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Seguridad Pública y Protección Civil.

 

Revista de Prensa: Noticias

Martes, 22 de noviembre de 2011

Secuelas psicológicas de un secuestro

Los cooperantes rechazan la atención psicológica especializada

 


Una concentración por la liberación de los secuestrados

María –nombre supuesto- es funcionaria y cooperante. Desde hacía años ocupaba sus vacaciones, o incluso solicitaba excedencias, para unirse como voluntaria a ONGs que operan en África, hasta que junto a sus compañeros sufrió un secuestro por parte de un grupo guerrillero que se prolongó durante dos meses. Los datos son imprecisos porque la psicóloga que atendió a María tras la liberación, Mónica Pereira, no desea poner en riesgo el anonimato de su paciente.

Se han cumplido ya tres semanas del secuestro de las dos cooperantes españolas Montserrat Serra y Blanca Thiebaut, de Médicos Sin Fronteras (MSF), en el norte de Kenia. Un comando de Al Shabaad, milicia vinculada a Al Qaeda, las apresó el 13 de octubre en el campamento de refugiados de Daddab y, al parecer, las trasladaron a su bastión en Kismayu, en el sur de Somalia. También, desde el 22 de octubre, otros dos españoles permanecen retenidos en los campamentos saharauis de Tinduf, en Argelia.

Pocos psicólogos españoles pueden hablar de las secuelas que podrán sufrir, cuando sean liberados, estos cooperantes. No hay mucha literatura clínica al respecto. Generalmente, los cooperantes rechazan la atención psicológica. Aunque la necesiten. Como fue el caso de María. Tras sus dos meses de cautiverio, regresó a casa con síntomas evidentes de no haber superado el trauma. Fue su familia la que la obligó a acudir a la asistencia psicológica de Mónica Pereira.

EC.- ¿Qué patologías presentaba?

MP.- Realmente, patología no tenía. Tenía una hipervigilancia. Todo lo consideraba una amenaza.

EC.- ¿Una manía persecutoria?

MP.- No, insisto en que no llegó a ser patológico. Lo que ocurre es que estaba hipervigilante. Sospechaba de todo. Yo le preguntaba si era consciente de que ya no estaba en la misma situación, de que ya se encontraba en España. Y respondía que sí. Pero la hipervigilancia la ejercía de manera automática. Sin premeditación. Cuando eres consciente de que el peligro ya no existe, no se puede hablar de patología. Pero había pasado bastante tiempo de su liberación y seguía con esos miedos. Sospechaba de todo el mundo. Cualquier cosa que se le decía le sonaba extraña. Veía intenciones ocultas en cada actitud de los demás. Además, ella estaba convencida de que el grupo que la había secuestrado tenía alguna conexión con España (yo no llegué a saber si esto era cierto o solo imaginaciones). Y por eso pensaba que, incluso aquí, podía volver a tener problemas.

EC.- ¿Consiguió finalmente perder esos miedos?

MP.- Sí. Lo trabajó y ahora mismo lleva una vida normalizada y ha regresado a su trabajo.

EC.- ¿Ha repetido como cooperante?

MP.- Creo que no, aunque hace ya tiempo que no la veo. Ha reconducido su idea de ayuda y está de voluntaria aquí en Madrid.

EC.- ¿Qué terapia psicológica se aplica a los que acaban de salir de un secuestro?

MP.- Hay dos líneas fundamentales. La primera es normalizar. Darle permiso, entre comillas, a esa persona para sentirse mal por lo que ha vivido. Eso ocurre con cualquiera que haya sufrido una situación traumática: necesita darse a sí mismo permiso para sentirse mal, porque tu entorno más cercano quiere que te encuentres bien enseguida.

EC.- ¿Se refiere a la familia, los amigos?

MP.- Claro. Te dicen que ya ha pasado todo y que tienes que volver a ser el mismo de antes… Al final lo que provocan es que la víctima se sienta incomprendida. No. Las familias tienen que saber que una persona que ha salido de un secuestro tiene todo el derecho del mundo a sentirse mal. La segunda clave para superar estas situaciones consiste en recordarlas sin volver a experimentar el dolor del trauma. Muchas personas continúan padeciendo la misma angustia y el mismo dolor que cuando estaban secuestrados. Y eso es porque no se permiten experimentarlo, enfrentarse emocionalmente a esos recuerdos. Tras vivir un secuestro o una situación similar, ocurre que tu idea de seguridad del mundo ha cambiado. Lo que antes te resultaba seguro, ya no lo es. Por eso la desconfianza.

EC.- ¿Se llega a desconfiar de la gente más cercana, de los parientes y amigos?

MP.- Sí, depende de la persona. En el caso concreto del que hablamos, esta mujer desconfiaba de su entorno laboral.

