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Jueves, 27 de diciembre de 2007

Frank Lucas: el rey de la heroína

La película «American Gangster» recrea la vida de este traficante de drogas que revolucionó el negocio en los 70

 

Introducía la heroína en EE UU en los ataúdes de los soldados muertos en Vietnam. De él se dijo que mató a más negros «que el Ku Klux Klan». 

Foto. www.larazon.es

Ni el Harlem de hoy es el Harlem de los años 70, ni Frank Lucas es el gánster nauseabundo que fue. Pero es inevitable pensar en las vueltas que da la vida. El que fuera uno de los capos más notorios del tráfico de heroína en la era de la guerra de Vietnam se pasea hoy por New Jersey como celebrada leyenda, concediendo entrevistas, repasando aquellos maravillosos años en los que iba con sombrero y abrigo a juego (de chichilla, valorados en 60.000 dólares) y ajustaba sus cuentas a golpe de gatillo. Lucas está de moda porque Hollywood le ha guiñado el ojo. «American Gangster», la película dirigida por Ridley Scott sobre su vida, le retrata con una devoción inquietante y, además, está teniendo gran éxito de taquilla aparte de ser una de las grandes favoritas en la próxima entrega de los Globos de Oro, al lograr al menos cuatro nominaciones.

Su biografía merecía sin duda una película. Los encontronazos con la ley, que los tuvo muy pronto, empujaron a Lucas a mudarse a Nueva York con 16 años. Ahí, desde las aceras de la calle 116, concretamente entre la Séptima y la Octava Avenida, fue escalando de un trabajo a otro hasta convertirse en el pupilo de Ellsworth «Bumpy» Johnson, un poderoso gangster al que llamaban «el Padrino de Harlem».

Tras la muerte de Johnson en 1968, Lucas tomó el control de su negocio de tráfico de heroína, pero con un innovador modelo de negocio. El gánster no deseaba intermediarios que adulteraran y encarecieran su droga. Quería enormes cantidades y obscenos beneficios. Y la única forma de lograrlo en un mercado competitivo dominado por la Mafia italiana era establecer sus propias conexiones, ir directamente al proveedor. Lucas encontró lo que buscaba en el sureste asiático y pronto estaría inundando las calles de Nueva York de una heroína casi pura que distribuía bajo el nombre de «Blue Magic» y que haría estragos en la comunidad afroamericana especialmente.

La policía no tardó en detectar la popularidad de «Blue Magic», pero no fue hasta 1975 cuando descubrió la ruta de entrada. La droga venía de la jungla de Vietnam, donde Estados Unidos estaba enquistado en aquel conflicto cada día más impopular para la opinión pública. Gracias a los socios adecuados en el Ejército, Lucas estaba llenando con kilos de heroína los ataúdes de los soldados muertos en combate que regresan a EE UU. La trama fue luego bautizada por la policía antinarcóticos como la «conexión cadáver» de Lucas.

Un millón de dólares al día
El gánster, interpretado en la película por Denzel Washington, asegura que llegó a ganar un millón de dólares diarios antes de que el detective Richie Roberts (Russell Crowe) desbaratara el siniestro canal de contrabando. La fiscalía pidió 70 años de cárcel para Lucas, pero le ofreció la posibilidad de reducir la sentencia a cambio de información. El gánster cantó y como resultado otros protagonistas del mundo del crimen organizado neoyorquino cayeron entre rejas, entre ellos, decenas de policías corruptos. Al final Lucas acabó cumpliendo una condena de sólo siete años. Está en la calle desde 1991.

En 2000, la revista «New York Magazine» publicó un celebrado perfil escrito por Mark Johnson que luego se convertiría en libro, y que ha sido la base para «American Gangster». En esa entrevista, Lucas asegura que llegó a amasar 52 millones de dólares en distintas cuentas bancarias en las islas Caimán, además de apartamentos y oficinas en Detroit, Los Ángeles y Miami.

La película de Ridley Scott dibuja al mafioso como un empresario emprendedor. Su cámara recrea más su habilidad y profesionalidad para el negocio que su desprecio violento a la vida de los otros. También en el lado familiar y cálido del personaje, que aunque vende el caballo más peligroso y puro de la calle, acompaña a su madre a la iglesia todos los domingos. Frank Lucas nació hace 77 años en el seno de una familia pobre que trabajaba en los campos de Carolina del Norte. Él insiste en que su vida no podía haber sido de otra manera después de que con sólo seis años de edad presenciara cómo el Ku Klux Klan fue a su casa a matar a uno de sus primos.

Amigo del lujo
Años más tarde, Lucas sería el primer afroamericano en romper las barreras raciales del crimen organizado hasta entonces dominado por italianos y mexicanos. El rey del tráfico de la heroína llegó a tener entonces más de 100 trajes de sastre en el armario de la suite donde vivía, una habitación del lujoso Regency Hotel. Aquel enero de 1975 cuando fue arrestado, la policía no daba crédito y no era sólo porque entre sus pertenencias encontraran cosas tan surrealistas como la invitación a una gala de Naciones Unidas, cortesía del embajador de Honduras.
Según el juez federal Sterling Johnson que llevó su caso, al principio nadie pensaba que Lucas hubiera sido capaz de diseñar tal operación desde Asia. «El FBI y la DEA (la agencia antidroga) no podían creer que un negro sin educación hubiera sido capaz de dirigir una operación de contrabando tan sofisticada, y en ese sentido, Lucas sí logró algo», afirma Johnson. Es cierto que el mafioso no sabía leer ni escribir. Dicen que tampoco podía contar bien. Pero sabía que 10 kilos de billetes de 100 dólares equivalían a un millón de dólares. Cuando la escala marcaba un poco menos sabía que le estaban dando gato por liebre.

Policía corrupta
Se da circunstancia de que Lucas y el poli que le dio caza, Richie Roberts, se han hecho amigos a lo largo de los años a raíz de su colaboración para limpiar de corrupción la policía de Nueva York. Los dos han estado en el plató de «American Gangster» como asesores y espectadores. Roberts, que hoy tiene un bufete de abogados, es incluso el padrino de uno de los hijos de Lucas. Es una paradoja que ni siquiera puede defender. «Me asquea. No puedo explicarlo, pero aquí estamos», dice Roberts sobre su amistad de tantos años con el gánster capaz de levantar la tapa de los sesos a quien se le pusiera por delante en pleno corazón de Harlem. Uno de sus rivales de la época fue un tal Tango, al que Lucas ha recordado en un reciente documental para la cadena BET (Black Entertainment Televisión). «Quería ganarme cierta reputación, así que le disparé cuatro o cinco veces para enviar el mensaje de que nadie podía deberme dinero», relató. «No tenía ninguna posibilidad de sobrevivir porque le di en la frente». Desde que salió de la cárcel, Lucas dice sentir que hubiera gente que muriera a causa del abuso de la heroína que él distribuyó. Como señala Roberts, «Frank Lucas probablemente destrozó más vidas de negros de las que el Ku Klux Klan habría soñado». El viejo gangster asegura que no está feliz de lo que hizo, aunque tampoco llora. «Lo que está hecho, hecho está».

Fuente: www.larazon.es
16.12.07

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