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Seguridad Pública y Protección Civil.

 

Revista de Prensa: Noticias

Martes, 9 de marzo de 2010

Secuestro de los cooperantes españoles: La ciudad de los rehenes

Los reporteros de este diario que cubrían el secuestro de los cooperantes catalanes tuvieron que huir amenazados por Al Qaeda

 

Un polvorín cuajado de espías y militares de EEUU que instruyen a soldados y niños malienses. Así es la ciudad de Gao. Pero también es el refugio de los terroristas y sus soplones. Los autores de este reportaje, reporteros de este diario que cubrían el secuestro de los tres cooperantes catalanes, tuvieron que huir: Al Qaeda iba a por ellos.

Es jueves, está amaneciendo y, con el susto aún en el estómago, vemos la ciudad de Gao hacerse más y más pequeña por el retrovisor. Nosotros llegamos el pasado 27 de febrero a esta localidad del noreste de Malí que se ha convertido en una especie de telón de acero cuajado de espías y militares estadounidenses, de niños soldados entrenados para combatir a los islamistas y de colaboradores y terroristas de la facción magrebí de Al Qaeda. Vinimos para cubrir la evolución del secuestro de los tres cooperantes catalanes. Y cinco días después, huimos rumbo a la capital, Bamako, en un todoterreno con dos hombres armados a bordo. Han querido secuestrarnos.

Tras 16 horas de viaje, llegamos a la capital con los huesos y los nervios destrozados. Son pasadas las once de la noche cuando entramos en el hotel. Nos duchamos. Y no logramos pegar ojo en toda la noche. En mis oídos aún resuenan las palabras del alcalde de Gao: «Los islamistas me han contactado preocupados por vuestra investigación sobre Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI). Debéis partir lo antes posible –nos había dicho Sadou Ould Dialló–. Os tenéis que ir esta madrugada. Algunos tuaregs que colaboran con Al Qaeda os tienen localizados. Los blancos y ahora los españoles cotizáis muy alto».

En nuestra huida nos ha acompañado el alcalde, al volante y armado con un fusil, y un soldado. «Os iban a secuestrar anoche, cuando fuérais al restaurante a cenar», nos confirma Dialló durante el viaje. Exhausta y aún con los nervios enmarañados, me tumbo en la cama del hotel de Bamako e intento recomponer el puzle de las últimas horas. Recuerdo cuando, el miércoles, estando en la oficina del alcalde para conectarme a internet, cacé algunas palabras en árabe de una conversación que mantenía por teléfono. «Periodista», «imanes molestos». «¿Algún problema?», pregunté. «Nada –contestó–. Pero no hagáis más preguntas sobre Al Qaeda a los imanes ni a los directores de escuelas coránicas». También me viene a la cabeza la cara de susto de los empleados del hotel de Gao, cuando me recomendaron que pidiéramos ayuda, que cuatro hombres con turbante y con «lentes de visión nocturna» llevaban horas merodeando por allí. Al poco llegó el alcalde rodeado de soldados y nos dijo que hiciéramos las maletas, que esa noche dormíamos en su casa y que al amanecer nos largábamos a Bamako.


Dialó, el alcalde que evitó el rapto de los 2 enviados especiales de
E
L PERIÓDICO Beatriz Mesa y Danny Caminal, acogió en su casa a los reporteros.



Hoy viernes, nuestro primer día en la capital, nos hemos vuelto a ver con el alcalde. «He recibido una llamada anónima –nos ha dicho–. Una voz me ha comunicado que, si no hubiérais venido a mi casa, ya estaríais secuestrados». Atrás han quedado el susto, Gao, sus 60.000 habitantes y los refugios y los campos de formación de islamistas que hay en la vecina región de Kidal y que han esparcido el terror y arrasado el turismo y las costumbres de una sociedad nómada. Y atrás ha quedado también la base del Ejército de Malí que se levanta a las afueras de la ciudad y en la que los espías y militares norteamericanos han instalado su centro de operaciones.

