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Seguridad Pública y Protección Civil.

 

Revista de Prensa: Noticias

Viernes, 3 de septiembre de 2010

Mujeres en la trinchera de Melilla

Visten su uniforme con orgullo sin que les tiemble el pulso. Ni las amenazas ni las fotos bochornosas las ha arredrado. Son quince mujeres españolas: unas cristianas, otras musulmanas. Son las policías de una frontera endiablada

 


Una agente, en el control fronterizo

«No queremos favoritismos y menos cargarlos a ellos de razón. Si nos quitamos de primera línea, ganan». Esta semana, cuando los insultos y amenazas a las policías de la frontera de Melilla arreciaron y viraron a unos carteles ignominiosos que las retrataban como a matones de discoteca, el jefe superior accidental de la Policía les ofreció pasar a la retaguardia. Quería quitarlas del foco, del trato diario con miles de personas, espoleadas a dos metros escasos por un grupo de exacerbados que han campando a su aire en la llamada tierra de nadie. Ninguna aceptó la oferta, ni siquiera las cuatro agentes en prácticas. Y ahí se han mantenido, enteras, con la cabeza bien alta, revisando cientos de pasaportes, tarjetas de residencia y DNI en su turno de trabajo.

Se niegan a ser identificadas o tomadas por heroínas. Son doce en plantilla, repartidas en cinco turnos a pie de obra, tragando humo del basto gasóil marroquí, tocando decenas de documentos ajados, mugrientos algunos. Están al raso, igual que el centenar de compañeros que trabajan con ellas, sin una mala mesa en que apoyarse, como mucho un taburete de hierro que destroza las lumbares, soportando un calor infernal, un ruido aún peor o unas tormentas de esas que rajan el cielo y anegan el paso cada vez que descargan. Al otro lado de la tierra de nadie, las garitas de los aduaneros y los policías marroquíes lucen con mejor pelo: acristaladas, aisladas, con su ordenador, su mesa y su silla.

«No hagais nada, no respondais. Ni los miréis», les han recalcado estos días sus mandos cuando a alguna le hervía la sangre al verse expuesta en una valla en mitad de un estercolero o mirando —fotomontaje burdo donde los haya— el paquete de un compañero; cuando tenían que oír a dos metros como las llamaban «zorras, putas, renegadas, torturadoras», en español y en árabe, y los aduaneros y agentes marroquíes ni se inmutaban o esbozaban una sonrisa cómplice. «A mí no me asustan, hago oídos sordos a los insultos. Que dicen que soy puta, pues hala. Me ha fastidiado que me vea mi familia en los carteles. Eso sí ha sido un trago. Pero estos no me van a quitar la afición», reflexiona Rosa, nombre falso de una de las alumnas, mientras con firmeza, y sin descomponer el gesto, ordena a los que van entrando por la cola de marroquíes, a través de un estrecho y entorpecedor torno, que mantengan la distancia de seguridad.

Cuando la ven, pese a que es guapa y joven, uno de cada dos hombres prefiere esperar y se dirige a su compañero, un veterano policía al que no se le despega el buen humor de la cara. «¿Lo ves?», dice Rosa. Y claro que lo vemos, no hacen falta palabras, el desprecio asoma por muchos pares de ojos. No porque sea policía, sino porque es una mujer. Ellas callan, no está muy claro si por decisión propia o por sugerencia de la cadena de mando. Nos dejan observar el incesante trabajo de la frontera. Cada paso una historia, cada documento un mundo. Una madre y sus dos niños con quince bolsas de dulces que van a Melilla. «Vamos de entierro», se justifica la mujer, y eso significa comilona tras el fin del ayuno diario en Ramadán. «Pasa, pasa, que ya vino antes tu hermana», la tranquiliza el agente.

Rosa y José, su compañero de turno, se alternan como el resto de funcionarios de la Unidad de Fronteras en la fila de quienes tienen pasaporte de Nador, que no necesitan visado, o son comunitarios, más ordenada y accesible, y en el paso de los coches, furgonetas, motos y bicis, un guirigay a un metro escaso en el que las caras se repiten cada media hora. «¿Pero cuántos viajes has dado ya hoy, mi niño?», pregunta José a un cuarentón al que le tiemblan las piernas. «Me dijiste que le ibas a poner frenos a la bicicleta. Un día te vas a estrellar», le reconviene. El hombre sonríe y se excusa. El Ramadán se soporta peor cuando uno tiene que hacer cinco o seis pases de contrabando al día para mantener a la familia.

Es miércoles y los ánimos están muy caldeados. El boicot de productos y el colapso del paso de Beni-Enzar parece inminente. Said Chramti, Abdelmonain Chaouki y el resto de azuzadores, miembros del «Comité de Liberación de Ceuta y Melilla» y de la «Coordinadora de la Sociedad Civil de Nador», se mueven sin pausa por la zona de nadie, ocupada por los marroquíes. Impunes y crecidos, se colocan junto a las pancartas que reclaman la devolución de las Ciudades Autónomas a Rabat y se dejan retratar delante de los carteles de las policías, todas perfectamente identificables. Ningún agente español se inmuta. Mantienen el gesto y siguen a lo suyo. Ellas también, que nadie les pidió el código genético cuando ingresaron en la Academia.

