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Revista de Prensa: Noticias

Miércoles, 14 de abril de 2010

Las huellas del crimen

La reacción en la red ante el asesinato de Cristina Martín en Seseña deja al descubierto la desprotección de los menores

 

Desde el crimen, el muro de Tuenti donde Cristina Martín chateaba con sus amigos es un hervidero de ira, pena, miedo. Y, por qué no, de banalidades. Se trata del mismo espacio dentro de la red social donde tanto la joven asesinada como su presunta homicida chateaban con sus amigos del IES Margarita Salas. Una compañera de ambas nos facilita una «invitación» –no se puede acceder sin ella– para poder leer frases como éstas:

-«Tia sento muxo por lo k a pasado por la muerte de cristina» (inicia Duni).

-(A lo que Naj responde) «I yo. Cristina te keremos y siempre en nuestros corazones estara vivo tu recuerdo».

-(Mik haciendo una broma desliza un...) «qe sientes tu x cris si as siooo tuuu jajajaja”.

-(Y un indignado Iman media): «no hace gracia decir a una persona k a sido ella la k la ha matado».

-(A renglón seguido, Anastasia zanja): «cris es una niña a la q vamos a recordar siempre. descansa en paz amor”.

-(Diana, sobre una foto de la presunta homicida –cuyo nik era Coco–, estampa un rotundo): «ASESINA!» (apostillando): «¡ojalá te mueras!».

-(En medio, se cuela un inevitable) «Halamadrid!!!!» (de Alfon) (y un:) «Siento algo tan prozundo en mi corazon por un chico k empieza por p»... (hacia el que ha escorado Naj).


Alumnos del Instituto Margarita Salas de Seseña saliendo de clase el pasado jueves



Es un constante ir y venir de su corazón a otros asuntos. De la rabia y el dolor, a sus temas de siempre, jalonando bromas y trivialidades. A eso de las tres y media –pese a haber estado juntos en clase hasta una hora antes– se conectan los ordenadores de infinidad de jóvenes seseñeros y, a resguardo de sus mayores, comparten filias, fobias, aficiones, amoríos, canciones, acertijos, imágenes de la estética que los define... Cuando todo parece transcurrir con normalidad, alguien vuelve a alterar los ladrillos de este muro virtual en esa jerga encriptada –que prescinde de vocales y muchas consonantes– y lanza un nuevo insulto a la detenida. La respuesta no se hace esperar: unos transitan por la senda de la ofensa, otros se amparan en la pena. De la ira a la lamentación y de ésta a la broma. Y vuelta a empezar. 

«Están haciendo catarsis, liberándose como saben –explica José Cabrera, psiquiatra forense–. Los adultos drenan de viva voz y ellos lo hacen en su entorno, que es virtual. Su universo se centra en la Play, la Game, el móvil y el ordenador. La calle en la que jugábamos es historia. Por ese motivo, la marabunta de palabras, en principio, no les viene mal en su conjunto». Algo que Ángel Peralbo, psicólogo de intervención familiar y autor de «El adolescente indomable», puntualiza: «Lo que dudo es que resulte terapéutico. A los jóvenes, expresar les viene bien, pero si esto se prolonga, pueden llegar a retroalimentarse y es una comunidad pequeña donde podría haber repercusiones enervantes».

En el muro de Tuenti, se cuela un iracundo: «puta pdrete, bete a mtar a tu pais, q aqui ay gente que biene d fuera i no mata» (y un:) «¿cmo a podido pasar aqi?». Una vez más, de la ira a la estupefacción.

Son carne del espacio web. Ahí se informan, especulan, se desahogan en un polvorín de palabras, pertrechados tras sus tarjetas de presentación (llamadas perfiles): cómo son, cómo se ven o cómo desearían verse. A Chany, la detenida, le seducía el «look» gótico: cementerios, sangre, lugares tenebrosos, calaveras, y alardeaba de «haber visto morir a alguien» y «haber estado en una pelea». «No nos llevemos las manos a la cabeza por lo que podamos leer: la imagen que proyectan no se corresponde con la realidad. Se estima que la mitad de los chicos mienten en sus perfiles –sobre su edad, orientaciones sexuales, aficiones…–», explica Leonardo Cervera autor de «Lo que hacen tus hijos en internet». «Pero en aquello que no mienten –matiza el Dr. Cabrera– es sobre su estética de vida. Su militancia férrea al grupo es fundamental   –pokemon, cani, friki, flogger, ska, biker, nerd, fandom–. Pero pertenecer a una tribu urbana sólo tiene un cariz cosmético». Son habitaciones virtuales donde cambian de identidad o modifican sus perfiles a golpe de clic, «redecorando» su propio espacio; no en vano están en plena búsqueda de su identidad.

