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Revista de Prensa: Noticias

Jueves, 1 de octubre de 2009

Era el más fuerte, el rey de la clase

Lucas tiene 15 años. Su comportamiento violento había convertido el hogar familiar en un infierno. Su problema comenzó en el colegio, «una jungla» que quiso conquistar

 

Foto: ABCTiene 15 años y sus problemas de agresividad le estaban poniendo al borde del abismo. Sus padres, Petri y Raúl, se sentían incapaces de salir de aquel infierno y temían que Lucas rebasara el límite de las agresiones psíquicas y que las amenazas físicas se hicieran realidad.

Ahora, todos vislumbran la salida del túnel gracias al «Programa de tratamiento psicológico para adolescentes con problemas de agresividad», que imparte la Clínica Universitaria de Psicología de la Universidad Complutense, en colaboración con la Comunidad de Madrid.

Padres e hijo relatan para ABC su experiencia. Junto a ellos, Francisco y María, dos jóvenes psicólogos que desde principios de año se han convertido en sus ángeles protectores y les han allanado el camino hacia la serenidad.

«Mi hijo -comenta Petri- se ponía muy alterado, se enfadaba, se iba de casa y volvía una o dos horas después». Raúl recuerda que «ha habido momentos muy críticos. Yo notaba en mi hijo mucha rabia contra mí porque era más exigente que su madre». Y la madre refiere: «Un día se enfrentaron los dos, de tal manera que el chico se fue de casa y no volvió hasta las 8 de la tarde. No sabía qué hacer».

Lucas responde: «Yo me iba para calmarme, para que acabara la tensión». Además, «las madres no se dan cuenta de que nos protegen demasiado. Ven una situación que no existe.

Me voy a las ocho y vuelvo a las diez, y no pasa nada en la calle». Padre e hijo coinciden en que Lucas nunca «pegó» a su progenitor. Eso sí, el chico pensaba y decía «Esto es la jungla y el más fuerte gana». Y hacía gala de su fortaleza, como confiesa: «Mi padre se enfadaba, creía que me iba a dar y le empujaba».Raúl completa la manifestación de su hijo: «No ha llegado nunca a la violencia, siempre ha sabido estar en el límite», porque «yo notaba la mirada de odio hacia mí y ese punto de ira... Cuando estábamos en el límite, él me ha llegado a sujetar pero nunca a pegar. Soltaba la ira dándose cabezazos con la pared».

«El colegio, responsable»
El colegio, que su vástago ha dejado este curso para pasar a un Instituto de Educación Secundaria, se lleva todos los reproches de los padres de Lucas. Le achacan una excesiva rigidez y un rechazo hacia un «niño conflictivo ante el que sólo deseaban que se fuera», asegura el padre.

«A diferencia de lo que hacía en casa-afirma el muchacho- del colegio no me iba. Tenías peleas con unos compañeros y con algunos profesores; había tensiones y saltaba. La profesora me reprendía y yo le contestaba con gruesas palabras. Todos se reían y me echaban de clase».

¿Que ocurría entonces? «Me crecía -continúa Lucas-, porque era el más grande y el más fuerte. Era el rey de la clase para bien y para mal, porque también me culpaban de todo, me etiquetaban». La madre interviene: «Eso le provocaba una rebeldía que tenía sus efectos en la vida familiar».

La historia, a diferencia de otras muchas, parece abocada a un final feliz. «Hemos aprendido a reaccionar, aunque hay cosas que nos cuestan como darle las gracias a Lucas cuando hace algo que debe hacer». El hijo apostilla: «Ahora tenemos algunas peleíllas, como en todas las familias», pero todos tenemos voluntad de hacer las cosas bien». Y es que «hemos comenzado a vivir, hay mucha menos tensión que antes», concluye Petri.

«Sin embargo, advierten, «la sociedad no ayuda».

De padres débiles, hijos tiranos

Muchos adolescentes que aterrorizan hoy a sus padres y profesores iniciaron su «currículum» antes de los seis años. Algunos de ellos daban ya patadas consentidas en la espinilla de sus progenitores

Muchos adolescentes que aterrorizan hoy a sus padres y profesores iniciaron su «currículum» antes de los seis años. Algunos de ellos daban ya patadas consentidas en la espinilla de sus progenitores cuando estos últimos se atrevían alguna vez a cerrarles el tarro de la mermelada. Estos padres consentidores siguen estando de moda y presumen de ser «liberales» con sus hijos. Se han «liberado» de ponerles normas y límites, de corregirlos y castigarlos, por miedo a ser autoritarios y herir así su autoestima. Ignoran que el comportamiento espontáneo de los hijos no es suficiente para que maduren como personas, que hay que intervenir en sus vidas.

¿Cómo suelen ser los hijos adolescentes que desde los primeros años se sintieron muy tolerados y poco o nada exigidos? Acostumbrados a actuar sólo en función del capricho y del «me apetece o no me apetece», carecen de hábitos de autocontrol y de autodisciplina. No tienen voluntad. Acostumbrados a recibir «síes», cada vez que reciben un «no» a sus gustos en el hogar o en la escuela se frustran, se irritan, se enfurecen y reaccionan de forma agresiva.

Nunca como ahora se criticó tan sin motivo a los padres autoritarios, porque, como es bien sabido, apenas existen. Sí existen a miles los padres «liberales», eufemismo utilizado para designar a los padres débiles, los que carecen de fortaleza para exigir, los que por no ejercer la autoridad han dimitido como padres. «Hijos huérfanos de padres vivos», en palabras de Juan Pablo II.

Hemos pasado del extremo de concebir la autoridad como un fin en sí misma a desterrarla casi por completo de los hogares y de las aulas. El nuevo modelo es el del permisivismo educativo. Los profesores tienen que sufrir a los niños consentidos que les «facturan» los padres «liberales» para que los eduquen sin atentar contra su sagrada autoestima. Pero el mayor sufrimiento es el que les proporcionan los padres, que actúan como abogados de sus hijos cada vez que estos últimos se quejan de que los profesores les tienen manía.

La raíz y la solución del problema de los adolescentes agresivos está en la familia. Se necesitan padres responsables con dedicación en la tarea de crear autodominio, obediencia y respeto en sus hijos desde las primeras edades.

Fuente: ABC
27/09/09

Suplemento Temático: Formación y Seguridad

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