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Revista de Prensa: Noticias

Viernes, 20 de noviembre de 2009

Así son los presos más peligrosos de España

Peores que Malamadre

 

La película española del año ha puesto en el punto de mira a los presos Fies, aquellos que, como Malamadre en «Celda 211», requieren vigilancia especial por diferentes motivos. Y sí, también existen.

La película de Daniel Monzón «Celda 211» ha vuelto a poner en el punto de mira el magnético tema carcelario que tantos argumentos literarios y cinematográficos ha proporcionado. En nuestro inconsciente pesan iconos del celuloide como el individualista Eastwood en «La fuga de Alcatraz», el tenebrosamente lírico Hannibal Lecter o el gran personaje encarnado por Tim Robbins en «Cadena perpetua». El Malamadre que nos ocupa, interpretado por Luis Tosar en «Celda 211», nació de la novela homónima de Francisco Pérez Gandul y encarna el arquetípico preso reincidente, carne de cañón carcelaria, que campaba por los fueros penitenciarios en la década de los 80, antes de que Jesús García Valdés reformara un sistema penitenciario obsoleto. El protagonista de la película de Monzón es el típico «fulano torvo» dotado de carisma, siniestro y conmovedor que no atiende más que a su propio código ético. Un compendio de traumas vitales con desarraigo desde la infancia, tan superviviente como samurái, que encuentra en la reclusión su espacio de dominio para ejercer de «kye», apelativo reservado para los presos más temidos y que deriva de un «pieza» llamado Arthur Kyes.

Fuguistas residuales
En la película se dice que este tipo de internos peligrosos pertenece a la Clasificación FIES-1, algo que es preciso aclarar: un preso no es peligroso por estar incluido en el Fichero de Internos de Especial Seguimiento, sino al revés: está introducido por ser peligroso. La última revisión del citado fichero data de 2006 y supone una base de datos meramente administrativa. Por tanto, estar incluido en ella comporta que al interno se le hace un especial seguimiento y es objeto de una mayor vigilancia, pero el régimen de vida penitenciario es el que corresponde a su grado de Clasificación, que establece la Ley General Penitenciaria. A saber: primer, segundo, tercer grado, y libertad condicional. Los «malos malísimos» como el Malamadre de ficción estarían sujetos a un primer grado.

En opinión de los juristas y psicólogos de diferentes equipos de tratamiento, a día de hoy, los reclusos ochenteros fuguistas y motineros son algo residual. Y, aunque haberlos «haylos», en modo alguno representan a la población reclusa. Atrás quedan los tristes tiempos en los que Manuel Sandín –conocido dirigente de COPEL (Coordinadora de Presos en Lucha), que combatió por dignificar a la población reclusa durante la Transición– me contara sus ingresos en la Modelo junto al El Boque, el Valen, El Loren y El Bartolo por perpetrar atracos de coches  o «topetazos» para robar jamones y cómo, en un sistema penitenciario «paleolítico», les colgaban por las esposas para maltratarlos o les obligaban a  «hacer la rana». Sentados en el suelo, con las piernas recogidas hacia atrás, y esposados los gemelos, se les introducía una barra de madera para hacerles caminar y como forma de macabro divertimento para los funcionarios. Aún permanecen en el recuerdo de Sandín los tiempos de hacinamiento penitenciario –220 personas por galería y «chabolos» ocupados por 4 internos–, comidas en las propias celdas, tres recuentos diarios y «comunicaciones que duraban menos de un cuarto de hora y ante la estricta vigilancia de sádicos funcionarios como “culopato”». No es de extrañar que este ex «choro» setentero    –como se autodefine– con el que compartí una semana mesa y mantel en su casa protagonizara una de las mayores fugas de nuestro país, la de la cárcel Modelo de Barcelona, en 1978, excavando un túnel que conectaba con las alcantarillas de la Ciudad Condal.

Agresiones a presos
Hoy, Sandín sería un FIES-1 con régimen de primer grado, pero sus derechos como recluso le harían sonreír: tendría una habitación individual frente a las habitaciones compartidas de los demás, 3 horas de patio en grupos reducidos (siete menos de las que disfruta el resto de la población reclusa), idéntica comida y derecho a visitas que el resto de los internos (dos locutorios a la semana y dos vis a vis al mes –uno íntimo y otro familiar–), y derecho a recibir 5 llamadas semanales y dos cartas cada siete días (que no serán leídas por los funcionarios).

Sólo podría ingresar en una celda de aislamiento bajo estricto control del juez, que en ningún modo difiere del resto de las celdas, ya que tiene idénticas medidas y equipamiento. Las faltas graves por las que terminar aislado pueden ser haber agredido a otro interno, a un funcionario o a uno mismo. Ni existen los controles analíticos periódicos a través de las rejas, como cuentan las leyendas urbanas, ni se les somete a sujeción mecánica, salvo por indicación judicial o médica, en caso de que puedan agredir o agredirse (el caso prototípico: un interno dándose de cabezazos contra la pared por estar atravesando un síndrome de privación o una depresión).