Tienen entre 25 y 35 años de media. Las hay casadas y con hijos, solteras, rubias y morenas. La mayoría son de Melilla, españolas como la que más: unas cristianas, otras musulmanas y, por supuesto, las hay ateas. Para algunas es su primer destino, pero otras se han bregado ya en Extranjería, en Seguridad Ciudadana o en Atención a la Mujer, sin que nadie las hiciera sentirse distintas. Una de las agentes es una máquina detectando documentos falsos, por eso está en el sellado. Nadie lo reconoce, pero cuántos se colarán por esas fronteras dejadas de la mano de Dios. Un paso y una aduana comercial sin aranceles, auténtico motor de la economía al otro lado, en Beni-Enzar, en Nador y en todo el norte de Marruecos.

«Conocemos tu matrícula, te vamos a quemar el coche cuando pases a Nador, renegada». Los insultos iban dirigidos a dos de las policías, musulmanas. Las odian aún más que a sus compañeras. «No puede ir a comer con su abuela a Nador desde que ha ocurrido todo esto. Está afectada, pero se ha negado a quitarse de en medio». La policía, diana de esos agravios, anda por la frontera de paisano porque hoy no le toca trabajar. Tienen «turno africano»: un día están de tarde, al día siguiente por la mañana y por la noche; luego libran 84 horas. Intenta no dejarse ver. Le han contado que han vuelto a empapelar las vallas con su foto y está que trina. En un momento, unos menores marroquíes arrancan esos carteles, parece que previa propina de alguien del lado español, asqueado de la bochornosa propaganda.

Servicio de información

Said Chramti nos confirma que cuentan con mucha información de todos los agentes. Sorprendente: saben sus nombres, dónde viven algunos, con quién están casados, qué coches conducen. Y eso que él no puede entrar en Melilla, al ser el cabecilla de la agresión que sufrieron los mandos de la Policía y la Guardia Civil en Nador en 2008 y de la que salieron vivos de milagro. «Sus espías están aquí, a nuestro lado. Hay una decena o más de tipos que se pasan el día merodeando por los controles, poniendo la oreja. No trabajan, no tienen otra tarea que obtener información», explica un inspector. Chramti niega la mayor, pero se jacta de sus buenos contactos. De hecho, cuando nadie sabía que el director de la Policía y la Guardia Civil, Francisco Javier Velázquez, iba a viajar a Rabat e Interior lo negaba, él proporcionó esa información a ABC casi 24 horas antes. Y otro dato: gracias a su compañía pudimos cruzar la frontera marroquí en cinco minutos, cuando la cola era de un par de horas.

Ellas se han sentido arropadas por sus compañeros, por sus jefes y por muchos melillenses. Los políticos son otro cantar. Casi nadie ha dado la cara y cuando lo han hecho ha sido para arrodillarse ante Marruecos. Son policías y saben lo que hay. El viernes los carteles de apoyo del SUP en los que se pide un abrazo para estas mujeres ya colgaban en las dependencias de la frontera. Una campaña bienintencionada, aunque quizá algo meliflua. ¿Alguien se imagina que si los vilipendiados hubieran sido hombres se hubiera pedido un abrazo para ellos?

 

«Miss Melilla» chequea pasaportes

 

«Mire jefe, a mí me han hecho cientos de fotografías, unas cuantas más me importan un bledo. Que sigan. Ya se cansarán», le espetó a su superior Vianca, una de las funcionarias que trabaja en el paso de Beni-Enzar. Ella está acostumbrada a las fotos, no en vano fue «Miss Melilla» en 2007 y por si fuera poco tira de un carácter arrollador. Vianca, como el resto, ha tenido que soportar los teleobjetivos de los activistas marroquíes, o lo que quiera que sean, a dos pasos, con una chulería imperdonable. Les enfocaban la cara, las manos que a veces se agitan al aire cuando uno intenta colarse sin documentación, la cintura y sus zonas íntimas. Como mucho se ponían las gafas de sol o se colocaban de medio lado.

Pero no son solo las fotos. Desde el 18 de junio han sido víctimas de cuatro incidentes muy serios. Ese día, en el sellado marroquí agredieron a una agente libre de servicio; el día 29 un tipo se negó a mostrar su documento acreditativo y provocó un alboroto; el 16 de julio cinco marroquíes insultaron a varias funcionarias y el pasado día 2 una policía que trabajaba en el puesto de Farhana recibió un bofetón por parte de un individuo que le reventó el tímpano cuando puso el brazo para que no pasara un indocumentado. Tuvo que ayudarla un guardia civil que estaba a su lado. El tipo quedó en libertad a las pocas horas y ella sigue de baja. La Dirección General de la Policía tiene constancia de todo, pero igual que ha sucedido antes nadie confía en que se tomen medidas.
 

 

Fuente: ABC
22/08/10

Suplemento Temático: Mujer y Seguridad

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