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Seguridad Industrial y Prevención de Riesgos Laborales.
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Revista de Prensa: Noticias

Jueves, 13 de diciembre de 2007

Los esclavos chinos se alzan en la red

La miseria salarial, la masacre diaria en accidentes y los raptos de obreros por las mafias amenazan con una revuelta en Asia, que ya se masca en internet.

 

Como si fuera un contable, Zhou Mingyun apunta cada mes en dos columnas de su libreta las entradas y salidas de sus yuanes: este noviembre, contando las cerca de 30 horas que ha sumado a la jornada de 40 semanales, ha reunido 1.210 yuanes, unos 120 euros. En Suzhou, la región donde ensambla bicicletas, el salario básico es de 750 yuanes, uno de los más altos del país, pero la empresa descuenta 260 por la comida y una litera en un dormitorio que comparte con otros cinco empleados.

Sin contar sus exiguos gastos personales, ni los 400 yuanes que envía a su familia -se van, dice, en gastos escolares para su hija y medicinas para su madre-, ha conseguido ahorrar 13 euros.«No está mal, hay meses peores», concluye. «El problema es si caigo enfermo y tengo que ir al médico», explica.

Foto: www.elmundo.es

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Su hukou, algo así como la partida de nacimiento, está en su provincia natal y, de acuerdo a este sistema de registro, a Zhou se le considera un emigrante en Suzhou. Como tal, sólo puede hacer uso de los servicios de salud previo pago de los costes, porque su empleador no abona por él tasa alguna de seguridad social, tal como en teoría obligan las leyes.

Los ahorros alcanzarán a Zhou para comprar el billete de tren -en asiento duro, nada de litera- hasta su pueblo de Anhui, en una rutina que repiten cada Año Nuevo chino casi 200 millones de trabajadores. Si las manufacturas baratas han sido el motor del desarrollo económico chino, ellos son su combustible, trasladándose a los centros industriales en busca de ingresos que pueden ser hasta 3,28 veces superiores que en ese campo que han dejado atrás.

Zhou nació un par de años antes de que Deng Xiaoping pronunciase aquello de que «enriquecerse es glorioso». El Estado retrocedía para dejar paso al sector privado y millones de chinos se despedían de su bol metálico de arroz, como se refieren a la seguridad de los empleos en las empresas estatales.

Ahora son millones de empleadores privados, entre domésticos y extranjeros, quienes interpretan el maremágnum de normativas laborales. «En China hay leyes cada vez mejores, pero el problema es su débil aplicación a nivel local», señala Jenny Chan, una activista de derechos laborales de Hong Kong. Las empresas determinan horarios, salarios y las condiciones de vida en los dormitorios de las fábricas como la de Zhou. «El sistema de dormitorios permite controlar a los trabajadores también en su vida privada, para que puedan ser productivos al día siguiente», protesta Chan.«Se han convertido en un engranaje más de la cadena de producción».

Su organización, Sacom, investiga las condiciones laborales en el océano de factorías que producen para multinacionales extranjeras en el sur de China. Durante el último año, han centrando su labor en las subcontratas de Disney: «En diez de diez fábricas investigadas los trabajadores recibían un sueldo inferior al salario mínimo de la zona, 710 yuanes, y no recibían compensación alguna por las horas extraordinarias», denuncia. Además de encontrar dormitorios y baños insalubres, «con ratas y cucarachas», Chan halló una planta donde a los trabajadores se les descontaba del sueldo hasta el uso por el aire acondicionado.

Mientras las pésimas condiciones laborales, los impagos o la ausencia de incrementos salariales están a la orden del día en las jugueteras, en la industria electrónica o química los problemas están más vinculados con la seguridad. Chan dice haber visto a trabajadores caer enfermos por inhalar gases tóxicos, o jóvenes de 16 años (la edad mínima para trabajar en China) con los dedos torcidos por colocar, día tras día, las letras de los teclados que se exportan a Europa y Estados Unidos.

