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Revista de Prensa: Noticias

Viernes, 4 de mayo de 2012

Francisco Hernández. El descubrimiento científico de América

Las hazañas científicas llaman menos la atención que las batallas o las grandes navegaciones, pero sus frutos permanecen durante siglos: los europeos aprendimos en América cosas que aún hoy perduran. ¿Qué la pasaría por la cabeza al primero que probara una patata, un tomate o un pedazo de peyote? Aquí es donde entra un médico castellano, Francisco Hernández, que en 1570 dirigió la primera gran investigación sobre la naturaleza en el Nuevo Mundo.

 

Para apreciar la importancia enorme del trabajo de Hernández hay que recordar unas cuantas cosas sobre la ciencia de entonces. La primera: a partir de los siglos XV y XVI, las ciencias conocen un fuerte desarrollo en toda Europa y España juega un papel importante. La segunda: las ciencias mejor desarrolladas fueron la náutica y la cartografía, como corresponde a las necesidades de la época, y también las ramas de la física relacionadas con la construcción y el arte militar. La tercera: lo que hoy conocemos como ciencias naturales, la botánica o la zoología, eran las parientes pobres entre las ciencias. ¿Por qué? Ante todo, por falta de clasificación. Pero aquí es donde nuestro personaje pondrá la primera piedra.

Pionero de la ciencia

 

No hay ciencia sin clasificación: hay que conocer las cosas, ordenarlas según su aspecto o sus propiedades, organizar géneros, especies y familias. Así lo hizo el romano Plinio el Viejo en su Historia Natural. Así lo hará, a lo largo del siglo XVIII, el sueco Carlos Linneo, el primer gran naturalista moderno. Pero en la época de Francisco Hernández, en el siglo XVI, la botánica y la zoología carecían de clasificaciones científicas. Hernández llenará ese hueco y así creará el primer estudio científico moderno.

 

¿Quién era este Francisco Hernández, tan importante para la historia universal de la ciencia, pero al que los españoles hemos olvidado? Era médico de cámara de Felipe II, nada menos. Había nacido en la Puebla de Montalbán, en Toledo, en 1514. A los 15 años ya era bachiller en Artes y Filosofía. Estudió Medicina en Alcalá de Henares y emprendió una carrera rápida y brillante. Ejerció la medicina en el Hospital de la Santa Cruz de Toledo, y también en Sevilla. Aquí se casó con Juana Díaz de Paniagua, que le daría dos hijos: uno Juan, seguirá los pasos de su padre; la otra, una hija, ingresaría en un convento. Francisco vive consagrado al estudio. Y en Sevilla descubre algo que le fascinaría; la obra del médico Nicolás Monardes, que fue el primero en informar sobre los productos naturales que venían de América y sus propiedades curativas. Esta es la gran novedad científica del momento: los españoles están descubriendo los secretos de la medicina natural amerindia, sus plantas y fórmulas.

 

 

La cumbre en la carrera profesional de Hernández llega en 1560, cuando eran en el Monasterio de  Guadalupe, con los frailes jerónimos, haciendo disecciones anatómicas, practicando la cirugía y organizando el Jardín botánico. La escuela médica de Guadalupe era la antesala en la formación de los grandes médicos del reino, lo que se llamaba el protomedicato. Aquí, en Guadalupe, alcanza Francisco el grado de magíster. En 1567, es nombrado médico de cámara del rey: entra en la corte de Felipe II.

 

El encargo del rey

 

La vida de este hombre tranquilo, estudioso, entregado a sus libros y as sus escritos, experimenta un vuelco absoluto cuando Felipe II en persona le propone una aventura insólita: marcar a América y estudiar su naturaleza. Felipe II sabía de los grandes conocimientos de Hernández en todas las ciencias naturales. Así que le encomienda viajar a la Nueva España, el virreinato más pujante de las Indicas: un enorme territorio con centro en el actual México, que se extendía por el norte hasta California y la costa oeste norteamericana, por el sur hasta Panamá, y del que dependían también las islas Filipinas. Un mundo inmenso, en fin. Y allí el médico toledano tendrá que retratar la tierra, los minerales, los animales, las plantas. Una aventura científica sin precedentes.

 

Sobre Felipe II hay que decir algo importante y es que, pese a la leyenda negra, era un hombre con auténtica pasión por el conocimiento y los libros. En 1576, al borde de cumplir los 50 años, atesoraba ya 4.545 volúmenes y 2.000 manuscritos. A su muerte, en 1598, la colección del rey alcanzaba los 14.000 volúmenes: la mayor biblioteca privada del mundo. Pero su ambición no era tener una gran colección privada, sino instituir en El Escorial un centro de investigación “para el aprovechamiento particular de los religiosos que en esta casa hubieren de morar y para el beneficio público de todos los hombres de letras que quisieren venir a leer en ellos”, según el mismo rey escribió.

 

El rey donó a la biblioteca de El Escorial 4.000 volúmenes de su propiedad, y envío a eruditos de su confianza a toda partes, en España y en Europa, para adquirir libros. Así nació la biblioteca Laurentina: un gigantesco proyecto de investigación con el mejor fondo de códices griegos y la mejor colección europea de manuscritos árabes. Pues bien: es este apasionado del saber, Felipe II, el que en 1570 nombra a nuestro Francisco Hernández Protomédico de todas las Indias y le encomienda recopilar, en un plazo de cinco años, toda la vida natural de los nuevos reinos. Felipe II quiere conocer qué hay allí y cómo se puede utilizar. Y pone a disposición de Hernández medios considerables: un asistente (el hijo del propio Hernández, Juan), un técnico, un cosmógrafo y un amplio equipo con médicos, boticarios, herborizadores, dibujantes, amanuenses…

 

 

La aventura americana

 

El trabajo de Hernández es el sueño de cualquier investigador. Viaja por todas partes: la altiplanicie central, el mar de sur, Oxaca, Michoacán. Recoge muestras y material botánico, las estudia, las clasifica, siempre con especial interés por las plantas medicinales. Los cinco años prescritos se convertirán en ocho años de intenso trabajo de campo. Y su método, su manera de investigar, va a ser muy importante para la ciencia de los próximos siglos, porque es un ejemplo pionero de ciencia experimental.

