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Miércoles, 23 de septiembre de 2009

El desafío de ser profesor entre gritos y patadas

Los alumnos conocen sus derechos. A la menor muestra de autoridad amenazan al profesor con denunciarle

 

Un adolescente patea brutalmente  a un maestro frente a una platea de alumnos que vitorea y filma los golpes; un joven de 16 años sufre un ataque de ira y lanza su pupitre por la ventana; unos chicos pegan en clase a un humillado compañero; una alumna se niega a contestar la pregunta que el maestro le hace en la pizarra; un padre acude al colegio a protestar airadamente porque su niña no aprueba un examen en el que casi la única cifra exacta es la fecha. Todos son casos ocurridos en las aulas españolas.

¿Qué puede hacer un profesor ante estas situaciones? La respuesta es sorprendente en los casos violentos. «Una comisión de convivencia formada por el claustro, los padres, el niño, el profesor... se reunirá 20 días después y decidirá la sanción que se le impone al chico», explica Araceli Oñate, autora del informe Cisneros sobre violencia escolar. Mientras, tres días después de la agresión, el chico vuelve al centro escolar a contemplar a su víctima. «La palabra violencia se ha cambiado por conflicto, lo que hace que víctima y verdugo sean juzgados desde un prisma de igualdad», matiza Oñate. ¿Matiz? Quizá este sea el pilar en el que oscila la falta de autoridad del profesor. El tuteo ha llegado a las aulas hasta para repartir las culpas.

¿Y qué puede hacer el maestro en el caso de la falta de conocimientos de los alumnos? Puede suspender al menor, pero no impedir que el niño que no sabe matemáticas salte los cursos coleccionando suspensos (sólo pueden repetir una vez por curso). «Los libros de gazapos estudiantiles han pasado a categoría de costumbristas», explica con sorna un maestro que prefiere, en esta frase, mantener el anonimato.

El efecto Pozuelo
Los sucesos de Pozuelo de hace dos semanas nos enseñaron que a nuestros hijos les gusta jugar a policías y botellas. El problema es que mientras los adultos se rasgan las vestiduras, los jóvenes presumen de punteras de botas desgastadas en traseros de maestro. Todo el mundo habló entonces de que hay un problema con la educación y los valores que reciben los niños. Se miró a la escuela y se descubrió que allí se ha perdido la batalla. A la sociedad le gusta flagelarse cuando descubre lo veraz que puede ser la  realidad. 

La Comunidad de Madrid ha anunciado esta semana que le dará al maestro nivel de autoridad y el debate educativo se ha desatado. Políticos aparte, los protagonistas, los profesores, coinciden en el análisis: «No tenemos el respeto del alumno». Tampoco hay que caer en la demagogia de la excepción; no hace falta para entender que el panorama es complicado. «No es lo normal que los alumnos agredan a profesores», coinciden todos los expertos. El problema no es la paliza puntual que hace saltar todas las alarmas, es el día a día de una escuela que pierde valores. El paisaje cotidiano es lo preocupante.

Luis Andrés Santos lleva 29 años entregado a la docencia. En la actualidad es orientador de alumnos –hace una labor psicológica– y da algunas clases en el Instituto de Educación Secundaria (IES)  Villa de Valdemoro. «Cuando comencé como maestro, si había algún alumno no respetuoso quedaba marginado. Ahora es al revés. El envidiado no es el estudioso, es el mediocre», explica.

Iconos rebeldes
En la misma línea se expresa Araceli  Oñate. «El alumno que ha sido expulsado del centro se pavonea en la puerta del centro para que el resto de chicos vea que él ha sido el que se enfrentó al profesor». En realidad, la ecuación es repetida a la de otros ámbitos sociales, el transgresor se convierte en icono por rebelde.

Para Juan José Nieto, director del IES Julio Verne de Leganés, tras 28 años de docencia los cambios son significativos. «En estos años ha cambiado todo. Los chavales de ahora son cibernéticos. El chico que viene de jugar con la “Wii” entra en mi clase y le debo dar Física.

Ha cambiado todo a un ritmo vertiginoso», explica. Él dibuja un ambiente escolar envidiable por muchos, «no tenemos conflictos graves en el instituto», lo que no impide que le parezca un acierto que «el profesor sea considerado autoridad pública».

