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Seguridad Pública y Protección Civil.

 

Revista de Prensa: Noticias

Jueves, 30 de octubre de 2008

Una cárcel para las más jovenes

El País entra en un reformatorio de régimen cerrado en el que viven, entre normas estrictas y talleres personalizados, nueve chicas menores delincuentes

 

María (nombre supuesto) sonríe, mientras sostiene en brazos a su hijo, de tan sólo tres meses. Es delgada y alta. Lleva el pelo recogido en una cola de caballo. Le cuesta hablar y lo hace, con un fuerte acento del Este. Llegó a España huyendo de la pobreza que sufría en su país, Croacia. Está contenta. Sabe que si las cosas le salen bien la próxima semana saldrá de El Madroño, un centro de internamiento cerrado para chicas menores delincuentes de la Comunidad.

Foto: www.elpais.com

Cerca de ella, está Pilar (también nombre inventado). Como María, es alta, pero más fuerte. Lleva media melena. Parece vivaz, pero aún más reservada que María. Sus modales revelan que ha crecido en una familia acomodada. A sus 17 años, lleva un mes en esta cárcel para jóvenes hasta que se produzca su juicio. María, con un pasado difícil muy lejos de aquí y Pilar, también alejada de su círculo, en la próspera localidad de Pozuelo de Alarcón, son la cara y la cruz de los menores delincuentes de Madrid.

María tiene 17 años y ha pasado por varios centros. Llegó hace tres meses a El Madroño, después de ser arrestada en el distrito Centro. "Hacía cosas malas y al final me detuvieron", afirma con sinceridad, sin llegar a precisar cuáles fueron sus delitos. Llegó embarazada, cuando le quedaban sólo unas semanas para dar a luz.

Antes había pasado por otros reformatorios, como el Puerta Bonita, de régimen abierto. Una noche no volvió y la Comunidad lo denunció. Al ser reincidente (algo que sólo ocurre en siete de cada 100 casos) terminó en El Madroño. "Los primeros días son muy difíciles. Tuve que acostumbrarme a normas y a horarios muy estrictos. No puedes hacer otra cosa", dice mientras acuna al bebé. Como acaba de ser madre, no tiene que hacer deporte en las canchas como sus compañeras. Una monitora le enseña estiramientos mientras cuida de su hija en la guardería, instalada en un prefabricado del amplio recinto de Carabanchel.

"Lo pasé muy mal porque pensé que me iban a quitar a mi hijo. Pero fue todo al revés. Me ayudaron mucho para que aprendiera cómo dar a luz. Ahora me están orientando para cuando quede en libertad", reconoce María

El miércoles verá al juez y éste valorará si puede quedar en libertad vigilada o no. "El centro me ha cambiado mucho. Los educadores te dicen las cosas claras. Ahora voy a centrarme". Fuera la espera su marido, de 20 años y la misma nacionalidad. "Él trabaja en la construcción. Yo sólo quiero dedicarme a mi niño y tener una vida nueva", concluye. Mira a su hijo mientras se recoge el pelo. El pequeño duerme.

A unos 50 metros está Pilar. Interrumpe su entrenamiento de baloncesto. Lleva poco más de un mes en El Madroño y también le ha costado adaptarse. "Jamás pensé que terminaría en un centro como éste. Soy distinta a las demás chicas. Me lo merezco". Antes de que comparezca ante el juez pueden pasar hasta tres meses. "Lo que tengo claro es que saldré libre en cuanto se vea el juicio porque no he hecho nada tan grave como para estar aquí", añade. Se niega a decir cuáles son los delitos: "Por hacer cosas muy malas".

La directora, Carmen Gallego Ruiz, explica que ambas posturas son lógicas: "Las recién ingresadas nunca asumen que, si están aquí, es que han cometido delitos graves o muy graves". La mayoría de las adolescentes sufren mucha angustia y están bajas de ánimo. Otras se muestran violentas.Y es que El Madroño es como una especie de cárcel, pero para menores. Se encuentra en pleno Carabanchel, junto a la comisaría del distrito y a otros centros para menores. Entrar ya supone pasar varios filtros.

Primero es necesario rebasar una barrera de seguridad. Después, quedan dos puertas con sus correspondientes vigilantes. Altas alambradas y cámaras de televisión impiden cualquier intento de fuga.

El centro dispone de 15 plazas, pero ahora sólo están ocupadas nueve. En general, las jóvenes suelen pasar entre uno y dos años antes de serles refundidas las condenas con otras medidas como libertad vigilada. Nada más ingresar, un equipo formado por médicos, psicólogos, trabajadores sociales y educadores hacen un perfil muy definido de cómo es el menor y cuáles son las carencias de todo tipo que padecen. La mayoría provienen de familias desestructuradas.

Y a partir de ahí se someten a un férreo horario y a unas reglas que deben respetar al dedillo. Se levantan a las ocho de la mañana y, tras lavarse y asear sus habitaciones, desayunan y se distribuyen en sus actividades escolares. "Las que han sobrepasado los 16 años van a un taller de garantía social, en la que se les enseña una profesión para cuando queden en libertad", explica una coordinadora. Si desean seguir estudiando, se les imparten clases, pero es el caso más raro. Suelen ser malas estudiantes.

