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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

Revista de Prensa: Noticias

Miércoles, 28 de febrero de 2007

Mujeres militares. Dar la vida por España

14.000 españolas demuestran cada día en las Fuerzas Armadas que sirven para mandar y que están dispuestas a dar la vida por su país

 

Foto: ABCLa mamá de Atenea se ha ido a la guerra. Bueno, no exactamente, porque siguiendo la nomenclatura oficial, está en «misión de paz» en Afganistán. Atenea, de siete años, sabe que su mami se ha tenido que ir muy lejos a ayudar a unas personas muy pobres porque allí hay gente que no tiene nada, niños que ni siquiera tienen con qué vestirse, ni qué comer, ni pueden ir al médico, porque no hay; ni tampoco al colegio... A veces cuesta explicarle, para que lo entienda, por qué mamá no está en casa desde hace tanto tiempo. Le ocurre que siempre que ella se tiene que marchar, quince días antes su corazón infantil empieza a latir deprisa, deprisa, con urgencia por acumular mimo; y luego, su vida menuda se acostumbra a la ausencia y se conforma con las caricias de la voz al otro lado del teléfono. También ocurre siempre de la misma manera, que quince días antes de que se produzca el regreso, los latidos vuelven a acelerarse y su cabeza no para de idear planes y parece que con el retorno de mamá a Pontevedra los días no tendrán fin. «Es mi preocupación constante», dice a D7 desde Qala-i-Naw la sargento Guadalupe Pancorbo, de la Unidad de Apoyo Logístico de la Brigada Ligera Aerotransportable (BRILAT), la misma con base en Figueirido a la que pertenecía la soldado Idoia Rodríguez Buján, muerta el pasado miércoles al estallar una mina cuando conducía una ambulancia por un camino polvoriento al sur de la provincia de Herat. Una baja que lamentan —la primera de una militar durante una operación en el exterior—, pero de la que no se quejan, como subraya el general Faura. Hoy Atenea ha empezado a estar «cardiaca»: El próximo 10 de marzo hará cinco meses que Guadalupe, tan lejos, falta de casa.

Parece mentira que hayan pasado ya diez años desde que esta pamplonesa ingresó en el Ejército. Una década y tres misiones: Bosnia, Kosovo y, ahora, Afganistán. «En todas con la misma dedicación y una exigencia de esfuerzo similar». Casada con un militar e hija de un guardia civil, la de la sargento Pancorbo fue una vocación temprana, una insistencia desde «muy chiquitina» de querer llevar esta vida «un poco diferente con el único afán de servir a España». Hoy su empresa en el país asiático es «dar seguridad a la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI) que trabaja en la reconstrucción y ayuda a toda esta pobre gente. ¡Y vaya si merece la pena el sacrificio de estar aquí! Nosotros tenemos una frase que es la que mejor describe nuestros sentimientos al acabar el trabajo, “la satisfacción del deber cumplido”, y en esta misión le aseguro que es mucha».

La llegada de la sargento y el resto de las militares españolas a aquellas tierras inhóspitas e islamistas fue un choque, «viendo llegar mujeres con la cara descubierta, sin cubrirse la cabeza, y que no sólo hablaban de igual a igual a los compañeros, sino que incluso los mandaban —Pancorbo tiene a su cargo a nueve trabajadores locales—. Para las afganas, muchas de las cuales empiezan a ir al colegio, somos un ejemplo. Les choca todo…, pero también entienden que es otra forma de vida… Nos tienen como en un pedestal». El mismo que otros a sangre y fuego tratan de derribar. «Mi niña —dice al fin— ya cuenta los días que faltan para que vuelva a España, donde siempre ya nada es como antes».

