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Revista de Prensa: Noticias

Viernes, 20 de enero de 2006

Retirada española del Sahara: 30 años después, la partida sigue en tablas

En enero del año 1976 se cerró de forma precipitada una página de la historia de España desconocida para la mayoría de ciudadanos

 

El pasado jueves se cumplieron 30 años del retiro definitivo de España de las «provincias saharianas». El general Federico Gómez de Salazar, último gobernador militar de la plaza, subió al avión rumbo a Las Palmas. Con él quedaban atrás algo más de cien años de presencia española en la colonia africana. Los acontecimientos que en ese entonces vivía España, tras la muerte del general Franco y el inicio de una transición hacia un sistema que aún no se veía claro, dejaron de lado la tragedia del Sahara.

Sin embargo, los militares, que fueron los últimos representantes de la España oficial, sabían muy bien que a diferencia de la descolonización en otros países del África y de Asia la suya había sido, por lo menos, ejemplar. Francia se vio obligada a retirarse años antes de Argelia dejando tras ella cientos de miles de muertes. El Reino Unido tuvo que hacer lo mismo de la India y de sus viejas colonias e Italia dejó miles de viudas y huérfanos en Etiopía, Libia y Eritrea.

 Foto: La Razón

La "marcha verde". Hassan II invadió el Sahara con 350.000 parias reclutados a la fuerza

Los españoles, en cambio, podían volver con la cabeza alta. Las escaramuzas con el incipiente movimiento guerrillero saharaui y los comandos enviados por el rey de Marruecos a el Sahara y Sidi Ifni, se saldaron con un reducido grupo de víctimas.

Precipitación en Madrid. La página de Historia de España en África terminó casi en el anonimato. Los acontecimientos se precipitaban en Madrid. Las luchas políticas no permitieron a la opinión pública conocer lo que pasaba en la ex colonia africana. Unos meses antes del retiro definitivo, el rey Hassan II de Marruecos invadió el Sahara militarmente. Delante de las tropas jerifianas puso a 350.000 parias traídos a la fuerza de todos los rincones del reino alauita, para disuadir al Ejército español en su decisión de defender el Sahara. El propio soberano marroquí calificaría años más tarde su actitud de «chantaje».

La Legión y los militares españoles no estaban dispuestos a disparar contra la multitud. El Príncipe don Juan Carlos, en su viaje sorpresivo a Laayún de finales de octubre de 1975, como Jefe de Estado interino en medio de la agonía de Franco, les dio la orden de retirarse. Sin embargo, los militares, en particular el general Gómez de Salazar, sabían que había en curso una iniciativa política muy importante, que podía hacer del Sahara un futuro diferente al que le reservaba la monarquía alauita que invadió el territorio.

Ya desde finales de los años 60 había surgido en el Sahara un movimiento rebelde, dirigido por un estudiante formado en El Cairo, Mohamed Basiri: la Organización Avanzada de Liberación Saharaui (OALS).

España ya había dado un paso importante al crear la Yemaa, una asamblea de notables saharauis, que dispuso de una representación en las Cortes de Madrid.

Basiri quería ir mas lejos. Reclutó sus huestes en las principales ciudades del Sahara. Atrajo a varias decenas de estudiantes, de soldados de la Agrupación de Tropas Nómadas, policías, trabajadores de las minas de fosfatos de Fos Bucraa. El grupo de Basiri se fundamentaba en base a El Corán, el libro sagrado de los musulmanes. A principios de los años 70, los servicios de inteligencia españoles calculaban su número en unos 5.000 militantes.

 Foto: La Razón

El general Federico Gómez de Salazar, último gobernador militar del Sahara

Sus reivindicaciones le fueron entregadas en un escrito al Gobernador Militar del Sahara. En ellas se incluían la reivindicación de los territorios hasta la frontera natural del río Dráa. Pero Basiri no pedía la independencia, la ruptura con España. Al contrario, siempre puso de manifiesto que «sólo a España se le ha permitido voluntariamente establecerse en el territorio».