Esta semana ha empezado un taller nuevo de peluquería, tras firmar un convenio con una conocida empresa que impartirá las clases y contratará a las mejores cuando terminen su condena. Ya hay una zona con pilas para el lavado de cabezas y grandes espejos.

"Los primeros días son muy malos. Lo peor es cuando estoy cansada y me veo fuera de mi casa y sin mi gente", reconoce Ana (nombre ficticio), que cumple un año y seis meses. Es rumana, tiene un hijo de dos años y es todo desparpajo. Su condena termina en febrero, cuando tenga ya 18 años. Es una de las especialistas de otro taller que tiene un gran tirón: el de carpintería.

Les enseñan a hacer percheros y toda clase de juegos de madera. "Como tenemos que pintar, cortar, lijar y muchas más cosas, se pasa el tiempo muy rápido". Ana es la líder del taller. Es una de las más veteranas. Bromea con el fotógrafo: "¡Sólo una foto, que me estoy ahogando!", masculla tras la mascarilla.

Comida. Descanso en las habitaciones. Deporte. Si el tiempo lo permite, en las canchas exteriores. Y siempre se va cambiando en función de lo que marcan los monitores. Tras la ducha y la merienda, los programas de formación personalizados. Los hay muy diferentes, como salud, sexualidad, fotografía, teatro, informática o violencia de género. Las extranjeras toman clases de español. Pilar asiste a un taller de empatía y habilidades sociales. María realizó uno sobre maternidad deseable. "Las futuras madres aprenden a crear lazos afectivos con sus hijos", añade la directora. "También les enseñamos cómo deben enfrentarse a la vida cuando salgan de aquí".

Y María reconoce que desde que entró ha cambiado. "Encaro los problemas de otra forma", dice. "Es el paso que le queda dar, por ejemplo, a Pilar. Una recién llegada jamás va a reconocer lo que ha hecho", añade Gallego.

Tras la cena, llega el tiempo de ocio, donde las jóvenes pueden jugar, ver la televisión o proyectar películas. A las 21.30 tienen que estar en sus habitaciones y una hora más tarde, como mucho, con las luces apagadas.

Igual que una cárcel, los fines de semana reciben visitas. Padres, hermanos, amigos... "Nos interesa mucho averiguar todo lo que ha sido la familia, por lo que hacemos un estudio muy detallado de cada caso", explica una trabajadora. A diferencia de los adultos, cuando salen del centro lo hacen sin antecedentes.

En El Madroño trabajan 60 personas, entre profesores, equipo directivo, apoyo social y seguridad. Por cada turno hay cuatro vigilantes (que no llevan armas de fuego). Las acompañan cuando entran o salen de los edificios. Desde que se creó la Dirección General del Menor, en 2005, se ha conseguido reducir la reincidencia de un 11% a un 7%. Pero ¿cuántos de ellos acabarán en la cárcel? La Comunidad asegura que no tiene datos, pero que va a firmar un acuerdo con Instituciones Penitenciarias para poder saber hasta qué punto la reeducación ha funcionado.

El Madroño fue criticado en el informe de 2004 del Defensor del Pueblo. El documento señalaba que sus instalaciones estaban deterioradas, con goteras. "En las habitaciones había colchones en el suelo y camas plegables de campaña", señalaba. Ahora, aseguran en la Comunidad, las deficiencias son historia.

Dos son las atracciones del centro. Al fondo, tras pasar un frutal plantado por las adolescentes, se ve la granja. Ovejas, gallinas, ocas, pavos, de los que cuidan las chicas internas "Una vez al año, convertimos el centro en una granja escuela. Vienen escolares y las jóvenes tienen que enseñarles la granja. Ese día son las anfitrionas", afirma un coordinador. "Es una forma de que se sientan protagonistas y de que vayan ganando confianza en sí mismas. Les motiva mucho. Es uno de los pocos días que el centro se abre al exterior", añade la directora.

Otra atracción es la piscina. Ahora que ha pasado el verano el agua tiene un color verduzco. Pero en los meses estivales está a pleno rendimiento. Las chicas aprenden a nadar y hacen ejercicios. Hay una pileta para bebés y niños.

Cae el sol mientras las jóvenes terminan sus ejercicios físicos. Parece como si el tiempo se hubiera detenido. No se oyen ruidos. Ana coge a su hijo y enfila hacia las habitaciones. El niño gira la cabeza y sonríe. Es la atracción del centro. Un centro, ahora silencioso, en el que su madre ingresó hace meses por "hacer cosas malas".

Varón, 17 años, culpable de atraco

  • En la región, 332 jóvenes y adolescentes de entre 14 y 21 años cumplen medidas judiciales en centros de menores abiertos, semicerrados y cerrados.
  • La mayor parte tiene en torno a los 17 años. Predominan los varones de nacionalidad española.
  • Su motivo de ingreso suele ser el robo con violencia e intimidación (atracos).

Fuente: www.elpais.com
19/10/08

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