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Revista de Prensa: Noticias

Viernes, 20 de octubre de 2006

Armas de lujo. El gran tesoro rescatado

Una investigación de Patrimonio Nacional saca a la luz una segunda armería real en Madrid, Villa que fue el centro de producción de armas de lujo más importantes de Europa. U prodigio de arte y técnica

 

Foto: ABCQue el precio medio de una escopeta de lujo madrileña equivaliera en el siglo XVIII a un cuadro de Goya de dos metros de altura da idea del fabuloso valor de estas piezas de arcabucería -muchas de ellas documentadas ahora por primera vez-, del que sí era consciente el pintor aragonés, aficionado a la caza y experto en armas -llegó a hacer de intermediario en su venta-, de las que daba cuenta con meticulosa precisión en sus lienzos. Ni más ni menos que «la justa valoración que hacía la gente de hace dos siglos, pero -lamenta Álvaro Soler del Campo, conservador de la Real Armería y artífice de los descubrimientos- de la que en el siglo XXI no se es consciente».

Ahora este investigador de Patrimonio Nacional ha desvelado en su «Catálogo de arcabucería madrileña (1687-1833)» -primer estudio científico sobre las armas reales desde que en 1898 se publicara el «Catálogo general de la Real Armería»- la creación, con Carlos III, de una segunda armería real, Armería de la Real Ballestería, hecho inédito y muy importante no sólo para la historia de las armas, sino para la del arte. «Ubicada en un edificio muy próximo a la armería antigua -explica Soler- tenía todos los visos de que el Monarca estaba poniendo en ella las bases de una armería borbónica, con las armas encargadas por Felipe V y Fernando VI, frente a la armería dinástica, la austria, donde estaban las armas imperiales».

El segundo hecho novedoso que se aporta es que esa armería, que llegó a tener 380 escopetas, fue objeto durante la guerra de la Independencia de una operación de salvamento ordenada por la Regencia, que temía que el gobierno intruso de Bonaparte expoliara aquel tesoro.
«La producción de armas de lujo para la corte del XVIII -relata a S6 el conservador- fue de las más importantes, hasta el punto de que los príncipes de toda Europa se preciaban de tener armas hechas por los arcabuceros reales de Madrid. Estas piezas sólo se conseguían por regalos de los reyes y por los propios arcabuceros, pero con permiso real». Este puesto prominente de Madrid es un aspecto de la historia de la Villa totalmente desconocido, porque «pensar en su producción artística es hacerlo en los tapices de la Real Fábrica o en las porcelanas del Buen Retiro, pero muy pocos se acuerdan de los arcabuces madrileños y, sin embargo, para sus contemporáneos, tanto españoles como europeos, era lo más preciado y envidiado, según los testimonios de italianos, franceses e ingleses, y de toda una rica literatura, entre la que está la del mismísimo Jovellanos».

Espionaje industrial
«Incluso, -añade el historiador- se conocieron casos de espionaje industrial cuando llevaron arena del Manzanares a Inglaterra, creyendo que el secreto de la perfección de los cañones madrileños estaba en las partículas del río. Evidentemente no era eso, sino la transmisión de los conocimientos que se fraguan en el siglo XVII junto al ingenio de uno de sus maestros arcabuceros. Sabían que uno de los riesgos a eliminar era que el cañón reventara, poniendo en peligro la vida del que lo estaba usando, y que en este caso era ni más ni menos que el Rey. Pues bien, Nicolás Bis (rebautizado de esta manera por los madrileños incapaces de pronunciar su nombre alemán) inventó un sistema de forja de los cañones que consistía en comprar herraduras viejas vizcaínas que, con tanto tute era imposible encontrar hierro más batido -la base del acero-, recortarles los extremos y meterlas en la fragua para fundirlas otra vez y, sobre eso, forjar los cañones. El acero era de una calidad sobresaliente. Luego, estos cañones se acompañaban en muchos casos de una serie de lujosas decoraciones, aunando calidad técnica y última moda, que en aquel 1700 es la que marcaba Francia, pero cuyos diseños reinterpretan los arcabuceros madrileños embutiéndolos de diamantes, entre plata y oro».
Según la tasación que en 1813 la Regencia encargó al armero vasco José Bustindui -y cuyo orden de valía se sigue literalmente en el catálogo de Soler del Campo- la escopeta más cara de la ballestería es una de retrocarga, en acero, oro, madera, plata, pedrería y esmalte, hecha por José Cano como regalo a Felipe V, y que se valoró en 29.000 reales de vellón cuando por diez retratos de Carlos IV y su familia se pagaron a Goya 16.634.

A la arcabucería de lujo la mata la guerra de la Independencia. Y precisamente de ella el conservador de la Real Armería extrae el antes citado episodio inédito, que hoy bien podría ser el argumento de una producción cinematográfica a dos años de conmemorarse el bicentenario de aquel conflicto. «Cuando los franceses entran en Madrid, ésta era una ciudad armada porque había mucho cazador. Es verdad y está documentada esa visión romántica de la resistencia con señoras que pertrechadas de tijeras destripaban caballos, pero al ejército de Bonaparte lo que le preocupaba eran las armas de fuego y que los madrileños se liaran a tiros desde los balcones. Eso explica el Bando de Murat, en el que anuncia que se fusilará a todo el que tenga armas, y cuadros tan famosos como el de «Los fusilamientos del 3 de mayo». La regencia del Reino está en Cádiz y desde allí, conocedora del imponente valor de la colección de la Armería de la Real Ballestería, ordena su rescate con lo que hoy sería una auténtica operación de comandos dirigida por Manuel Mantilla de los Ríos, quien exponiendo su propia vida en una heroica gesta, aprovecha una de las salidas de Bonaparte para sacar en cuatro carros 83 arcabuces de los 380 existentes, sorprendido por la inesperada vuelta de «Pepe Botella». De tal manera se suceden los acontecimientos, que cuando el francés está entrando por Chamartín, la arcabucería sale por los caminos de Toledo hacia Cádiz, donde ante la quiebra económica de la Real Caballeriza se vendieron las piezas más regulares, por lo que a Madrid sólo regresaron 41». Eso sí, las mejores

Fuente: www.abc.es
14.10.06

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