Evidentemente, ser un «primer grado» de régimen cerrado comporta unas condiciones más estrictas, aunque se aplican poco. De los 76.000 internos que había en las cárceles españolas el año pasado, según datos estadísticos de Instituciones Penitenciarias e incluidos en las cuatro categorías del Fichero FIES, 500  presos estaban en primer grado, 900 en segundo y 80 en régimen abierto. A día de hoy son medio centenar los presos catalogados como FIES-1, si bien es cierto que, cuando los responsables de la junta de tratamiento ven avances en ellos, van relajando el régimen.

«Ningún interno está obligado a seguir programas de reinserción. Todos ellos son voluntarios... Otra cosa es que sea conveniente que los acepten». ¿En qué consisten? A cada recluso se le realiza un análisis de sus carencias por parte de un equipo técnico y, a partir de él, se le asigna un programa de tratamiento. Por ejemplo, si es alcohólico, se le asignan programas de abstinencia de alcohol.

En el caso de que sea maltratador, se incide en el control de la ira. Su negativa no puede acarrear consecuencias disciplinarias. Los juristas no se ponen de acuerdo y unos aseguran que funcionan bien, mientras que, para otros, son más decorativos que efectivos.

El trato con los funcionarios por parte de la población reclusa es otro de los puntos que ha variado sustancialmente desde la última reforma penitenciaria: si entonces se producían reiterados abusos de poder, hoy dista mucho de cualquier leyenda y es un compendio de buen hacer profesional, paciencia, inteligencia y sabia combinación del tacto y la firmeza, siempre aplicando el reglamento. Otra cosa es la relación entre el resto de los internos hacia esos llamados presos peligrosos, que se comportan con un dejo de admiración y servilismo al tiempo que ellos les instrumentalizan. El tema de las violaciones «talegueras» es otra de las muchas leyendas inciertas. Diversos psicólogos de prisiones aseguran que se producen más casos de homosexualidad «espontánea» femenina que masculina, y que ocurre así por una mera cuestión afectiva. Los hombres prefieren recurrir al onanismo que al sometimiento hacia otros reclusos.

Autolesiones esporádicas
Aún es posible que se produzcan autolesiones o huelgas de hambre como medida de coacción, pero cada vez es más esporádico. Como el hecho de construir armas con objetos impensables, tales como una cucharilla de plástico quemada convertida en un «pincho» letal con el que amedrentar a otros internos, aunque pocas veces a los funcionarios... Una de las juristas más comprometidas con el sistema penitenciario recuerda un experimento que se hizo en el año 84 en el psiquiátrico de Fontcalent para crear una estructura terapéutica específica, «pero había demasiados enfermos mentales de patologías diversas y falló. Las prisiones son el desagüe de la sociedad. Debería haber un intento serio de psiquiatría carcelaria para estos enfermos sociales, porque, en muchos casos, el “talego” no es su sitio». La comunidad debe defenderse y recluye al que atenta contra los demás, pero, si el sistema penitenciario –como la democracia– es la menos mala de las opciones... ¿qué otra alternativa queda?

Prácticamente cualquier prisión española, salvo los centros abiertos, puede acoger a todo tipo de internos. En los últimos años se han construido bastantes nuevas prisiones, que son los llamados «centros tipo». Se basan en un sistema de módulos para evitar que se mezclen internos primarios con reincidentes, jóvenes con adultos y, en general, los que puedan causar una influencia perniciosa en otros. Paradójicamente, España es uno de los países europeos con mayor población carcelaria pero con menos delincuencia. Eso se debe a la penalización de muchas conductas que en otros países no constituyen delito. Así, salvo centros de inserción social o unidades de madres, prácticamente cualquier prisión puede albergar a un interno sin cuestionarse su condición. Otra cuestión es que procuramos proponer el centro de destino que mejor se adapte a sus peculiaridades y programas de tratamiento. Respecto a sus centros de destino y asignación de grado de tratamiento, el procedimiento sigue lo establecido en la Ley Orgánica General Penitenciaria de 26 de septiembre de 1979 y en el Reglamento que la desarrolla. Así, cuando se recibe en el Centro Penitenciario el testimonio de sentencia, se procede a clasificar al interno en un plazo máximo de dos meses desde la referida recepción, un plazo que es ampliable de manera excepcional a otros dos meses.

Cuestión de grado
La clasificación asigna centro de destino, programa individualizado de tratamiento y grado de clasificación. El grado de clasificación determina la modalidad o régimen de vida en que se va a desenvolver en un principio. El primer grado es el más estricto, aunque se aplica poco, y se corresponde con el régimen cerrado. Al segundo grado corresponde el régimen ordinario, que, como su propio nombre indica, es el más común. Se aplica a aquellos internos que ofrecen perfil de normal convivencia pero sin encontrarse, por el momento, preparados para cumplir condena en semilibertad. Al tercer grado corresponde el régimen abierto, aplicable a aquellos internos que, bien inicialmente o por una evolución favorable de su conducta, han demostrado que pueden cumplir su pena en régimen abierto, combinando la estancia en prisión con un trabajo en el exterior que permita sostener a su familia.