Periodo de negociación. Madrid estaba al corriente de la existencia de la OALS. Sabía de las adhesiones generales en toda la zona norte y el número aproximado de los afiliados. Se sabía que no era un grupo violento y que continuaría con España hasta la independencia. Y el Gobierno decidió entrar en contacto y negociar.

No obstante, unos oscuros acontecimientos ocurridos mas tarde, radicalizaron un sector de la OALS que decidió recurrir a la lucha armada contra la presencia española. A pesar de ello Madrid reaccionó proponiendo una «solución»: un Proyecto de Estatuto de autonomía.

Pero el sector mas radical de la OALS, capitaneado por Mystafa El Luali, se escindió del grupo de Basiri y formó en 1973 el Frente Popular por la Liberación de Saquiet el Hamra y Uadi Dahab, conocido como Frente Polisario. A pesar del revés, el gobernador Gómez de Salazar, que reconoció explícitamente la fuerza y la implantación del nuevo movimiento independentista, intentó negociar con él.

Los últimos ataques del Frente Polisario contra la presencia española tuvieron lugar en junio de 1975, apoderándose del puesto de Güelta, acción en la que contaron con la colaboración de la propia Policía Territorial de la guarnición, lo que llevó al Gobierno Militar a licenciar a todos los soldados nativos de la Agrupación de Tropas Nómadas y de la Policía Territorial del Sahara.

Planes de Marruecos. A mediados de junio de 1975 Madrid envía al diplomático Cassinello a negociar con el Frente Polisario, que solicita ser reconocido como representante del pueblo saharaui, lo que es aceptado. Se aceptan por ambas partes determinados condicionamientos.
El día 21 de octubre se produce la primera entrevista de una representación oficial española con directivos del Frente Polisario. Al día siguiente se reúne el General Gómez de Salazar con Brahim Gali, Luali y Mahfud Alí Beiba. El Gobernador militar les advierte de la intención de Marruecos de invadir el territorio, y vuelve a poner en la mesa las propuestas españolas de organizar un referéndum de autodeterminación.

Los jóvenes saharauis, enardecidos por el apoyo que les ofrece Argelia y Libia y, al igual que los marroquíes, sintiendo la debilidad española por la agonía de Franco, rompen las negociaciones. El Polisario realiza en esos momentos un mal cálculo: piensa que la independencia «está en la punta de los fusiles» y que es cuestión de semanas o como máximo de meses. España se retira de la colonia definitivamente el 12 de enero de 1976. Dos meses antes, el lobby pro-marroquí del endeble gobierno franquista, consigue firmar un Acuerdo de traspaso de la administración del Sahara a Marruecos y Mauritania.

Los militares españoles se limitan a obedecer y repliegan sus tropas a comienzos de 1976, dejando un campo de batalla abierto entre las guerrillas del Polisario apoyadas por Argelia, y el Ejército marroquí. Treinta años después, la partida permanece en tablas: Marruecos ocupa el Sahara pero no obtiene legitimidad internacional.

El Polisario lo reivindica, con el apoyo de la sociedad civil española, pero carece de la fuerza para imponer su justicia en el territorio abandonado por España.

"Ya nos olvidó España..."
A principios de cada mes, un oficial administrativo sale de un acuartelamiento de Las Palmas con dos destinos: Laayún y Dajla, antigua Villa Cisneros. Lleva consigo un maletín negro. En su interior, un fajo de dinero y una lista de nombres.
Son los saharauis que sirvieron en la Agrupación de Tropas Nómadas y en la Policía Territorial, dependientes ambas del Gobierno Militar del Sahara, hasta 1975. Es el oficial encargado de pagar las rentas vitalicias que estos veteranos reciben en contraprestacion de «los servicios rendidos a la patria».
Quedan ya muy pocos. Solo son algo más de un centenar. Y la jubilación que reciben es muy parca, entre 3.000 y 5.000 de las antiguas pesetas, pero que traducido en moneda local les da unos 300 dirhams, con lo que una familia puede sobrevivir.
Eso es todo lo que queda de la presencia española en el Sahara Occidental.
Esos saharauis, soldados, policías, suboficiales, administrativos de la ya extinguida administración española de antes de la Transición, esperan con impaciencia la llegada del pagador.
Si el avión sufre retrasos o debe cancelar un vuelo por mal tiempo, los viejos combatientes temen lo peor: «Ya nos olvidó España…» Pero no, llega el correo aéreo y el pagador se presenta en la Iglesia española de Laayún, donde pasa lista. El edificio religioso es el último vestigio de una españolidad del Sahara de la que muchos han renegado, aunque son más los que la recuerdan con nostalgia.
Ése es el único día en que los oriundos acuden a la vieja iglesia. El día de la paga es momento propicio para recordar «hechos de armas», los avatares con tal o cual sargento o capitán.
Los viejos patriarcas no derraman lágrimas, no es propio de ellos; pero en sus ojos curtidos por la arena del desierto y el siroco, se ve aún el rastro de un recuerdo del pasado.
 