 

El método de Hernández se basaba en un sistema de fichas normalizadas sobre cada especie vegetal o animal y sobre cada mineral. Era un cuestionario de tipo descriptivo, por escrito, acompañado de dibujos. Con este sistema puedo recabar información por correo desde los lugares más remotos de la Nueva España. Y después, con toda la información en la mano, el equipo de Hernández viaja, confronta los datos con la realidad, recoge materiales y los analiza. Así hubo en aquellos años, por todo el virreinato,  una pequeña legión de sabios buscando hierbas y piedras, estudiando animales, analizando plantas y frutos. El propio Hernández participó, entusiasta, en la tarea. Con frecuencia probada él mismo las plantas; una vez estuvo al borde de la muerte por comer lo que no debía.

 

¿Cómo eran esas descripciones de Hernández? ¿Qué tipo de información ofrecían? Tenemos un ejemplo interesante: el de una planta mexicana muy eficaz contra la diarrea: “Apitzalpalti crenelado, o hierba partida en su borde que detiene el flujo del vientre. Su nombre, Apitzalpalti, de apizalli, diarrea y pahili, remedio. Remedio de la diarrea. Es el Apitzalpalti, una hierba de cinco palmos de largo, de raíz ramificada, hojas como de menta, flor amarillo rojiza, semillas como de malva, sabor casi nulo y naturaleza fría y salivosa. Debido a esto, las semillas o las hojas machacadas y tomadas en dosis de una onza con vino de metl o algún otro líquido astringente, contienen el flujo del vientre u otro cualquiera, de donde le viene el nombre. Se dice que en la misma dosis fortalecen el estómago y curan. Nace en las colinas de regiones cálidas o bien en las cimas áridas o desprovistas de vegetación”.

 

El fruto del trabajo de Hernández fue espectacular. Veintidós volúmenes escritos en latín –para garantizar su universalidad- que se convirtieron en la enciclopedia natural más importante del mundo: describe 3000 especies vegetales, introduce plantas exóticas como el cacao, el maíz, el tomate, la papaya, el peyote, el chili, y también plantas que vienen de Filipinas o el área del Índico, como la canela o el clavo; recoge más de 400 animales de la fauna mexicana y  35 minerales utilizados en medicina. Por la amplitud y precisión de sus informaciones y por lo avanzado de su método, Hernández se convertirá en la principal referencia de los naturalistas europeos hasta bien entrado el siglo XVIII.

 

La tragedia

 

Como en nuestras historias nunca falta la tragedia, la obra de Hernández se quemó: en 1671, cuando un incendio asoló durante cinco días el monasterio de El Escorial, todos sus originales fueron pasto de las llamas. Por fortuna, Felipe II había tenido la prudencia de encargar a otro de sus médicos de cámara, el italiano Nardo Antonio Recci, que resumiera la obra de Hernández para su publicación. A Felipe II se le ha reprochado que encargara ese trabajo a otro que no fuere el propio Hernández y a Recci también se le ha criticado mucho por la forma de resumir la obra, pero el hecho es que gracias a eso pudo sobrevivir la portentosa investigación del médico toledano. En 1615 se publicó en México la primera edición de Hernández: Quatro libros de la naturaleza y virtudes de las plantas. Después aparecerá en Roma. La obra se reeditará varias veces. Aún hay siguen apareciendo documentos originales de nuestro gran naturalista.

 

La aventura científica de Francisco Hernández no fue un caso aislado. Fue, sí la única expedición que gozó de la iniciativa personal del rey, y su trabajo fue también el más perfecto, pero otros estudiosos españoles, en estos mismos años, van a retratar la naturaleza del nuevo mundo con grandes aportaciones p ara la ciencia del momento. Cristóbal de Acosta, médico burgalés, que viajó por África y Asia, publicó en 1578 su Tratado de las drogas y medicinas de las Indias Orientales y también un volumen sobre Remedios específicos de la India Oriental y de la América. El jesuita José de Acosta, cura sapientísimo de Medina del Campo, que entre 1571 y 1587 recorrió Méjico y Perú estudiando gentes y plantas, animales y tierras, contó todo eso en su Historia natural y moral de las Indias. Benito Arias Montano acumuló las mejores investigaciones de su tiempo en una Historia Natural que circulará intensamente por Europa. Bernabé Cobo, jienense también jesuita, recorrió durante más de treinta años Méjico, las Antillas y Perú, y en 1653 publicó su Historia del Nuevo Mundo. La ciencia española del XVI y el XVII estaba a la cabeza de Europa.

 

 

¿Y de Hernández qué fue? Volvió a España. Permaneció en Madrid, siempre estudiando. Había comenzado la traducción de su obra al nahuatl, la legua de los mexicas y los aztecas. Murió en 1587. Ignoramos en qué condiciones. Como escribe un ilustre médico mejicano: “Tan injustos han sido sus compatriotas con este eminente varón, que aún se ignara el lugar de su sepultura”. Hay que corregir eso: a Francisco Hernández le corresponde un lugar eminente en la historia universal de las ciencias. Y desde luego, en la historia de la gesta nacional española.

 

Fuente: Revista Época
21/08/11

Especial: Campeones del mundo

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