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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

Revista de Prensa: Noticias

Martes, 30 de junio de 2009

De armas tomar: cabo primera Lucía Peraita García

Una burgalesa con quince años de experiencia en el Ejército y con seis misiones en el extranjero acaba de ser distinguida en Kosovo con el premio Soldado Idoia Rodríguez

 

No coincidió nunca con la soldado Idoia Rodríguez, que en el 2007 se convirtió en la primera militar española muerta en misión internacional, pero como ella pateó el polvo del desierto afgano. «Estuve unos años antes que ella. También trabajé como conductora, aunque Idoia llevaba un BMR y yo una ambulancia. Formé parte del equipo sanitario y la experiencia fue impactante. Sigue clavada en mi retina la primera visión de una mujer con el burka. Iba detrás de un Nissan, de escolta. Las había visto por televisión, sí, pero ahora allí, a mi lado y sobre la tierra, esa mujer cubierta, medio descalza y con ese frío me impresionó».

Foto: ABC

Lucía Peraita García nació en Burgos hace 36 años. Estuvo casada y no tiene hijos. Y, que sepa, sólo un tío guardia civil es el antecedente familiar de entrega a la milicia, así que le cuesta remontarse a un origen de esa vocación infantil por querer ser soldado. «Entonces también deseaba ser veterinaria y trabajar en el zoo de Madrid. Siempre digo que es mi carrera frustrada y quién sabe si al fin lo lograré, que tengo muchos años por delante. Pero sigamos con la realidad. Ya más mayorcita me fascinó la ideología que impregna la vida castrense, la lealtad, la unidad, el trabajo en equipo, el compañerismo... Todo, absolutamente todo, lo que era importante en esta empresa me gustaba y me producía satisfacción».

Así que, tras sus estudios de COU, se preparó en una academia para entrar en la Guardia Civil, pero no aprobó; insistió para ser tropa del Ejército de Tierra, «pasé por la instrucción, y ahí me quedé». Su primer destino fue en el Batallón de Ingenieros de Zaragoza, donde estuvo de zapador, luego en el cuartel general de chófer «para lo que hiciera falta», después al Regimiento de Ferrocarriles número 13, donde pasó cuatro años «y donde tan bien estuve», y cuando accedió a ser tropa permanente cayó en el de Pontoneros, otro año, «y como me gustaba tanto el ferrocarril, regresé. Hasta hoy que pedí una vacante a la unidad de zapadores y he sabido que me la han concedido. Me esperan campos de minas, construcciones, alambradas... Hay muchas cosas en el Arma de Ingenieros, que es tan bonita. No soy chica de oficina, necesito aire, trabajar codo con codo, con los compañeros y mucho movimiento. Así que saber que vuelvo a mi cuna me ha puesto muy contenta».

De furriel a conductor
Su Regimiento de Pontoneros y Especialidades de Ingenieros número 12, que tiene su base en Zaragoza, está en Kosovo apoyando el repliegue de las tropas españolas, esa retirada escalonada que la ministra de Defensa anunció en marzo de sopetón, sin comunicación previa a los aliados, lo que le valió el varapalo de la OTAN y EE. UU. Para Peraita, volver a Kosovo diez años después de su primera misión allí, ha sido regresar a la fascinación de entonces, «cuando tan buenos compañeros hice y tanto me gustaba mi trabajo».

«Llegué furriel -encargado de distribuir los servicios de la tropa- y acabé además siendo conductor de ambulancias cuando hacía falta, en otras ocasiones de camión, con el que bajábamos cada semana desde Istok, donde ahora me encuentro, hasta Skopje, a por los pedidos de farmacia, las reservas de sangre, y a recoger la paquetería, las cartas, lo importante. Ahora como entonces -añade Peraita- he vuelto a ver esa nube de niños que grita al paso de uno de nuestros vehículos militares 'españoles, españoles, caramelo?'. Pero estos son niños que, cuando vine por primera vez, no habían nacido, y que se han criado asimilando lo español como propio».