Desde la creciente amenaza islamista, Estados Unidos desarrolla el programa Trans Sahara de lucha contra el terrorismo y la delincuencia organizada en el Sahel de Malí. Saliendo de la ciudad y descendiendo por una avenida de pistas arenosas, se alza una muralla de color tierra. Es el inicio de la base militar Firhoun Ag Alincar. Un centenar de norteamericanos entrenan allí a diario a los nativos que integran un Ejército todavía muy débil que escasea de medios: padecen averías constantes en los sistemas de información, en las armas ligeras y en los vehículos. No disponen de aviones y, lo más grave, carecen de formación competente.

Los yihadistas, en cambio, avanzan de manera formidable en su capacidad operacional. Son extremadamente metódicos y estoicos. Cada vez están más asentados, conectados entre sí y con el exterior. Frente a este polvorín yihadista, el Ejército de EEUU ha ofrecido «vehículos, trajes de combate, calzado, armas y algo tan importante como el despliegue de una estrategia de inteligencia sobre el terreno, pero hay mucho que hacer aún», asegura a este diario un agente de la inteligencia norteamericana. La CIA empezó a aterrizar en el desierto del Sahel en el 2003, desde que el Grupo Salafista por la Predicación y el Combate (ahora rebautizada como Al Qaeda en el Magreb Islámico) introdujo en su modus operandi los secuestros de occidentales como propaganda intimidatoria.

Cada día, a las siete de la mañana, los hombres del Pentágono salen del Hotel Tizimizi a bordo de vehículos y en grupos de 10 agentes, y se dirigen a la base militar para comenzar la formación de soldados locales. «En los últimos meses les estamos enseñando a conducir tanques y a manejar las armas», comenta un espía que participó en la guerra de Irak. Suelen regresar al hotel a las tres de la tarde, donde pasan el resto del día «conectados a internet», añade la fuente.

Entramos en la base de Firhoun Ag Alincar con la excusa peregrina de si pueden vendernos alcohol. La petición cuela, y dos jóvenes del Ejército de Malí levantan la valla de acceso. Aquí se espera que hagan escala, antes de partir hacia Bamako, los cooperantes catalanes Alícia Gámez, Albert Vilalta y Roque Pascual, una vez abandonen la célula del argelino Mujtar Belmojtar, que los retiene en la región de Kidal (a 400 kilómetros de Gao) desde que fueron secuestrados el pasado 29 de noviembre.

Dentro de la base del Ejército, un camión transporta a 20 niños de apenas 12 años. «¿Militares? ¡Sí, somos los niños de la Armada!», grita un muchacho con la cara salpicada de arena y blandiendo un arma de juguete con la que bromea apuntando de derecha a izquierda. El grupo de niños procede de la ciudad de Kidal (principal bastión de Al Qaeda) y les entrenan desde hace meses para defenderse en el frente y dar caza a los terroristas. «A las nuevas generaciones hay que comenzar a prepararlas desde pequeños. Y, además, es una salida laboral», dicen fuentes de la inteligencia. Un avión del Ejército aterriza una hora más tarde en mitad del sórdido escampado militar. De él bajan un pelotón de soldados que vienen del desierto, a donde acuden una vez por semana para entrenarse desplegando dispositivos de emboscada, ataque y retirada. «Las actividades de simulacro las hacemos en las dunas», explican las mismas fuentes.

Nos reunimos con el coronel Sidi Mohamed, exrebelde Tuareg, en una jaima alejada de las miradas curiosas. Es uno de los 600 hombres destinados por el presidente de Malí, Amadou Toumané Toruré, para luchar contra los más de 300 terroristas que se ocultan con habilidad de serpiente por el inmenso desierto del Sahel.

Acaba de llegar a Gao y durante seis meses no saldrá de la base donde los hombres del Pentágono adiestran a tuaregs y árabes, los dos grupos étnicos mayoritarios que nutren esta misión especial por sus conocimientos de la tierra y su adaptación a la vida nómada. La misión: erradicar las bases de los extremistas que se han convertido en la madriguera perfecta para esconder a rehenes occidentales.

