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Miércoles, 29 de noviembre de 2006

Alexander Litvinenko: agonía y muerte del hombre que sabía demasiado

Litvinenko reveló antes de fallecer que el espionaje ruso tiene «una unidad de envenenadores»

 

El espía que sabía demasiado estaba agonizando lentamente en una habitación privada de un hospital de Londres.Los rasgos de Alexander Litvinenko, antes elegantes, se veían ahora pálidos y macilentos. Apenas hace un mes era un hombre con una planta magnífica que acostumbraba a correr 10 kilómetros al día; ahora, incapaz incluso de ingerir alimentos, lo mantenían vivo mediante una vía intravenosa pinchada en su brazo. 

Foto: fakelexpress.com Foto: www.themoscowtimes.com
A la izquierda, Litvinenko antes de ser envenenado. A la derecha, el ex espía ruso, en un hospital lindinense, tras ingerir talio

El pelo se le había caído. Había adelgazado más de 12 kilos.Nadie era capaz de reconocer en él al ex teniente coronel del FSB, los servicios secretos rusos, que había huído a Londres tras convertir en su enemigo a Vladimir Putin, el presidente de Rusia.

Su sistema inmunológico estaba destrozado. Los glóbulos blancos, destruidos. Sus órganos vitales, incluidos el hígado y los riñones, empezaban a fallar. Mostraba indicios de haber sido envenenado mediante una sustancia radiactiva.

Junto a su cama, estaba sentada su mujer, Marina, una rubia atractiva de 44 años, que hacía todo lo posible por contener las lágrimas.Quienes le visitaban tenían que llevar puestos unos guantes de goma.

En el interior del cuerpo de Litvinenko, hecho ya una ruina, la amargura se desbordaba al mismo tiempo que el veneno. En una entrevista con The Sunday Times, denunció que era víctima de una conspiración de sus enemigos en Rusia. «Existe una unidad especial en el seno de la FSB», reveló, con una voz ya entrecortada, «experta en envenenamientos y en la fabricación de venenos. Me consta que están utilizando venenos en Chechenia. El servicio está poniendo un interés especial en este tema».

Hizo una pausa, se inclinó hacia el cuenco de plástico que tenía sobre el regazo y vomitó. Cuando se recuperó, continuó: «Todo lo que está ocurriendo encaja con perfección en una cadena lógica.En primer lugar, el Parlamento ruso aprueba una ley este año que autoriza al Gobierno y autoriza al presidente a perseguir y atacar a 'extremistas' en todo el mundo. Gracias a ello, ahora eso ya es legal. Acto seguido, a los pocos días dieron el visto bueno a otra [ley] que define lo que se entiende por 'extremista'.Cualquiera que sea crítico con el Gobierno tiene cabida bajo estas amplias definiciones».

Pocas personas han sido más corrosivas y más firmes en sus críticas a Putin y al Kremlin que Litvinenko. «Esas leyes dejan completa libertad de acción a los servicios secretos, porque nadie puede ya afirmar que eso sea ilegal de acuerdo con la legislación rusa», añadió.

Entonces vomitó otra vez. Una enfermera entró y le dio su dosis de antibióticos. Luego continuó: «Yo sé lo que ocurre dentro del servicio [de espionaje ruso]. En cuanto se promulga una ley como ésta, los servicios empiezan a planificar la actividad con la creación de unidades que se encargarán de poner en práctica la nueva iniciativa. De hecho, los servicios la interpretan como una orden».

«Sé que el espionaje ruso me tiene vigilado. Sé que soy un caso sin resolver. Sé quién es el agente enviado aquí, a este destacamento [de la embajada rusa], el que se encarga de vigilarme», se recuesta en la cama, exhausto.

Esos espías, dio a entender Litvinenko, le habían tendido una trampa y lo habían conducido hasta ella. El 1 de noviembre, sexto aniversario de su huida de Rusia, había asistido a dos reuniones, una con un ex agente del FSB y otra con un investigador italiano que temía por su vida (y por la de Litvinenko). Más tarde, por la noche, empezó a sentirse mal. El 3 de noviembre, acudió a un hospital con vómitos y deshidratación. El 15 de noviembre, su estado era crítico.

La semana pasada, cuando ya le abandonaban las fuerzas, Litvinenko confesó a un amigo: «Esos hijos de puta me han cazado, pero no van a cazar a nadie más». Moría en la noche del jueves. Tenía 43 años.

El viernes, expertos del Instituto de Protección Sanitaria revelaron que se habían encontrado en su orina altos niveles de radiación producidos por una sustancia conocida como polonio 210. Según los expertos, las posibilidades eran que hubiera ingerido o inhalado el polonio o que lo hubiera absorbido por una herida. Este isótopo radiactivo es raro e infinitamente más tóxico que el cianuro.

