A su lado, un carrito con su equipaje, con el que, aunque quisiera, no se podría ir muy lejos: sólo libros, revistas, algún recuerdo y algo de ropa.
Los empleados del aeropuerto madrileño le conocen muy bien: «Sí, está en el piso de arriba, al lado de la capilla, en un banco del pasillo». Y allí se encuentra. A su lado, esparcidos por los asientos, un «tupperware» con un poco de arroz, varios folletos de distintos países, una revista y más de un centenar de folios caligrafiados en los que se repite frecuentemente la palabra «Barajas». «No molesta a nadie. Se pasa el día escribiendo y leyendo, es un hombre muy cultivado», explica un joven que trabaja en un mostrador de la terminal.
Este hombre que ha hecho de la T-1 su hogar asegura llamarse «Emperador», y así le conocen los trabajadores del aeropuerto. Nacido en Etiopía hace 50 años, habla a la perfección tres idiomas -castellano, inglés y francés- y, sostiene, algo de ruso.
No se le olvida la fecha en la que llegó a España. Con voz suave y acento difuso, señala el 7 de noviembre de 1998 como el día en que traspasó la frontera del país en un Talgo. Con su pasaporte francés ya caducado, asegura que un día quiso coger un avión, pero hubo problemas y no tuvo más remedio que quedarse. Odia las ciudades grandes, como Madrid, porque todo el mundo tiene prisa y en Barajas se siente querido: «Aquí tengo amigos, hay personas que me tratan muy bien, otros no me entienden. Es agradable que te comprendan».
Los trabajadores le alimentan.
Nunca le falta qué comer porque el personal del aeropuerto le suele traer alimentos de casa o le compran algo en las máquinas expendedoras que hay al final de «su» pasillo. «Hoy he comido un sandwich de jamón york con queso y también he tomado una taza de cola-cao». Ayer por la tarde, aún no tenía claro qué iba a cenar: «Veremos a ver... Me gustaría mucho el bocadillo de lomo ibérico con queso, es mi preferido y hay gente que lo sabe».
Cada domingo por la mañana acude puntualmente a la capilla del aeropuerto junto a la que ha establecido su «campamento» y allí, en uno de los bancos, reza varias oraciones. «Suelo estar solo, pero tampoco me siento solo. Siempre estoy rodeado de gente». «Emperador» cuenta que sólo duerme tres horas al día y lo hace sentado. «Con tres horas se puede vivir eternamente», declara.
En el aeropuerto madrileño encuentra todo lo que necesita. Para asearse recurre a uno de los baños que tiene más próximos. En cuestión de vestuario, «Emperador» ha encontrado su armario personal en las papeleras distribuidas por la terminal. Hay personas que se desprenden de determinadas ropas cuando el peso de su maleta excede de lo estipulado. Es justamente esa vestimenta la que acaba en las pequeñas bolsas que constituyen el equipaje de este etíope. «Estoy tranquilo y bien, por la mañana, cuando me levanto, doy una vuelta por diferentes sitios y no paso nunca frío. No me gusta la calle», explica.
Cuando «Emperador» atraviesa la terminal 1, su aspecto hace que parte de los viajeros que hacen cola para facturar su equipaje o los que se dirigen a la puerta de embarque, se giren y murmuren. «Nosotros le conocemos porque siempre está en el mismo lugar. Yo me he acercado en alguna ocasión a él. Es muy educado y siempre está muy tranquilo, ya me he acostumbrado a verle y si se fuera creo que hasta le echaría de menos», declaraba otro trabajador.
Más aeropuertos como hogar
Este hombre cuenta que Barajas no es el primer aeropuerto en el que ha dormido y vivido. Entre sus antiguos hogares afirma haber habitado las terminales de Holanda y Los Ángeles, que parece conocer bien, ya que no cesa de comparar sus instalaciones con las de su actual residencia: «Aquí, en Madrid, falta seguridad y todo está poco espaciado. Haría falta más lugares, bibliotecas y salas de alta tecnología. Allí todo era grande».
«Emperador» no se quiere ir de Barajas porque, afirma, es su palacio. Dos jóvenes del Samur Social se acercaron ayer, como cada viernes, a preguntarle qué tal se encontraba, si necesitaba algo y si deseaba irse con ellas a algún albergue o casa de acogida. Su respuesta fue rotunda: «Me quedo aquí».