Un reemplazo de cazadores
El relevo a la BRILAT lo lleva a cabo la Brigada de Cazadores de Montaña, cuyo primer contingente de soldados salió el martes desde Zaragoza. Hombres y mujeres convertidos por obra de la formación y el entrenamiento en auténticas máquinas para vivir, moverse y combatir en las condiciones más duras de la alta montaña, tal y como exige el «stanag» 2895 —acuerdo técnico de la OTAN— para un «C-2 frío», con el que definen aquellas zonas del planeta que tienen 250 días al año una temperatura mínima inferior a cero grados —caso de Asia central—. De todos ellos, cómo olvidar la imagen de la cabo Varela, a la que conocimos en el acuartelamiento de esas unidades en Jaca, la víspera del primer envío de tropas a la operación «Libertad Duradera»: Firme en lo alto de un «vamtac» (vehículo de alta movilidad táctica), era la tiradora del «rebeco», dotado con un lanzagranadas automático Lag-40; delgada y de estatura media, llevaba la cara con pintura de camuflaje y no pestañeaba. Era imposible distinguirla de sus compañeros varones y costaba imaginarla cargando aquel macuto infernal ascendiendo a cientos de metros con temperaturas bajo cero. «¿Es muy duro lo que hace?», preguntaba el teniente. «Tan bonito como duro, señor». Varela formaba parte del 10 por ciento de mujeres de la unidad, un dato arrancado al mando muy a su pesar porque aquí no hacen ninguna gracia esas distinciones: «Todos somos iguales y tratados de la misma manera. Un miembro de la unidad no puede ser una carga para otro. Si tu no puedes llevar la mochila, otro lo tiene que hacer por ti; ser un lastre puede significar un riesgo para el otro y todos deben estar preparados para afrontar los retos que implica ser un especialista de alta montaña. Por igual, preparados para la “vida dura, combate fácil, muerte regular”, que dicen los argentinos». Porque a diferencia del ejército más avanzado del planeta, el estadounidense, que no permite a las mujeres formar parte de las unidades de combate directo o participar en las operaciones especiales o integrar las tropas de asalto, en nuestras Fuerzas Armadas no existe ningún límite —ni por peligro, esfuerzo o dureza—, al acceso de la mujer, que pisó por primera vez un cuartel hace 19 años.

Gráfico: ABC
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«Aquellas pioneras —recuerda a D7 el general José Faura, que fue jefe de Estado Mayor del Ejército y de la Division de Inteligencia— eran mujeres de gran carácter y muy valiosas, que no se dejaron achantar ni dominar cuando tuvieron que entrar en cuarteles llenos de tíos. Se consideraron dos aspectos: la diferencia con el hombre, que por mucho que se empeñen las feministas existe, porque al fin y al cabo el embarazo no deja de ser un condicionante y a la mujer hay que aceptarla con todas sus peculiaridades para que pueda hacer los servicios con la misma naturalidad que el hombre; y la igualdad de derechos para todos. La incorporación de la mujer a las Fuerzas Armadas coincidió con la que llamamos “revolución del conocimiento”, cuando me convenzo de que la verdadera fuerza está en la mente. Entonces intentamos inculcar un afán por conocer y una curiosidad por saber en el soldado, y para eso había que darle cursos, capacitación y convencerlo de que cada vez que daba un paso en este sentido sumaba méritos para ascender. Esto supuso una transformación en el Ejército, que cada vez necesitaba más especialistas. Se pasó de una estructura piramidal a una pentagonal, con más gente en el centro que abajo. Esto junto con las misiones específicas hace que se organice una estructura sólida pero muy flexible, de manera que para cada misión se creaba una unidad a la carta conforme a las necesidades a satisfacer. En este marco, el rendimiento de la mujer ha sido magnífico».

«Ahora —añade Faura— hemos visto cómo los que conocieron a la soldado muerta coinciden en que cumplía una vocación, y que como ella todas tienen una motivación que a veces no se ve con tanta claridad en los hombres, y es magnífico porque ellas aspiran a ascender y en todo tipo de misiones».

La renuncia de España
Luego, el militar lamenta que «hayamos renunciado a ser directores en un escenario internacional, a pesar del magnífico cuartel general que tenemos en Bétera. Porque los que ponen los cuarteles generales son los que realmente mandan y no los que ponen unidades, que casi le diría que las pone cualquiera. No debemos perder el horizonte de que la verdadera fuerza está en la mente ni que de la misma forma que un país quiere tener empresas competitivas o buenos profesionales, también debe querer tener un buen Ejército, supongo yo. Porque su misión fundamental es defender a la patria y a sus intereses, estén en Afganistán o donde sea. Y cooperar en la forma de establecer un mundo mejor para todos. Pero no como una ONG, porque nosotros no sólo no nos quejamos, sino que hemos jurado dar hasta la última gota de nuestra sangre por España».

«La última gota de nuestra sangre…», repite la teniente Beatriz Gámez Martínez, jienense de 28 años, de la Unidad de Zapadores número 11, perteneciente a la Brigada de Infantería Mecanizada XI. «Uno de los riesgos de ser militar es perder la vida y así lo asumimos. A ello nos comprometimos cuando juramos bandera. Dar la vida por la defensa de España o por sus intereses. O por lo que nos manden. A eso se debe un militar». COU, selectividad, tres años de preparación de oposiciones y cinco años en la Academia General Militar. Primer militar de la familia y un porqué que se perdió entre los pupitres del colegio cuando a pesar de que los profesores apostaban que sería ingeniera, su obstinación por pertenecer a las Fuerzas Armadas pudo con todo. Hoy manda a 31 hombres de su unidad de combate y está casada con otro militar. «El Ejército es un reto y pone a prueba continuamente tu espíritu de superación. Jamás tuve ninguna traba por ser mujer y si algo he aprendido es que el que quiere, puede». Y añade que si ha aceptado ser entrevistada es por «el coraje que me da que se nos trate a las militares como algo aparte, cuando somos parte de lo mismo. Yo a mis hombres les trato igual y les exijo lo mismo, sean hombres o mujeres. Como siempre han hecho conmigo. Por eso, tras la muerte de esta chica en Afganistán pienso que ha muerto un soldado, da igual que sea una mujer o un chaval».