¿Quién puede tener esa sustancia? ¿Cómo ha llegado a introducirse en el cuerpo de Litvinenko? ¿Habrá sido Putin, harto de las diatribas de Litvinenko, el que haya ordenado su eliminación? ¿Habrán sido elementos descontrolados del espionaje ruso los que se hayan ocupado de este asunto?

Las teorías sobre conspiraciones no han dejado de circular. Con independencia de cuál sea la razón, éste es un drama de espionaje que gira en torno al poder, la codicia y el miedo. El camino que ha llevado a Litvinenko a la muerte en Londres arranca en el Moscú sin ley de los 90, cuando miles de millones de dólares y el control del Kremlin estaban a disposición de quien tuviera agallas para apoderarse de ellos.

Berezovsky

Una mañana del verano de 1994, Boris Berezovsky, un matemático ruso convertido en empresario, se dirigía en su coche hacia sus oficinas en Moscú, una mansión fortificada conocida como el Club Logovaz. Era la época del salvaje este: Rusia acababa de descubrir las excelencias del capitalismo, sin olvidar el juego, las chicas y las armas. Berezovsky había hecho una fortuna comprando concesiones de los automóviles Lada. También se estaba haciendo enemigos.

Cuando su Mercedes salía del Club Logovaz, explotó una bomba instalada en un coche aparcado allí cerca. La explosión decapitó a su chófer, según Alex Goldfarb, un inmigrante ruso que conoce bien a Berezovsky y a Litvinenko. «Boris sobrevivió de milagro», asegura.

El Centro Antiterrorista del FSB envió a investigar a un equipo y el hombre que estaba al mando era Litvinenko. Aunque la investigación no llegó a ninguna conclusión, Litvinenko y Berezovsky forjaron una amistad.

El investigador antiterrorista se convirtió en un aliado muy útil de Berezovsky en el seno del FSB, un socio cuya influencia iba mucho más allá de los meros negocios. Berezovsky y otros oligarcas habían planificado la campaña de 1996 en la que Boris Yeltsin salió reelegido presidente de Rusia. Al formar parte del Gabinete de Yeltsin, Berezovsky tenía una influencia considerable en política y había negociado un tratado que otorgaba un grado considerable de autonomía a la provincia de Chechenia.

En 1998, según Goldfarb, Litvinenko advirtió a Berezovsky que se estaba preparando otro atentado para acabar con su vida. El que estaba detrás era, según Litvinenko, el general Yevgeny Jojolkov, contrario a la independencia chechena, que había declarado que había llegado la hora de «liquidar a ese judío del Kremlin» (Berezovsky) que había negociado la autonomía.

Jojolkov no era un hombre al que se pudiera tomar a la ligera.Había hecho volar por los aires a uno de los cabecillas chechenos rebeldes a base de atizarle un misilazo en su propia casa. Lo habían ascendido a general. En aquel momento era jefe de una división del FSB llamada Dirección de Operaciones contra Organizaciones Criminales (DOOC) y la estaba utilizando para sus fines particulares.

Goldfarb añade que, cuando Berezovsky y otras personas influyentes del Kremlin llegaron a la conclusión de que no se podía confiar en nadie dentro del FSB, lanzaron las redes al vacío. El hombre en el que se fijaron fue un tal Putin, un ex miembro de la KGB que, por lo que parecía, se había convertido en un funcionario liberal y reformista. Había ayudado a Berezovsky a cerrar un negocio. «Lo que más me sorprendió», ha dicho más tarde Berezovsky, «fue que era el primero que no me pedía comisión».

Entronizado como nuevo jefe del FSB en julio de 1998, Putin puso manos a la obra de desmantelar la DOOC y envió a Jojolkov a la jubilación anticipada. Berezovsky estaba encantado. Aquello parecía el comienzo de una provechosa amistad, recuerda Goldfarb.

«Tienes que ver a Putin», le recomendó Berezovsky a Litvinenko.«Vas a ver qué grande es el tipo que hemos puesto ahí con tu ayuda».

Sin embargo, cuando el ex espía fue a ver al nuevo jefe del FSB, el impenetrable Putin no hizo buenas migas con él, ni hizo caso de las denuncias de corrupción en el seno del FSB que le presentó..En lugar de despedir a un alto cargo acusado por Litvinenko de tramar varios asesinatos, Putin lo ascendió.

A finales de 1998, Litvinenko y otros agentes más dieron una rueda de prensa surrealista en la que todos ellos, salvo él, llevaban puestos pasamontañas o gafas de sol. Los comparecientes acusaron a sus jefes de ordenarles secuestros, extorsiones y asesinatos.

Cuando Litvinenko sintió que podía ser franco, advirtió a Berezovsky de que no se podía confiar en Putin. Al principio, Berezovsky se había negado a creer que Putin representara una amenaza. En lugar de ello, pasó a ser uno de los principales instigadores de la promoción de Putin a la Presidencia, con la idea de que así salvaguardaría su imperio y su influencia política.

