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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

Revista de Prensa: Noticias

Martes, 7 de agosto de 2007

EEUU intenta cazar a Al Qaeda desde las arenas de Tombuctú

Washington refuerza su despliegue de instructores militares para impedir que los terroristas ataquen en el desierto del Sáhara

 

Los Estados Unidos de George W. Bush libran desde hace cuatro años una discreta pero creciente lucha contra unos cuantos cientos de hombres ligados a Al Qaeda sobre uno de los paisajes más desolados del mundo: los millones de kilómetros cuadrados del desierto del Sáhara que se extienden desde Mauritania al Chad pasando por Malí y Níger y las zonas fronterizas con Argelia y Libia.

Fuerzas especiales estadounidenses formadas por boinas verdes y marines y lideradas por el contralmirante William McRaven entrenan (oficialmente nunca entran en combate) a los ejércitos de estos países, que están entre los más pobres y débiles del planeta. Sus vastas regiones despobladas del desierto son idóneas para que grupos terroristas instalen allí campos móviles de entrenamiento como los que Osama bin Laden creó desde 1996 en el Afganistán de los talibán para adoctrinar a miles de extremistas, entre ellos los autores y cerebros de los atentados del 11-S. Los militares estadounidenses trabajan además con los de Marruecos, Argelia, Nigeria, Senegal y Túnez.

Uno de su cuarteles semisecretos en el Sahel, el árido territorio en la orilla sur del Sáhara que se extiende de Mauritania a Sudán, se encuentra en la mítica ciudad malí de Tombuctú. No hay ningún indicativo en la puerta ni bandera ondeando en la azotea, pero todos en esta ciudad de 40.000 habitantes invadida por la arena y cercana al río Níger saben cuál es «la casa de los americanos»: un edificio de dos plantas con una torre de comunicaciones al pie de la carretera que conduce al río y al pequeño aeropuerto. Hoy permanece cerrado, pero los vecinos explican que habitualmente lo ocupan unos 40 militares que realizan turnos de varios meses.

Desde esta base se adentran con sus todoterrenos en el desierto del norte junto a los militares locales, entre los que abundan tuaregs a los que el Gobierno integró en el Ejército en 1995 como parte del acuerdo de paz tras cinco años de rebelión. El traductor de los instructores americanos insiste en que «sólo participan en ejercicios de entrenamiento, nunca en operaciones de ataque».

EEUU esgrime buenas excusas para desplegarse en esta parte casi siempre ignorada de Africa. El Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), que ha masacrado a miles de personas en Argelia desde 1991, y que en enero se cambió el nombre por el de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), se mueve desde hace años por la ingobernada tierra de nadie de la frontera con Malí, desde donde ha introducido armas y donde en 2003 secuestró seis meses a 32 turistas franceses y alemanes. Esta nueva rama de Al Qaeda mató a 33 personas en Argel el 11 de abril y a 10 soldados argelinos el 11 de julio (otra vez el totémico día 11, como el 11-S y el 11-M).

La CIA, según ha publicado la revista The Economist, calcula que los miembros activos de AQMI en la zona son entre 100 y 150; pero el espionaje francés, citado por France-Presse, los eleva a entre 500 y 800 hombres, que se mueven por el sur de Argelia, Mauritania, Malí y Níger. «Hace dos años vi ahí enfrente al líder de los salafistas, El Tuerto [Mojtar Belmojtar], en un taller. Vino con un camión cisterna acompañado por una decena de hombres. Los vio todo el mundo», dice el encargado del hotel Colombe.

A esta banda se ha sumado un nuevo actor: Ansar al Islam, marca terrorista que replica a la creada por el difunto Al Zarqaui en Irak y que en junio anunció por internet su irrupción en el Magreb, junto a un inquietante llamamiento a «recuperar Al Andalus». EEUU lo sitúa en la ciudad mauritana de Adrar.

Tras los atentados de 2001 en Nueva York y Washington y cinco años después de los de 1998 contra sus embajadas en Kenia y Tanzania, el Gobierno de Bush creó en 2003 la Iniciativa Pansaheliana, un proyecto de contraterrorismo bajo control del Comando Europeo con base en la ciudad alemana de Stuttgart, rebautizado luego como Asociación Contraterrorista Transahariana. El pasado febrero el Pentágono dio un paso más y creó un Comando propio para Africa, Africom, que tendrá su cuartel general en algún país de la región aún no conocido y que asume la persecución antiterrorista transahariana, con un presupuesto de 115 millones de dólares para 2007.

Aviones estadounidenses de la base de Yibuti bombardearon en enero a los Tribunales Islámicos de Somalia en apoyo de Etiopía, que invadió el país para expulsar a los extremistas y devolver al poder al legítimo gobierno somalí. Aquella misión aérea de respaldo del aliado africano que hace el trabajo sucio sobre el terreno es un ejemplo de las futuras batallas que podría protagonizar Estados Unidos.

El interés por contener la influencia de Al Qaeda está asociado a otra necesidad igual o más profunda: garantizar el suministro del petróleo africano (de Nigeria, Angola, Chad, Guinea Ecuatorial, Gabón...), que supone el 16% de las importaciones estadounidenses de crudo y que va camino de superar en pocos años a Oriente Próximo como fuente principal.

Para redondear el binomio antiterrorismo-petróleo, en el norte de Malí la empresa argelina Sonatrach y la canadiense Selier Energy están buscando hidrocarburos tras un acuerdo con el gobierno. El epicentro es la remota localidad de Taoudeni, famosa por ser durante la dictadura de Moussa Traoré en los años 80 la «Siberia maliense» adonde enviaban a los opositores a pudrirse en vida.

El Ejército de Malí, asesorado por Estados Unidos, tiene otros dos frentes abiertos, además del frente terrorista. Uno, el de los bandidos (muchos tuaregs), como los que operan en la ruta de Kidal a Argelia a través del Desierto de la Muerte, el Tanezrouft, y de los que han sido víctimas numerosos emigrantes que viajan camino de Europa.

El otro frente es la amenaza latente de una nueva rebelión de los tuaregs apoyados por Libia (la última fue en el año 2006) que reivindican un Estado propio en el Sáhara, Azawad, como respuesta al «abandono» que sufren por parte del Gobierno de Malí.

Todavía no existe una simple carretera asfaltada que comunique Europa y el Magreb con el Africa negra a través del Sáhara, una infraestructura que costaría una cantidad irrisoria comparada con el presupuesto universal de Washington en su guerra contra Al Qaeda.

Pero seguramente no interesa sustituir las peligrosas pistas actuales por una vía moderna que una los dos mundos. Así el Sáhara seguirá siendo la mayor barrera ante el fantasma atemorizador de los fanáticos musulmanes y los pobres inmigrantes africanos. Y sale totalmente gratis.

Fuente: www.elmundo.es
01.08.07

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