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Seguridad Pública y Protección Civil.

 

Revista de Prensa: Noticias

Martes, 15 de septiembre de 2009

La "generación perfecta" se quema por dentro

Pozuelo ha enseñado a los padres lo que hacen sus hijos. Todos miraron horrorizados, pero nadie asumió la culpa

 

Los padres de M y J, un chico de 19 años y una adolescente de 16, acuden al Centro de Atención a la Familia (CAF) de Arturo Soria, un barrio exclusivo de Madrid. Una familia muy acomodada económicamente que acude al CAF y traslada a la coordinadora del centro de la Comunidad de Madrid, María Luisa Pérez, una dura y sorprendente pregunta: ¿Cómo puedo denunciar a mi hija? «La niña les agredía verbalmente, dejó los estudios y no aparecía por casa», explica la psicóloga. La pregunta tiene ahora una difícil solución. Durante 16 años la hija había ido alejándose de sus padres sin que ellos lo percibieran. La familia perfecta se derrumbó a pequeños pasos, sin carreras, sin retorno.

Foto: La Razón

Palizas a la madre
Éste es sólo un ejemplo. Una forma menos dura, ahora entenderán por qué, de comenzar un reportaje que deambula entre culpas que no son de nadie (todos son presuntamente culpables). Una forma de evitar que el inicio del texto sea la historia de un niño que quedó huérfano de padre con 12 años, cansado ya entonces de no tener hueco en su armario para meter tanta ropa y juguetes. Cinco años después, el niño consentido y mimado, que sufre la desgracia de enterrar a uno de sus progenitores, pierde también al otro. Su madre se separa de él cansada de recibir sus palizas –desde que el hijo tenía 15 años–, que le llevan al hospital con frecuencia. Esta vez la denuncia materna se hizo real y el juez internó al niño en un centro de menores. «Ella vive muerta, entre pastillas, preguntándose qué ha hecho mal», explica su psicóloga. ¿Qué hizo mal? «Consentirle todo».

Pozuelo, la ciudad perfecta (tiene la renta per cápita más alta de España), ha visto como en un sábado de fiestas su cielo de cristal se hacía añicos. Una lluvia de botellas y fuego que ha desatado las alarmas de las clases medias, que han visto en público y en directo lo que hacen sus hijos (peor aún es que lo han visto también los vecinos).

Ahora, una semana después de los sucesos, el proceso de reflexión divaga entre fáciles lugares comunes y reflexiones a largo plazo. Educación, autoridad y valores es el elixir, según los expertos, de la eterna juventud (la que no tiene prisa por beberse hasta el tiempo). Para ellos, los adolescentes, no es un problema de conciencia, sino de copas a alto precio, policías que preguntan con las manos y lugares en los que poder entrar sin un sello en la mano del vigilante del paraíso.

Pero el que un grupo de niños pijos se acueste al nivel de los desheredados franceses que quemaban coches por el viejo París tiene el agravante de no contar con la justificación de la opresión socioeconómica. «Hace 30 años todos los menores conflictivos procedían de zonas desestructuradas. Se sentían mal por no tener lo que tenía el resto», explica el psiquiatra forense Javier Urra. No es el caso de los detenidos de Pozuelo ni de, por ejemplo, los chicos que prendieron en llamas a una mendigo en Barcelona. ¿Por qué lo hacen? «Les faltan valores.

Ha desaparecido la creencia religiosa y política», contesta Urra, que, sin embargo, afirma también que «ésta es la generación más formada y solidaria».

«No son los nuestros»
El análisis, por tanto, nos lleva a otro ámbito, el del compromiso social. Un ejemplo: en la parroquia de Santa María de Caná, en Pozuelo, apuntan que tienen más jóvenes involucrados con labores de la Iglesia que nunca. «Unos 600 chicos», explican. Reconocen, aun así, que hay problemas entre la juventud. «Hay algunos problemas por el consumo de alcohol de los chicos y la falta de implicación de los padres con sus hijos». Luego, explican un mensaje también repetido en otros ámbitos de la localidad: «Muchos de los que generaron el problema no eran de aquí. Están viniendo grupos antisistema a crear problemas», explica el cura.

«Nosotros no fuimos, fueron los otros», parece que es el mensaje, cierto o no, que repiten también  muchos vecinos que ven inculpado su modo de vida.

¿Entonces? Si la denostada «generación del “botellón”» es también la de las ONG, la fe y el medioambiente, ¿puede ser que haya sólo algunas manzanas podridas en el cesto y no un conflicto global? «En las familias estructuradas hay menos problemas, pero cuando los hay son más difíciles de detectar», dice Arturo Canalda, Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid. «La violencia es general a toda la juventud. La televisión, en ocasiones, hace mucho daño».

Para el sociólogo Antonio López «las personas particulares se han convertido en actores públicos. Hay cultura mediática».  Los móviles e internet son un medio para saltar a la fama.

Pozuelo ha sido televisado porque los culpables aportaban orgullosos las pruebas. «El adolescente es gregario, hace lo que ve. Encima, los jóvenes sobreprotegidos tienen altos niveles de consumo. Consumen todo: ropa o violencia», concluye el sociólogo.

