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Seguridad Pública y Protección Civil.

 

Revista de Prensa: Noticias

Viernes, 13 de octubre de 2006

Se arma el lío en la estación de metro Puerta del Sur (Madrid)

Medio centenar de policías armados con escopetas tomaron, junto a los agentes de la seguridad privada, la estación de Metro más cercana a las discotecas del polígono Costa Polvoranca para controlar las frecuentes y multitudinarias peleas que se registran todos los domingos de madrugada

 

Los trabajadores denuncian que han llegado a temer por su vida.

Estación de Metro Puerta del Sur. 6.38 horas. Acceso de la calle de Olímpico Francisco Fernández Ochoa. Entra una pareja de amantes de la música techno tras una noche loca en el Polígono Costa Polvoranca. Y a su lado, un agente de la Sección Especial de Reacción y Apoyo de la Policía Nacional, un centauro, con una espectacular escopeta brillando de manera especial bajo la luz de la luna llena.

Foto: El Mundo

Para evitar que sucesos como los de la madrugada del domingo 1 de octubre volvieran a suceder, desde la Jefatura Superior de Policía se organizó ayer un gran despliegue policial, protagonizado por los citados centauros con el apoyo de la Policía Municipal de Alcorcón y la seguridad privada de Metro.

La estación de Puerta del Sur es el eje central que une la Línea 10 de Metro, una de las más transitadas del suburbano, con el servicio de Metrosur. Sus instalaciones son muy modernas y posee la última generación de trenes. También tiene tres accesos, pero uno destaca sobremanera sobre el resto. No se trata del de la avenida de la Libertad, ni el de la avenida de Leganés. La conocida por quienes la frecuentan como «la entrada maldita» es la que da a la calle de Olímpico Francisco Fernández Ochoa. Por sus escaleras mecánicas descienden cada domingo entre las seis y las nueve de la mañana centenares de personas, en su gran mayoría provenientes de los cercanos locales de copas del Polígono Costa Polvoranca. Y su interacción con las máquinas expendedoras de billetes, las taquillas y especialmente, con el personal de seguridad, es, por regla general, de todo menos pacífica.

Foto: El Mundo«Esto se convierte en un infierno», relataba ayer por la mañana Francisco Cordero, vicepresidente de Seguridad y Salud de la empresa de Castellana de Seguridad (Casesa), la encargada de vigilar la estación de Puerta del Sur. Él y el resto de sus compañeros, unos ocho cada noche de fin de semana, llevan meses pidiendo que se tomen medidas por su bienestar y el de resto de los usuarios «normales» de la parada de Metrosur.

Todo comenzó hace unos meses, cuando los garitos de Costa Polvoranca ampliaron su horario hasta pasadas las seis de la mañana. Eso hizo que los habituales de la zona optaran por coger el Metro, que abre a esa hora y es más cómodo y barato que los taxis y los escasos autobuses nocturnos. Pero, tras de una intensa noche de juerga, no todos los usuarios están en condiciones de convivir, aunque sea unos segundos, con el resto de personas que han optando por el mismo transporte público.

«Pasamos mucho miedo», reconoce Francisco al recordar lo vivido el pasado 1 de octubre. Ese domingo, dos grupos de 35 personas, que llevaban peleándose desde el polígono, siguieron su trifulca hasta el interior de uno de los trenes. La bronca llegó hasta tal extremo que los contendientes no dudaron en arrancar los extintores, romper una de las lunas y arrancar el freno de emergencia, parando el convoy entre las estaciones de Joaquín Vilumbrales y Cuatro Vientos.

Foto: El MundoEran las 7.38 horas y los agentes de seguridad y la Policía tuvieron que dirigirse en otro tren hacia el vagón parado, mientras decenas de personas huían por los túneles. Mientras, en la estación, la gente aprovechaba para colarse y agredir a los pocos guardias de seguridad y policías que quedaban. El resultado final fue el de seis jóvenes detenidos y dos heridos leves, así como varios agentes de seguridad atendidos en el Fremap y con unas ganas locas de pedir la baja.