Berezovsky celebró la noche en la que Yeltsin presentó su dimisión y Putin fue nombrado presidente. Entonces dijo: «Rusia tiene el mejor presidente del mundo».

Aquel enamoramiento iba a durar unos meses. Muy poco después de hacerse con el control del Kremlin, Putin citó a los oligarcas y les dio cuenta de una advertencia terminante. Los tiempos en los que los potentados podían jugar a políticos se habían terminado, advirtió.

Abramovich

Antes de que acabara el año 2000, Berezovsky había vendido una parte muy considerable de su imperio a otro oligarca que subía como la espuma, Roman Abramovich, propietario del Chelsea y más sumiso a Putin. Berezovsky huyó entonces al Reino Unido. Litvinenko, que ya había sido detenido, metido en la cárcel y puesto en libertad, decidió asimismo marcharse mientras pudiera. Llegó a Londres y pidió asilo político.

«Litvinenko y su familia están en peligro, es una cuestión de vida o muerte», manifestó Goldfarb, que había viajado con ellos, a los agentes de inmigración.

Al mismo tiempo, Litvinenko daba rienda suelta a sus sospechas y obsesiones. Publicó el libro El FSB dinamita Rusia, donde sostenía que agentes del Estado habían colocado bombas en edificios de apartamentos y habían echado las culpas a los chechenos a fin de montar un pretexto para la intervención militar de los rusos en la provincia.

En julio de 2006, Anna Politkovskaya, una periodista rusa que había sido muy crítica con el Kremlin, había resultado muerta a tiros. Litvinenko dijo que sabía quién era el responsable de la muerte.

El 28 de octubre, Litvinenko recibió un e-mail de Mario Scaramella, un consultor italiano experto en seguridad con quien tiempo atrás había intercambiado información. Scaramella le dijo que había conseguido información importante y que tenía previsto viajar a Londres.

Acordaron verse el 1 de noviembre. Iba a ser el último día en que Litvinenko se iba a encontrar bien.

Lo ocurrido después es objeto de controversia y de una investigación abierta del Mando Antiterrorista de Scotland Yard.

Según algunos relatos, Litvinenko acudió primero al Hotel Millennium, en Piccadilly, para verse con Andrei Lugovoi, un ex agente del KGB (antecedente inmediato del FSB). Un informe preliminar ha indicado que Lugovoi y otro misterioso ruso, de nombre Vladimir, tomaron el té con Litvinenko. Según un amigo suyo, «este ruso tiró la taza de té y Litvinenko lo secó».

Pero Lugovoi, que en la actualidad dirige una empresa de seguridad en Moscú, desmintió enérgicamente esa versión. «Nos vimos, pero no recuerdo que él tomara nada de beber y no comimos nada».

Lugovoi identificó al segundo ruso presente en la reunión como Dmitry Kovtoun, un socio suyo. Según Lugovoi, «Litvinenko no parecía preocupado. Salimos del hotel todos juntos y luego nos despedimos». Lugovoi ha aclarado que la reunión se había celebrado después de que Litvinenko se hubiera encontrado con Scaramella.

Fue en Piccadilly, a la hora de comer, donde Litvinenko se vio con el italiano, quien le comentó que estaba cansado y que necesitaba sentarse. Entonces se dirigieron a un restaurante japonés.

«Me entregó un documento de cuatro páginas que me dijo que tenía mucho interés en que yo leyera inmediatamente. Contenía un listado de nombres de diversas personas, entre ellas, agentes del FSB, que se suponía que estaban relacionados con el asesinato [de Politkovskaya]», dijo Litvinenko.

«El documento», prosiguió, «era un e-mail. Lo guardé en mi maletín con la idea de que ya le echaría un vistazo. Sin embargo, insistió que quería que lo examinara inmediatamente. Así pues, lo saqué.Eran personas que habían tenido que ver con el asesinato de Politkovskaya».

Según parece, el documento identificaba a un grupo, denominado Dignidad y Honor, una organización mercenaria integrada por antiguos miembros del KGB. Se sospecha que el FSB recurre a ellos para las operaciones «que hay que negar».

«Me fijé en algunos de los nombres de la lista. Le dije que en aquel momento no podía decirle quiénes eran esas personas. En la lista había algunos nombres... Algo acerca de Berezovsky, algo acerca de mí. No puedo acusarle de nada, pero toda aquella reunión fue muy extraña», observó Litvinenko.

Según Scaramella, Litvinenko ya había sido envenenado antes de que se vieran.

Lo que está claro es que fue aquella noche cuando Litvinenko empezó a sentirse de repente fatal.

 Fuente: www.elmundo.es
26.11.06

Artículo: Espías, destino venenoso [Emili J. Blasco]

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