El tuareg Sidi Mohamed recibe a este diario de civil y desprovisto de armas, algo muy raro en él. Al Qaeda lo busca y teme acabar como su compañero, Ould Bou, asesinado a tiros delante de su mujer y sus hijos por dos terroristas hace ocho meses. Su cabeza pendía de un hilo desde que arrestó a 10 de los centenares de salafistas que se mueven impunemente en ese agujero negro del Sahel donde se trafica con armas, drogas y personas.

Mohamed sospecha que le han señalado como enemigo tras encabezar una operación en el desierto que acabó con cuatro radicales en prisión. Este coronel, nacido en Tombuctú –ciudad que, junto con Gao y Kidal, forma el triángulo sahariano–, reconoce que el Ejército de Malí es «incapaz» de afrontar solo la maldición islamista que se está apoderando de los ciudadanos del norte del país.

Una calamidad más para una población ya de por sí muy castigada por la inestabilidad que supusieron los años de la rebelión tuareg y que aún arrastra el recuerdo de miles de muertos. Antes de eso ya habían soportado la persistente sequía y el hambre. Cuando el turismo parecía que daba oxígeno, Bin Laden comenzó a extender sus tentáculos en la zona y a hundir la única fuente de ingresos. «Hemos pasado de recibir unos 400 turistas por mes a 32», se lamenta Abi Ag, un guía turístico tuareg que ya se está planteando nuevas fórmulas de subsistencia.

En su jaima, el oficial tuareg reclama más cooperación de Europa. «No estamos pidiendo que intervengan militarmente. Solo queremos que nos ayuden en la logística». Las unidades malienses temen que una participación extranjera más allá del entrenamiento puede convertir el mar de arena del Sahel en otro «Afganistán» o «Yemen». Por eso, EEUU actúa desde la retaguardia: controla, informa, entrena y marca líneas estratégicas.

Alianzas matrimoniales

El objetivo del Gobierno de Malí también pasa por frenar a los colaboradores que quieren sacar tajada del entramado terrorista. «Los hermanos salafistas tienen comprada a toda la población», explican los servicios de espionaje del país. «La gente es muy pobre y cualquiera está dispuesto a implicarse en los actos de secuestros por necesidad», asegura el alcalde de Gao, Sadou Ould Dialló.

Por ejemplo: entre 200 y 500 euros recibieron los informadores de la AQMI en el secuestro de los tres cooperantes catalanes, según la inteligencia norteamericana. Este grupo es el que aflora con más frecuencia en pueblos de tradición oral como Gao. «Lo que digas al imán lo sabrá toda la mezquita», dice el alcalde. Los otros grupos que sirven a Al Qaeda pertenecen a los llamados «ejecutadores»: realizan secuestros para líderes de células como Mujtar Belmojtar, en cuyas manos están los tres catalanes.

El argelino Mujtar, uno de los terroristas más conocidos, además de trabar relaciones con la población local, contrae matrimonio con mujeres de diferentes tribus para ganarse la confianza de los jefes tribales, que todavía mantienen el control en el desierto. Mujtar se casó por conveniencia con tres mujeres del norte de Malí, y su fiel aliado, Abú Zein, otro argelino que retiene a una pareja italiana, ya cuenta con un harén de cinco esposas.

Hay más alianzas. Los terroristas también establecen lazos con grupos de sabios religiosos que, con la excusa de transmitir el pensamiento islámico, actúan de intermediarios. Son los Dawa awa Tabligh, hombres de barba larga que van de pueblo en pueblo «haciendo comprender el mensaje de Dios», argumenta el director del colegio coránico Idrissa Hana Cucu Hamsa. Su barba es también larga, pero no pertenece al grupo de los Dawa. También imán de una mezquita de Gao, va envuelto en una elegante túnica, y compara a esos hombres con los «evangelizadores de Cristo». Sin embargo, las autoridades de la población sospechan que estos actúan como la «infantería» de Al Qaeda y lavan el cerebro para reclutar a la desahuciada juventud del norte de Malí.

Escribo cansada, pero con alivio. El polvorín de Gao ya queda a mil kilómetros de distancia. En Bamako, ya estamos a salvo. H

Fuente:El Periódico
07/03/10

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