EC.- ¿Un entorno laboral de cooperantes?

MP.- No, no. Aunque sí había algunos.

EC.- No es muy habitual que los cooperantes que salen de un secuestro pidan atención psicológica. ¿Por qué?

MP.- Es verdad. En este caso, fue por petición de la familia. Pero es que los cooperantes van preparados. Saben que el secuestro puede ocurrir y lo normalizan. Son capaces de integrarlo en su experiencia vital. Pero los que más necesitan nuestra atención psicológica a veces no acuden por desconfianza: ¿qué va a saber un psicólogo de lo que me ha pasado a mí? Les cuesta reconocer que alguien totalmente ajeno a la situación que ellos han vivido los va a entender y les va a poder ayudar.

EC.- ¿Qué rasgos de personalidad pueden cambiar después de un trauma así?

MP.- Para saber si la personalidad ha cambiado tienen que haber pasado más de dos años. Hablamos de síntomas, no de rasgos de personalidad. Los más comunes son hipervigilancia, tristeza, susceptibilidad, irascibilidad, pesadillas, trastornos patológicos como agorafobia, trastornos obsesivos generando rituales de seguridad extrema para evitar volver a encontrarse en situaciones de riesgo... Esto último pasa bastante con la gente amenazada por ETA.

EC.- ¿Es muy diferente la sintomatología que pueda sufrir un cooperante a, por ejemplo, la que pueda padecer un secuestrado por ETA?

MP.- Es la misma sintomatología. Como es la misma para una persona que sufre un accidente de avión y otra que vive un accidente de tren. Depende de la personalidad previa. Hay incluso gente que es capaz de encontrarle una salida aun más positiva a su vida tras pasar las situaciones más duras.

Los secuestrados de ETA

Enrique Echeburúa es catedrático de Psicología Clínica en la Universidad del País Vasco. A finales del mes pasado, acudió a unas Jornadas sobre Secuestros y tomas de Rehenes celebrada en Zaragoza, y en la que han participado agentes de Scotland Yard, miembros de la Inteligencia israelí, asociaciones de víctimas, representantes de la Oficina Antiterrorista de Washington, y el Departamento de Antisecuestro y Antiextorsión de la Policía Nacional de Colombia. Echeburúa fue requerido por su experiencia en la atención de secuestrados de larga duración por parte de ETA.

EC.- ¿Qué tratamiento es el habitual después de este tipo de secuestros?

EE.- Depende de la personalidad previa. La gente con una gran estabilidad emocional, no necesita ningún tipo de tratamiento. Las personas con más vulnerabilidad son las que han sufrido secuestros muy duraderos en sitios inmundos, con mala alimentación y humillaciones o  amenazas de muerte. También las personas con enfermedades crónicas que no han tenido acceso a la medicación tienen mayor vulnerabilidad.

EC.- ¿Qué síntomas son los más frecuentes?

EE.- El trastorno de estrés postraumático, asociado a pesadillas, a no poder dormir, claustrofobia… O dificultades de adaptación a nivel familiar. Sobre todo en secuestros muy prolongados. Por ejemplo, el nivel de divorcios y separaciones tras la liberación es muy alto entre gente que ha permanecido largo tiempo secuestrada por las FARC.

EC.- ¿En qué se diferencia la situación de los cooperantes españoles secuestrados en Africa y, por ejemplo, las personas que han sufrido secuestros a manos de ETA?

EE.- Es muy distinto. Los voluntarios saben que sus secuestradores lo que piden son compensaciones económicas a los gobiernos. Yo no recuerdo, de hecho, ningún cooperante español que haya sido asesinado… Saben que, tarde o temprano, la negociación se cerrará y serán liberados. Con los secuestrados de ETA hay que diferenciar dos situaciones. En un caso como el de José Antonio Ortega Lara, él sabía que los etarras pedían a cambio compensaciones políticas, acercamiento de presos. La amenaza de muerte era tremenda porque Ortega Lara era consciente de que el Gobierno nunca cedería a esas pretensiones. Otra cosa son los secuestros que ETA organizaba con la extorsión económica como fin. Cuando piden por ti un rescate, sabes que lo más probable es que se pague y acaben liberándote. En un caso que yo traté, este empresario me confesaba que su mayor temor era la policía, no sus secuestradores. Temía que, si se organizaba un operativo de rescate, pudiera morir en el tiroteo.

EC.- ¿Los etarras le dijeron al secuestrado lo que le pedían?

EE.- En este caso sí lo sabía. Por eso había una expectativa esperanzadora de que el gobierno, la empresa o la familia se movilizaran para pagar el rescate. 


 

Fuente: El Confidencial
13/11/11

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