Tanto como recordar el milagro de aquel bebé abandonado en la nieve del profundo invierno kosovar «tan heladito que cuando lo encontramos, ni respiraba el pobrecico; se le reanimó y vivió. Son cosas tan buenas que hacen que todo el mundo quiera participar porque se siente encantado».

De su paso por Líbano, Lucía Peraita explica que «como siento cierta debilidad por la Legión y estuve allí con ellos, aprendí mucho y volví entusiasmada». Y después enumero la variedad de puestos tácticos por los que ha pasado: «zapador, radio-tirador, conductor, sanitario-conductor y conductor-topógrafo», que muestran la confianza que le tienen sus mandos.

«No te va a tocar»
«Cuando entré en el Ejército hacía solo cinco años que se había incorporado la mujer a las Fuerzas Armadas. En mis cinco años en zapadores éramos dos mujeres. Zapadores no es un destino relajado y tuvimos que acoplarnos las pocas mujeres al montón de hombres y el montón de hombres a las pocas mujeres. Y lo hemos logrado, ¡eh! ¡Aquí estamos! Todos iguales... Bueno no: el que vale, vale, y el que no vale, lo tiene mal, sea lo que sea».

Confiesa la cabo que lo que más le costó fue llevarse con las armas de fuego. «Montar y desmontar se me da bien, pero con los nombres de las piezas me hago un lío, así que cuando no me sale cómo se llama algo le digo el 'pijorro ese', y a otra cosa, que no estamos para perder tiempo».

¿Sintió miedo alguna vez? «No se piensa en eso. Estás más o menos preparado para lo que sea, pero crees que no te va a tocar a ti. Luego pasan esos incidentes trágicos... Una pena. Porque sabes que estás preparado pero tampoco hay nunca tiempo para poder reaccionar». Entonces cuenta que donde le ha visto la cara al peligro, casi nariz con nariz, ha sido en Bosnia. Allí formó parte de un pelotón de zapadores y su misión consistía en la verificación de desminados. Con los méritos de tal empeño ganó la primera condecoración de su vida. «Es la que recuerdo con más emoción y la recibí con muchas ganas y entusiasmo. Me la colocó mi sargento. Éramos cinco y no le voy a decir que me sintiera un héroe, pero dices ¡madre mía, me han puesto una medalla!».

Con el tiempo, mucho esfuerzo y sacrificio fueron llegando las otras. Como la distinción por el apoyo al pueblo paquistaní tras el terremoto del 2005. «Engrosé el Regimiento de Ferrocarriles y nuestra misión fue el repliegue: recoger todo el material y transportarlo en tren para cruzar todo el país, desde Islamabad hasta el puerto de Karachi, donde esperaba el barco que lo llevaría todo. Algo parecido a lo que hago en Kosovo».

Y en esa tarea trabaja. «Prácticamente la tarea del repliegue se ha acabado. El barco ha llegado y creemos que pronto volveremos a casa. Pero hasta ese momento no se pueden hacer planes». Lo único que sabe es que quiere darse un respiro y prepararse bien para ascender a cabo primero «y tener la oportunidad de hacer el curso de adiestrador de perros de explosivos».

Su cachorro Boxer, Duna, la espera en casa, junto a los periquitos, las ninfas y el canario. La gata «Peque» se la cuidan sus padres, Flora y Manuel. «¡Les agradezco tanto que me permitieran hacer lo que quería y que nunca haya salido de su boca un desaliento a pesar de que sé lo mal que lo pasan!». Lo más duro, los cumpleaños, las Navidades tan lejos cuando llama a su madre y se echa a llorar «como una boba. Luego, cuelgas, vuelves a lo mismo otra vez, y ya está».

Fuente: ABC
28/06/09

Suplemento Temático: Mujer y Seguridad

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