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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

Revista de Prensa: Noticias

Viernes, 12 de diciembre de 2008

El yihadismo nuestro enemigo: occidente no se entera

Paradójicamente, el pacifismo europeo es uno de los grandes peligros para la paz

 

La sociedad abierta es, en relación con el totalitarismo, débil en un doble sentido. Materialmente es un blanco demasiado fácil. Los comandos que sembraron el caos en Bombay aprovecharon todas las facilidades de una sociedad democrática, que también encontraron en Madrid o Londres: Libertad de movimientos, de acceso, de expresión, de freno al Estado. Es decir, todos los mecanismos que garantizan la libertad del ciudadano frente al Estado constituyen, al mismo tiempo, una oportunidad para el terrorismo.

Son también débiles moralmente; hedonistas y pacifistas, rechazan obsesivamente cualquier sacrificio, y hasta el uso de la fuerza cuando son atacadas. El yihadismo ataca occidente, entre otras cosas por su incapacidad de reaccionar. España es desgarrador paradigma de ello; tras el 11-M, los españoles prefirieron la rendición a la lucha, y aún son incapaces de combatir al terrorista, limitándose al llanto oficial e histérico tras cada muerte en Afganistán, Líbano o Sudán.

Pero el peligro no se conjura llorando. La globalización ha proporcionado oportunidades a todo el mundo; también a los terroristas. Sus finanzas corren de país a país, el tráfico de armas es ya nuclear, y las telecomunicaciones unen los suburbios de Rabat con las cuevas de Tora Bora. Y lo que es peor, además de su capacidad, su voluntad en inequívoca: El lector que lea estas líneas puede estar seguro de que ahora mismo alguien está planeando cómo acabar con él y con los suyos, a poder ser antes del telediario de las tres.

A la sociedad abierta le ha salido otro enemigo, más brutal aún que el Ejército Rojo o la Wehrmacht. Y si no reacciona, será tragada por un islamismo que crece de Marruecos a Indonesia. Crecimiento que no es ni inexorable ni irremediable, a condición de poner las medidas necesarias para frenarlo. Medidas que parten de un axioma fundamental: la seguridad de la sociedad democrática se juega en un macabro juego alrededor de todo el mundo.

Diplomáticamente, las democracias occidentales no pueden olvidar la existencia de regímenes y grupos totalitarios y bárbaros; son fuente de terrorismo, bien directamente o bien por la frustración que provocan. La Alianza de Civilizaciones no sólo es un conjunto de abstracciones inconexas con poco sentido; comete la profunda injusticia de considerar igualmente aliables a los criminales de Bombay que a sus víctimas, a los carniceros que vuelan mercados en Bagdad con los millones de iraquíes que votan por la democracia. Si con alguien es deseable moral y estratégicamente una alianza es con aquellos países como Israel, India o Irak que están en primera línea contra el terrorismo.

Además, el terrorismo islámico parásita regímenes débiles y corruptos, o se asienta sobre los infiernos por él mismo desatados. Los crímenes del mañana se gestan, como en Sudán, en los agujeros negros de la humanidad de hoy. Por ello, la lucha contra el terrorismo exige estratégicamente unas fuerzas armadas capaces de proyectarse con rapidez, eficiencia y contundencia a cualquier lugar del mundo.

Hoy, sólo Estados Unidos es capaz de hacerlo. Paradójicamente, el pacifismo europeo es uno de los grandes peligros para la paz. Desentendiéndose de los problemas del mundo, negándose a intervenir en favor de la libertad y los derechos humanos, los europeos están dejando campo libre al yihadismo, que cada vez está más a las puertas del Viejo Continente.

Al mismo tiempo, los escombros humeantes del World Trade Center, los hierros retorcidos de Atocha o la cúpula en llamas del Hotel Taj son sólo la parte visible de una guerra que se libra en las sombras. Y que exige la reforma de los servicios de inteligencia. En primer lugar, mediante una mayor cooperación entre las democracias en la obtención y transmisión de información. En segundo lugar, mediante una mejora de la gestión entre las distintas agencias nacionales. Y en tercer lugar, agilizando y potenciando la parte final del proceso, el análisis, único capaz de lograr la anticipación y prevención necesarias para cerrar el paso a los devoradores de hombres del siglo XXI.

Todo lo cual descansa sobre un hecho fundamental: es posible acabar con el terrorismo, a condición de tener la voluntad de hacerlo. O las sociedades abiertas miran de frente al monstruo yihadista y lo combaten y vencen por todo el mundo, o éste acabará tragándoselas, y con ellas las libertades de millones de personas. La alternativa parece clara.

Fuente: Revista Época
05/12/08

Especial: 11-S. Operación global contra el terrorismo: El análisis de los profesionales

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