«Sólo en Shenzhen, cada día se pierden 30 dedos por accidentes laborales en el sector del mueble», explica Suzanne Wu, de la organización Worker's Empowerment, que achaca la siniestralidad al uso de máquinas viejas, falta de equipos de seguridad y ausencia de formación adecuada. «Si tiene que recortar gastos, lo primero que sacrifica el empresario son las condiciones de los trabajadores», añade. En toda China fallecen 127.000 obreros cada año. El último gran accidente en el país ocurrió el pasado jueves, cuando fallecieron 105 personas que trabajaban en una mina de carbón. Los responsables de la mina intentaron ocultar el accidente, lo que retrasó la llegada de ayuda.

«El nivel de los sueldos es insuficiente para hacer frente a los gastos de las familias, sobre todo bajo la situación actual de inflación», señala Wu. De hecho, los salarios han aumentado en términos generales: la política del hijo único comienza a pasar factura y en algunas zonas se nota ya cómo se seca la fuente de mano de obra joven y barata que se creía inagotable. Pero los sueldos crecen a un ritmo tres veces menor que los beneficios empresariales, según recoge un estudio de la Academia china de Ciencias Sociales. «Comparado con la marcha general de la economía, lo que los trabajadores reciben va en descenso», concluye Jin Bei, uno de sus autores.

El descontento de la clase laboral es patente en las estadísticas del propio Ministerio de Trabajo chino, que muestran cómo en los últimos cinco años se ha triplicado el número de disputas laborales. Pero los canales para expresar este descontento son escasos. Así, por ley, en China sólo hay espacio para un sindicato que, según Apo Leung, director del Asia Monitor Rescource Center, «sigue la línea del Partido de forma dogmática»: «Juegan un papel conciliador y, aunque se están produciendo cambios, raramente toman una acción real para defender los derechos de los trabajadores».

Por tanto, a muchos no les queda sino echarse a las calles, a pesar del peligro que eso conlleva en China. Esta misma semana, Dongguan, otro polo industrial del sur del país, era escenario de una batalla campal entre dos millares de policías y cerca de 10.000 empleados de una empresa de componentes electrónicos.Protestaban por algo tan peregrino como la subida del coste del menú en la cantina, que pasaría de 14 euros al mes a 24, más de un tercio del salario mensual. La revuelta, ausente en la prensa estatal, se ha dado a conocer por foros y blogs en internet, un medio donde los peones chinos están encontrando formas de organizarse, explican desde Sacom.

El caso más representantivo para ilustrar la fuerza de la red de redes en el nuevo obrerismo chino se produjo la pasada primavera.Más de 400 padres y madres desesperados pedían en un foro ayuda para encontrar a sus hijos desaparecidos. Habían sido secuestrados por mafias nada más bajarse del tren que les debía llevar a nuevos horizontes laborales. Sabían que uno de los mediadores había cobrado 100 euros por 20 trabajadores.

En junio, la policía rescató a un grupo de 31 esclavos en un horno de ladrillos, donde se deslomaban 20 horas al día a cambio de pan, agua y palizas, bajo amenazas de muerte que, en a veces, se cumplieron. «La mugre de sus cuerpos era tan gruesa que se podía rascar con un cuchillo», señalaron sus rescatadores.

Aquello no fue más que la punta del iceberg. En las semanas que siguieron, se liberó a 1.340 obreros en condiciones de esclavitud similares, incluidos 367 discapacitados mentales y docenas de niños. Las autoridades detuvieron a 147 personas y castigaron a un centenar de funcionarios locales. Pero el escándalo demostró lo difícil que a día de hoy resulta en China poner en práctica las leyes: el Gobierno halló que una cuarta parte de las 277.000 fábricas inspeccionadas en la zona carecían de licencia para operar. En más de un tercio, los trabajadores no tenían contrato.

Para el Gobierno chino, nada puede amenazar más su sueño de construir una sociedad armoniosa que las revueltas laborales. En un intento de desviar de las calles a los tribunales el enfado de la clase obrera, Pekín ha tomado medidas como la aprobación de la nueva Ley del Contrato Laboral, que entra en vigor el próximo primero de enero y que, entre otras medidas, hará indefinidos los contratos de los empleados con más de 10 años de vinculación laboral con una empresa.

La mala situación de los trabajadores en China no es única. En Vietnam, por ejemplo, 10.000 trabajadores de Nike se manifestaron la pasada semana para pedir vacaciones pagadas, más días por bajas médicas y alimentos de mayor calidad en la cantina.

Fuente: www.elmundo.es
09.12.07

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