Y en medio de todo este lío de repartos de culpas y soluciones están ellos, los jóvenes, los culpables inculpados. «No podemos pagar copas a 12 euros». «La Policía sólo aparece para pegarnos o amenazarnos». «Vamos a ir a por ellos». Pasear por Pozuelo estos días era escuchar bravuconadas como las de David, un niño de 13 años, que no levanta dos palmos del suelo y tiene cara de bebé, que recuerda con orgullo que tiró casi tantas botellas a los agentes como las que se bebió. «Son unos mierdas». ¿Lo saben tus padres? Se aleja sin contestar. Unos pasos después se vuelve y aclara: «Ah, y no somos pijos».

En el escenario idílico de estos «chicos bien» hay también drogas, peleas y robos. «Canabis y cocaína son las drogas que más se venden en estos ambientes», explica Canalda. «Se vende en los parkings de las discotecas. Un gramo de cocaína cuesta 70 euros», cuenta Pablo, un chico de 19 años. ¿Hay mucha oferta? «Sí. Sobre todo para porros».

El alcohol también se vende por litros, sólo hay que ver cómo iban sobrados de munición los chicos de Pozuelo. «La mayoría de jóvenes que están tratados en centros para alcohólicos son de clase social alta», explica el Defensor del Menor. La letra de un grupo de moda entre adolescentes –Los delincuentes– dice «desperté borracho y tirado (...)». Los chicos cantan la canción. Más de uno también la vive. Los menos. Demonizarlos a todos es tan irreal como dibujar el mundo ideal que muchos padres se hacen en la cabeza por ver que sus hijos salen por los mismos barrios que ellos cenan.

El «boom» de Pozuelo pasará. Nadie ha asumido culpas. Los padres denuncian a los policías, los políticos no cambian nada, los chicos volverán a los «parquebares». Y al final, ¿quién puso en llamas la ciudad perfecta?

Perfil de los padres e hijos enfrentados

Los psicólogos alertan de que ciertas pautas de comportamiento desembocan en un conflicto familiar.

El menor
El perfil de un joven conflictivo muestra desde niño comportamientos que van creciendo en intensidad. Se trata, dicen los psicólogos, de chicos que «carecen de normas y pautas de convivencia». El niño crece y se desarrolla en muchos casos con una falta de autoridad paterna. «Se trata de hijos de padres separados en los que el que no tiene la custodia se desentiende del niño». Todo este panorama provoca que el menor crea que es poseedor de «todos los derechos y de ninguna obligación».

Luego, con la edad, el enfrentamiento entre padre e hijo se radicaliza. «Puede ser especialmente violento si hay choque entre un adolescente varón y su padre. La pelea puede cruzar el umbral físico por ambas partes». El conflicto se muestra con constantes agresiones verbales de los menores a los progenitores: gritos, insultos, amenazas, portazos y humillaciones.

El adulto
La falta de autoridad late en la gran mayoría de padres de familias con dinero que se enfrentan a hijos muy conflictivos. «Son excesivamente conflictivos y temerosos», explican los psicólogos. El dinero no suple la falta de recursos educacionales. «No saben ni tienen claras sus funciones como padres». La cantidad de bienes materiales que dan a sus hijos hace que vayan consintiendo cada vez más sus caprichos. Luego, «cuando llegan a la adolescencia los niños, los padres perciben que no pueden hacerse con ellos y buscan que sean otros los que les arreglen el conflicto: profesores, psicólogos, familiares...».

La situación familiar es también clave. La mayoría tiene graves problemas de pareja.

«No se consensúa la educación de los hijos porque no hay relación entre los padres. Son matrimonios rotos». El divorcio se produce en un clima hostil.   

El juicio mediático de los niños pijos y el peligro de decir que fueron los otros


¿Tienen los jóvenes un problema con el alcohol y las drogas?
Cada año salen estadísticas que demuestran que la droga y el alcohol están muy presentes en la vida de los jóvenes. Pozuelo ha enseñado un mundo desconocido para algunos. La violencia extrema cruzó el umbral de la pobreza pero en sentido contrario. Las fiestas de un pueblo rico pueden ser también el caldo de cultivo para una explosión de violento alboroto. El conflicto puede que sea más generacional que económico.

¿Debía haberse contestado con un castigo ejemplar?
Debía haberse contestado con la ley en la mano. Que los familiares de algunos detenidos sean marqueses, fiscales o concejales no es un agravante, pero tampoco un atenuante. En algunos momentos el juicio ha sido más mediático por el entorno que por los hechos. Acorralar a un grupo de policías bajo una lluvia de botellas merece que se depuren todas las responsabilidades. Pozuelo debe servir de ejemplo para saber que un cóctel de alcohol, drogas y miles de jóvenes es peligroso en un arrabal o en un entorno idílico.

¿Eran todos unos niños pijos?
Creer que todos los que viven o van a las fiestas de Pozuelo derrochan euros es irreal; tanto como negar el alto nivel económico de la zona. Lo que parece preocupante es mirar el listado de procedencias para asumir responsabilidades.

Decir que muchos eran de fuera es querer mirar a otro lado. ¿De dónde eran? Las fiestas son en un pueblo de Madrid. ¿Cuántos kilómetros de cercanía o distancia hacen falta para que alguien se considere responsable?

Fuente: La Razón
13/09/09

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