Foto: La RazónAntonio Cortés Escobedo
Lleva 25 años sin salir de prisión y es un clásico de los motines violentos, como el Fontcalent, ocurrido en el año 2006 y en el que tuvieron retenidos a nueve funcionarios durante 48 horas. Junto a él estaba Juan José Garfia.

Justificó su motín debido al trato «inhumano» que, según él, recibían los presos por parte de los funcionarios. Negó haber matado a un interno argelino durante la revuelta. Quien haya visto o leído «Celda 211» encontrará muchos paralelismos con esta historia.
Acusado de dos homicidios y un asesinato, primero fue  condenado a 138 años de reclusión, una pena que el Tribunal Supremo acabó rebajando a 75.

Foto: La RazónClaudio Lavazza
Delincuente profesional italiano, autoproclamado anarquista (del grupo Proletarios Armados para el Comunismo) y perteneciente a la «Banda de la nariz».

Fue condenado por el asesinato de dos policías municipales durante el atraco a unas oficinas del Banco de Santander de Córdoba. Acusado de 8 atracos más en distintas ciudades españolas, también fue condenado a cumplir en Italia una pena de 27 años y 5 meses. ¿Los motivos? Entre otros, pertenencia a banda armada, asociación subversiva, coparticipación en homicidios y tenencia ilícita de armas. Se le considera muy peligroso. Está condenado a 198 años, dos meses y 14 días.

Foto: La RazónGiovanni Barcia
Compañero de Lavazza y cerebro, junto a él, de todas sus operaciones dentro de la «Banda de la nariz», ha sido juzgado con su colega en varias ocasiones.

En la detención de 1996 en Córdoba, Lavazza y Barcia no estaban solos. Les acompañaban sus otros dos compañeros de fechorías, Michele Pontolillo y Giorgio Rodríguez.
Por este delito fue condenado a 62 años, 47 por el propio atraco y 15 por delitos menores relacionados con éste. A tal pena se sumaron otros 11 por su irrupción en el consulado italiano de Málaga.

En 2002 fue trasladado temporalmente a Italia. En la actualidad sigue encarcelado en España.

Foto: La RazónJuan José Garfia Rodríguez
Juzgado por el asesinato de dos policías y un civil, un industrial vallisoletano, Garfia fue además motinero en Fontcalent. Autor de diversos robos y atracos, es también especialista en fugas.

En 1998 se casó con una funcionaria de prisiones en Picassent y, mientras aguarda el segundo grado penitenciario, se ha licenciado en Historia y ha escrito varios libros sobre sus vivencias.

La película «Horas de luz», dirigida por Manolo Matjí, está basada en su biografía y él participó en la documentación. Alberto San Juan interpretaba el papel de Garfia, y Emma Suárez el de la funcionaria que se convirtió en su esposa. Está condenado a 149 años de reclusión.

Foto: La RazónJuan Diego Redondo Puerta
«Dieguito el Malo», como se le conoce en el mundo carcelario, es un delincuente multireincidente que ha protagonizado atracos con rehenes y todo tipo de robos con violencia.
Fue miembro activo de Copel (Coordinadora de Presos en Lucha) y un referente entre los internos desde que lideró la famosa huida de la cárcel Modelo de Barcelona, relatada en su libro «La fuga de los 45».

Lleva casi 30 años en prisión, y cumple una condena de 176 años, dos meses y 14 días.
Se casó en 1992 y tuvo dos hijos, pero volvió a la cárcel poco después, ya que se reabrió un caso que tenía pendiente desde 1978.

Foto: La RazónSantiago Izquierdo Trancho
Un individuo capaz de ocultar cuchillos y pinchos en su estómago, serrar barrotes y disimularlo con pasta de dientes pintada, entre otras atrocidades, sólo podía llevar 25 años entre rejas.

Acumula asesinatos, secuestros de funcionarios, intentos de evasión, desacato, amenazas, robos... Es uno de los presos más peligrosos de la historia penitenciaria, un auténtico Malamadre.
Suma condenas por un total de 138 años.

En septiembre de 1987 asesinó a otro interno después de obligar a un funcionario a que le abriera la celda de su víctima. Dicen de él  que se ha ganado su mala fama a pulso.

Nadie quiere hablar
El éxito de «Celda 211» parece que no ha hecho más que comenzar: en el fin de semana de su estreno se convirtió en la película más taquillera, con 1.243.000 euros de recaudación, y desplazó a «Ágora» de la primera posición. A esto se añade la unanimidad de la crítica al hablar de ella como «el gran filme español del año».  El efecto «celda» se percibe menos en el mundo real de las prisiones: ningún jurista, asistente social o psicólogo ha querido hablar, salvo de forma oficiosa, para confeccionar este artículo, ni siquiera telefónicamente por temor a «presuntas escuchas». Las entrevistas se han producido en cafeterías solitarias, comidas en mi casa o mediante anónimas cuentas de correo, abiertas ex profeso para esta cuestión. La pregunta es, ¿por qué?

Fuente: La Razón
15/11/09

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