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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

Revista de Prensa: Noticias

Jueves, 1 de octubre de 2009

29 de septiembre de 1909: la toma del Gurugú

 

No había bastado el combate de Beni-Sicar, ni la ocupación de Nador, ni la de Zeluán, ni el ver ese dichoso Gurugú cercado para que los alarmistas cesaran en su empeño de entristecernos el ánimo y quitar importancia a tales éxitos. Ayer mismo, a raíz de lo de Zeluán, procuraban esos alarmistas inflar un simple ataque nocturno a la división Sotomayor para sacar la consecuencia de que Beni-Sicar no se somete, dando a la cosa proporciones cual si Beni-Sicar fuera un dilatadísimo territorio con millares y millares de guerreros...

Foto: ABC

No faltaban tampoco en el día de ayer quienes antes de detenerse a examinar el alcance y consecuencias de los éxitos recientes preferían entretenerse en levantar muertos, los muertos de hace dos meses, y a pintarnos el horror del hallazgo de sus cadáveres y a reverdecer las tristezas de las vidas perdidas en combates sangrientos. Lloró España esas vidas, bravamente sacrificadas; las llora todavía; debe honrar esos muertos cual se merece; pero a despecho de esto, cuando esas vidas se han vengado, el día en que en Nador y en Zeluán ondea la bandera española, es día de dar alientos, de levantar el corazón de los españoles, no de deprimirlo insistiendo en escenas macabras y en detalles horrendos; a los que den su vida por la patria se les honra elogiando su grandeza de alma, no exhibiendo sus cuerpos carcomidos por el tiempo.

La humanidad es eminentemente varia; cada uno ve las cosas a su manera; y es para nosotros indudable que los que así proceden lo hacen por sensibilidad de corazón; pero a no ser por tal certeza podría creerse que esos recuerdos se evocaban en tal día con la intención de aminorar la alegría de los últimos éxitos.

Foto: ABC

Evitar riesgos
Ya lo habíamos anunciado hace tres días, cuando dijimos en estas impresiones:
«Pero ¿y el Gurugú...? Porque la gente quiere a todo trance el Gurugú, y hace bien en quererlo... Pues sin pretender oficiar de profetas, y sin que esta opinión signifique otra cosa que mera conjetura, figúrasenos que nuestras tropas se posesionarán de él prosaicamente, sin serio combate, con poco o ningún riesgo, dando un mero paseo cuando ya no haya en él enemigos o cuando sólo sea escasísimo el número de los que en él se agazapen.
» No cabe duda; tal desenlace, que desencantará a muchos, será menos épico que asaltarlo a la bayoneta, de risco en risco, a costa de muchas vidas; pero mucho más práctico, mucho más inteligente, mucho más digno, como obra de un general en jefe, que un empujón impremeditado e irreflexivo.»

Felizmente, acertamos en nuestras presunciones, y el Gurugú se ha tomado sin pérdidas, siendo ésta la mejor contestación que el general Marina ha podido dar a los críticos espontáneos que a cada movimiento, a cada operación realizada, preguntaban: «Pero ¿por qué va por ahí? ¿A qué conducen esos movimientos? ¿A qué esas pérdidas de tiempo? ¿Por qué no ataca el Gurugú, que es el padrastro que urge extirpar...?».

Pues ya lo han visto; porque ir al Gurugú como un toro que embiste con los ojos cerrados era ir a malgastar sangre española. Claro es que con el número de soldados en Melilla reunidos se hubiera tomado por ese procedimiento temerario, pero a costa de muchísimas vidas y obteniendo cual resultado la posesión, y nada más, de tal monte; mientras que ahora es nuestro y además de él dominamos en Quebdana, en Tres Forcas, en Nador, en Zeluán; y sólo queda acabar de barrer a los recalcitrantes en la falda oriental del Gurugú, en Beni-bu-Cafar, en Beni-bu-Ifrur, en parte de Beni-Sicar. Porque el general Marina ha procedido como general que sabe que la inteligencia es principal factor en la guerra, no como un cabo de escuadra, capaz tan solo de empujar de frente.

Foto: ABC

Alocución a las tropas
Al frente de las tropas formadas en el Hipódromo se puso el general Del Real y les dirigió la siguiente alocución:

«Soldados: Acaba de ponerse la bandera española, y con esta insignia de la patria las de nuestras armas, en los picos más altos del Gurugú, última atalaya del enemigo.»Nuestra bandera ha sido puesta allí por los bravos de nuestro Ejército, el mismo que antes vertiera generosamente su sangre. Pero con sangre se hacen las conquistas y se lavan las manchas echadas sobre la patria. ¡Viva el Rey! ¡Viva la patria! ¡Viva el Ejército!».

Todos contestaron entonces con delirante entusiasmo a estos vivas.

Desde las murallas de la plaza, que llenaba extraordinaria afluencia de gente, las mujeres rivalizaban con los hombres vitoreando al Ejército y a España.

Fuente: ABC
27/09/09

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