La cabo primera Raquel Alba, del Grupo Logístico de la Legión, nunca piensa «no voy a volver». «A los que no conocen el Ejército les parecerá raro o fuerte que muera un soldado, pero nosotros sabemos lo que somos y nos forman para asumir todo tipo de misiones». Estuvo en 1996 en Bosnia y en 2000 en Kosovo. También único militar de la familia, entró en el Tercio con veinte añitos más que avisada. «Hija, a ver lo que te vas a encontrar». «Pero sólo hallé una unidad de elite, con gente preparadísima, la mejor, que cree en lo que hace y que le gusta a rabiar su trabajo».

A la Legión, concretamente a la bandera del Cuartel General, también pertenece la cabo María Jesús Torre Pérez, de 26 años, sin antecedentes militares en la familia, y que de la misma manera que la cabo Alba tuvo sus prevenciones: «¿Estás segura—le decían— de dónde te vas a meter?». «Y como soy un poco atrevida, probé. Y desde luego nada de machismo, que era el principal de los prejuicios. Una más, y ya está». Después de acabar sus estudios de auxiliar de Enfermería, ingresó en las Fuerzas Armadas y ahora está destinada al escalón de automóviles. Sólo una duda la ha perseguido: La Legión o la Guardia Civil. «Por eso este año intentaré entrar, y si no lo consigo, tal vez vaya a la academia de suboficiales. Lo que sí sé es que no dejaré nunca la vida militar» enganchada como está «al compañerismo que aquí se vive y a la disciplina, aunque ésta, todo hay que decirlo, ya no sea como antes…»
Una disciplina que gusta ejercer y que se la exijan a la teniente Raquel Villarón García, del Regimiento de Artillería Lanzacohetes de Campaña número 62 (Ralca 62), dependiente del Mando de Artillería de Campaña (MACA), con base en Astorga. «Si un día tuviera que entrar en combate para defender a España —declara a D7— lo haría como uno más. Esa es nuestra misión principal». Licenciada en Políticas y con una diplomatura en Gestión y Administración Pública, se planteó un futuro profesional teniendo en cuenta lo que más le gustaba: «dirigir a un grupo de gente, participar en actividades de ayuda humanitaria, un ambiente de disciplina porque así las cosas funcionan bien, en el que el deporte estuviera presente, y con personas imbuidas de espíritu de sacrificio y lucha, porque yo también lo tengo. Siempre me llamó lo militar y desde siempre admiré a toda esa gente a la que no le importaba marcharse meses fuera para ayudar a los demás». Su aspiración: «llegar hasta el máximo empleo que me permita mi edad (31), asumiendo las máximas responsabilidades e intentando hacer las cosas lo mejor que pueda».

Los que más aman
Un anhelo compartido con la alférez Laura Garrido Aliste, de 27 años, que manda una sección de lanzacohetes. Hija de militar, estudió ingeniería técnica agrícola y luego un master de calidad. Sueña con participar en una misión en el exterior y le pueden las ganas de aprender, el afán de conocer y el gusto por el estudio. Parece moldeada a imagen y semejanza del prototipo inteligente del general Faura —«la fuerza está en la cabeza»—. Hoy, cuando hablamos con ella, sabemos que el cuerpo de Idoia, la soldado muerta, retorna a Galicia. Y cuando se publiquen estas líneas, rendidos los honores, sepultado. «Nadie ama más que quien da la vida por los demás —reza el primero de los doce valores de la BRILAT—. Dar la vida por España, raíz, presente y futuro de nuestra libertad». «Y sinceramente —añade la alférez Garrido—, lo siento mucho por su familia, pero ella hizo lo que le apetecía. Estaba feliz y orgullosa».

Como nuestra pequeña Atenea de siete años, a la que la vida ha querido guerrera de nombre y casta, y que con el corazón a punto de salírsele del pecho está muy, muy orgullosa de su mamá.

Fuente: www.abc.es
25.02.07

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