 

Abandonados por el Gobierno y la población,  Nicolás Perote Pellón, Coronel en situación de reserva
La retirada del Sahara se inició cumpliendo la orden «Operación Golondrina» nada más terminar la llamada Marcha Verde y firmados los Acuerdos Tripartitos del 14 de noviembre 1975.
La situación fue de desconcierto total y el sentir del Ejército (que había actuado con gran profesionalidad, competencia, orgullo y honor) fue de tristeza al dejar el querido territorio, hasta entonces provincia española. Pero, sobre todo, nuestra pesadumbre fue darnos cuenta de que habíamos sido abandonados por el poder político, algunos altos mandos militares e incluso por la gran mayoría de la población española, pendiente de otros acontecimientos.
Todo ello contribuyó a que nos viéramos como un Ejército derrotado sin serlo. Sí, nos sentimos solos. La debilidad tradicional de los distintos gobiernos españoles a lo largo de la historia en política internacional y el pésimo funcionamiento de los servicios secretos españoles, más interesados siempre en «cotilleos» que en valorar las circunstancias que se estaban produciendo a un lado y otro de la frontera con Marruecos, fueron factores decisivos.
La comunicación con el Gobierno y el Ejército era claramente de desconcierto. Se traslucía en órdenes y opiniones contradictorias entre la Dirección General de las Plazas y Provincias Africanas, el Ministerio del Ejército, la Capitanía General de Canarias o el Gobierno General del Sahara.
Hubo muchas situaciones de gran tensión en todos los aspectos y, por supuesto, acciones armadas con resultado de bajas, que no es momento de recordar en un pequeño artículo.
La retirada fue digna y técnicamente buena en cuanto a la maniobrabilidad del Ejército. No creo que en tan poco tiempo se haya efectuado nunca algo semejante. Y desde luego nada tan humillante. Lo que nos hicieron pasar y sentir los poderes políticos, siempre presionados por el Reino de Marruecos y también por otros muchos intereses particulares de todo tipo en los que hubo determinadas prebendas.
Se podía haber efectuado una retirada más progresiva, con un control administrativo hasta el momento de abandonar el territorio. Se pudo haber dejado las cosas bien hechas. Pero no tuvimos categoría nacional. Nos limitamos a obedecer a otra nación.
La presencia española siempre fue de sacrificio y entrega. Los funcionarios dejaron su sudor y el Ejército derramó mucha sangre. La huella dejada ha sido más moral que material: el idioma y el afecto de un pueblo. España tenía poca capacidad económica para grandes cosas en un territorio tan difícil y lejano.
La evolución posterior es el resultado de lo mal que se hizo todo. El Frente Polisario fue poco inteligente al enfrentarse en un principio de forma tan agresiva. Liderado por personas con sentimientos nacionalistas exacerbados, intereses particulares y poco maduros políticamente, colocaron a España en una situación delicada, beneficiando con ello a las naciones fronterizas.
No quiero terminar sin mi recuerdo a todos, españoles, marroquies y nativos saharauis que noblemente, por lo que creían su razón, entregaron su esfuerzo y, en muchos casos, regaron la arena con su sangre ¡Que Dios los acoja!
 

Fuente: La Razón
15.01.06

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