Parece claro que el giro es radical. La denostada educación del respeto que se terminó hace 15 años se convierte ahora en un anhelo. «Si hoy hubiera comenzado a ser maestro me gustaría menos mi trabajo», afirma Luis.

Mandar callar
«Los primeros 15 minutos de la clase los gastas en intentar que los alumnos se callen». La afirmación es común, minuto arriba o abajo, a todos los maestros consultados por este periódico. «No sufro graves problemas de comportamiento en clase, pero sí me cuesta mucho captar su atención. Entro en clase y los chicos siguen levantados y hablando. Parezco invisible. Al final tienes que gritar», dice Silvia González, profesora de Primaria. «Nuestro trabajo ya no es explicar, parece que hablamos para las paredes», incide Luis.

La lección se acrecenta con los años. El niño pequeño se convierte en un adolescente que ha aprendido a imponer sus leyes. «Conocen perfectamente sus derechos y no aceptan sus obligaciones».  El ejemplo se comprueba en cualquier espacio de la escuela.  «Hay alumnos de Primaria que intentan escaparse del comedor. En cuanto los coges del brazo para que no se escapen a la calle te amenazan con denunciarte», explica Isabel Martínez, responsable de comedor desde hace 19 años de un colegio concertado del sur de Madrid. «Ahora los niños no tienen respeto. Antes yo hacía sonar el pito y todos se sentaban a comer. Ahora lo escuchan y gritan: ¡gol de Ronaldo!». No hay grandes sucesos, «salvo algún niño que tuvo que ser expulsado por lanzar vasos y cuchillos por los aires porque no le gustaba la comida», pero sí un declive constante de comportamiento.

¿Cómo afecta este nuevo escenario a los profesores? «Yo he visto llorar a muchos compañeros», recuerda Luis. Entre los maestros saben que hay dos vías posibles para llevar a un grupo conflictivo. Las dos llevan a un resultado parecido: altos grados de estrés. Los profesores «blandos», que intentan hacerse colegas de los alumnos, suelen perder autoridad y sufrir casos, más o menos graves, de agresiones. «Ningún compañero admite que un grupo se le ha ido de las manos». Para un docente «hueso», el estrés llega porque tiene que mantener la tensión constantemente. Resultado parecido.

El ejemplo familiar
El informe Talis publicado por la OCDE afirma que España es el país europeo «con peor clima escolar». «Uno de cada tres docentes tiene riesgo de sufrir enfermedades psicológicas», explica Araceli Oñate. Datos que apoyan situaciones concretas. ¿Y la familia? El alumno llega a clase con el respaldo de sus padres. «Hay paralelismo en el comportamiento de los padres y los hijos», dice Luis. «Los que más veces vienen a protestar son los progenitores de los alumnos más conflictivos. No asumen ningún error», explica Silvia.

Todo este panorama escolar es cotidiano. Los chicos marcan las leyes y acumulan fracasos escolares. Fuera sólo les espera una nocturna lluvia de botellas a la Policía. Antes ya habían dibujado el asalto en la pizarra con tiza.

El proyecto mejoratuescuelapublica.es
Juan José Nieto es uno de los docentes apasionados por su trabajo que están «dispuestos a no llorar y lamentarnos, sino a remangarnos y ver que podemos hacer por la escuela». Un
grupo que ha creado la página web mejoratuescuelapublica.es, que pretende ser un motor de ideas de profesionales para solucionar los problemas de las aulas. «Es una iniciativa que nace de la base de centros situados en zonas no fáciles y que quieren difundir cómo acometer las diferentes situaciones que nos encontramos en el día a día», dice Nieto. «Por un lado, si nos empeñamos en dar golpes a lo tonto con el hacha mal afilada, vamos dando palos de ciego... nos desgastamos, nos cansamos y no mejoramos... hay que pararse y valientemente, afilar el hacha y abordar los problemas en su raíz».

La idea de este grupo es recobrar la autoridad sin complejos. «Querer a los chicos es exigirles, si no les defraudamos», explica. Eso sí, reconocen los problemas: «La enseñanza es dura, muy dura, para el que se la toma con responsabilidad». «No hemos venido a lamentarnos, sino a implicarnos», sostienen en la página web. Una novedad en estos duros tiempos para el profesorado.

Fuente: La Razón
20/09/09

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