«El problema es que quienes entran por aquí no son únicamente el típico grupo de borrachos que cantan el 'alcohol, alcohol, hemos venido a emborracharnos' y no se aguantan en pie. Los clientes habituales van con puñales, navajas, destornilladores y hasta katanas de medio metro», destacaba un agente. Sus palabras eran ratificadas por Francisco, que incluso conserva en su móvil una foto de esa katana, que aparece en manos de un policía municipal con cara de susto, como si no se creyera aún lo que tiene entre manos.

«Hemos visto salir corriendo a maquinistas y abandonar la máquina porque peligraba su vida. Todavía no se me olvida un señor mayor, que mira que no habrá vivido cosas en su vida, que me decía que nunca había pasado tanto miedo. Esto sólo pasa en un país de pandereta como éste», afirmaba otro efectivo. Entre las quejas más habituales, la decisión de los superiores de no dar chalecos anticortes y guantes a los agentes de seguridad porque, al parecer, Metro dice que «no lucen bien», cosa que al mismo tiempo desmienten desde la compañía.

El despliegue provocaba una inevitable cara de asombro a los viajeros. Desde las chicas con minifaldas de vértigo que buscaban el despiste de los agentes para sacarles una foto, hasta el grupo de amigos que, viendo el panorama, decidían cruzar de acera, caminar unos minutos más e ir hasta la estación de Parque Lisboa. Los valientes que optaban por pasar entre los efectivos, abandonaban su andar lento y tambaleante por otro raudo y rígido, si bien los ojos vidriosos y las bocas temblorosas delataban que no venían precisamente de un cinefórum o una biblioteca.

Abajo, más centauros, algunos policías municipales de uniforme y con chaleco, supervisores de Metro Madrid y muchos agentes de Casesa, uno de ellos incluso con un pastor alemán. Con todo, las largas colas no cesaron. Las habituales avalanchas seguían presentes ayer. El vestíbulo se llenaba en un visto y no visto cada vez que un bar de Costa Polvoranca echaba el cierre.

El vestíbulo se llenaba y para más inri, durante largos periodos del amanecer, sólo estaban operativas dos de las cuatro máquinas que hacen lo que antes era labor de los taquilleros. Encima, la pantalla táctil se le resistía a los que presumían de mayores melopeas, y no eran pocos a los que se les caían los euros cada vez que intentaban introducirlos por la rendija correspondiente.

El ambiente era multicultural, como el polígono Costa Polvoranca. Destacaban los ciudadanos originarios de Suramérica, los países del Este y sobre todo Africa, con un amplio número de senegaleses, guineanos y nigerianos, estos dos últimos con largo historial de disputas pasadas, según relataba un agente que dice conocer bien la zona. No por casualidad, la había recorrido la noche del sábado para efectuar no pocos cacheos como medida preventiva de cara al despliegue de Puerta del Sur.

Poco a poco, en la entrada, las colas se iban dosificando, por la constante exigencia de la documentación a los más perjudicados. No se andaban con chiquitas: «Cada 10 minutos aparece algún gilipollas, masculino, femenino o lo que sea... Pero gilipollas», explicaba un centauro a otro que acababa de subir del vestíbulo. De entre todos los que tuvieron que buscar el carné de identidad o la tarjeta de residencia, destacó el trío formado por tres individuos oriundos de Nigeria: uno iba a pecho descubierto, otro se negaba a tirar el cigarro y el último, gorra y zapatillas deportivas blancas, chaqueta de cuero y vaqueros rajados, quiso mantener la distancia con respecto a los agentes y de tanto balanceo casi se cae de espaldas.

Abajo, en cambio, los protagonistas fueron los valientes con ánimo para intentar colarse, aunque no había minuto en que la hilera de taquilla no estuviera vigilada por más de una docena de ojos. Finalmente, no se coló ni uno, y la reacción de los pillados iba desde el chulesco y amenazante «¡Demuéstrame que me he colado!» hasta el «bajo la cabeza y reconozco mi culpa y voy a la máquina expendedora en busca de redención». Pese a todo, no se registró altercado alguno en las tres horas de despliegue policial, por lo que tampoco hubo detenidos.

Pero a los bregadores de cada fin de semana, los trabajadores de Castellana de Seguridad, no les quitan la desconfianza, y el «a ver cuánto dura» era la reflexión más repetida por los que tienen en esa «entrada maldita» de Olímpico Francisco Fernández Ochoa la puerta a su puesto de trabajo.

Fuente: www.elmundo.es
09.10.06

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