan en sitios con no más de 20 individuos, donde se les enseña una instrucción para mantenerse en forma y a fabricar bombas», explica un alto cargo de los Servicios de Información militar de EEUU.

La proliferación de estos campamentos es una magnífica noticia para Al Qaeda puesto que los planes terroristas tienen una oportunidad mucho mayor de culminarse con éxito si algunos de los miembros de sus células han recibido instrucción individualizada en la fabricación de bombas y en otras tácticas terroristas en lugar de tener que aprender estos temas a base de leerlos en internet, como han hecho muchos terroristas que actúan por su cuenta.

Los talibán han escenificado su reaparición a ambos lados de la frontera entre Afganistán y Pakistán al tiempo que prácticamente se han fusionado con Al Qaeda. Los talibán no eran más que una pandilla marginal, limitada a un territorio cuando ostentaban el poder en Afganistán pero, durante los dos últimos años, se han identificado cada vez más como una de las ramas del movimiento yihadista. El mulá Dadulah, uno de los comandantes talibán, concedió una entrevista en diciembre pasado en la que subrayaba los acuerdos de colaboración entre los talibán y Al Qaeda. «Nos mantenemos en contacto con sus principales ayudantes y compartimos planes y operaciones entre nosotros».

Fuente: www.elmundo.es
10.03.07

Especial: 11-S. Operación global contra el terrorismo: El análisis de los profesionales

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