«En el mundo virtual, todo es gratis. La ficción 3D alimenta la idea mágica de que la muerte es escénica, y no real», aclara el Dr. Cabrera. No en vano, la tragedia de Cristina viaja de «site» en «site», magnificándose y en algunos foros se llega a especular si teléfonos móviles, cámaras digitales e internet no hayan sido el soporte para que terminemos viendo el triste final de la joven convertido en un «Happy Slapping»  – «felices bofetadas»–. Esa violencia juvenil que pasa por servirse de las nuevas tecnologías para realizar un despiadado acto con el fin de ser exhibido como un trofeo en la red. «Confío en que no sea el caso –arguye Ángel Peralbo–, pero podría perfectamente darse esta situación. En la red, los chavales preparan cosas inapropiadas, por el puro afán de escandalizar. Además, tienen acceso a información que no pueden asimilar y un 70 por ciento rastrea esas “sites” sin control paterno».

Los expertos coinciden en que no hay, ahora, más casos de violencia cometida por menores, simplemente tienen más trascendencia. «De los mil homicidios que se comenten al año, sólo el 1,5 por ciento es perpetrado por menores, según la Fiscalía», matiza el psiquiatra forense. Y concluye con una sentencia poco popular: «Las dos chicas se citaron en un duelo. Tengamos presente que podría haber muerto Chany en lugar de Cristina. En una pelea de dos, uno siempre pierde. Iremos sabiendo qué pasó, pero como psiquiatra me alejaría de tildar a la autoinculpada de psicópata. No hay experto en el mundo que pueda hacer un diagnóstico de personalidad a los 14 años, en tanto que se cristaliza en torno a los 19. Presumo que está noqueada o viviendo sus quince minutos de gloria. ¿Alguien piensa que en el centro de menores donde está no hay tele?».

En el mundo tangible de los bares, los comercios, las calles o la iglesia, los adultos tienen su propia forma de drenar el dolor. La vida real cabalga a otro ritmo, lo que no impide que haya una teoría por cada una de las 18.000 almas que habitan el pueblo, y así se lo hacen saber a quien les pregunta. La amiga de la tercera muchacha convocada al descampado, la fatídica tarde en que falleció Cristina, se lamenta junto a la yesera: «Menos mal que sus padres le prohibieron acudir a la cita. ¡Hoy estaría muerta!».

Amigas y enemigas

Frente a un café, la mayor parte de los parroquianos del bar situado en la calle Bajada del Salvador murmura: «Veíamos pasar cada mañana a Cristina hacia el instituto». Tras una pausa de cucharillas y tazas concluyen: «Chany no pudo hacerlo sola». Juan da un paso más allá: «Yo te digo que el cuerpo no estaba allí desde el principio. Vivo al lado de “las torretas” –como denominan al descampado– y he pasado dos veces diarias con mis perros. ¡Lo hubieran olido!» Y llega un tanto más lejos: «Se ha dicho que las niñas no se podían ver y es falso. Se “ajuntarían” y se “pelearían”, pero la semana de antes estuvieron en la casa deshabitada de un amigo mío junto a otras dos chicas y tres chavales». Recoge el testigo Manuel: «Se dice que algo pasó en una casa abandonada, que a alguien se le fue la mano y, después, ya muerta, la tiraron a la yesera».

El municipio se debate entre la ira y el dolor, por lo que se sienten a un tiempo atraídos y repelidos por el suceso. El sociólogo y experto clínico del Centro Belagua, Antonio Martín, analiza la situación: «La armonía social del pueblo se asienta sobre una estructura del siglo XIX mientras los jóvenes se organizan mimetizando tribus urbanas. El acuerdo se hace difícil.

Los mecanismos de control han saltado por los aires, y los medios de comunicación, la justicia y la opinión pública están buscando una nueva reorganización de los valores de estabilidad que regulen el nuevo equilibrio. Pero si no hay castigo ejemplar no habrá catarsis social».

Distintos sucesos, distintos padres

«En nada se parece el padre de Mari Luz –evangelista con una interpretación religioso-política de su tragedia– a los silentes padres de Marta del Castillo, y, mucho menos, a la madre de Sandra Palo, que continúa culpándose por lo que ella interpreta como una negligencia personal por no ir a buscar a su hija aquella noche», argumenta el psiquiatra forense José Cabrera. «No hay un perfil que los aúne. El padre de Cristina actuó por imitación el primer día en que apareció por sorpresa en la rueda de prensa. No tenía otra forma de expresar su dolor. Y ahora no habla porque está errático en su duelo. En el fondo, estamos fabricando arquetipos o, dicho con todo el respeto,  pequeños monstruos mediáticos». Tanto Juan José Cortés como Antonio del Castillo participan en el debate sobre la modificación de la Ley de Menor y han propuesto un endurecimiento de las penas.

El plus de la crisis se añade a este suceso: «En Seseña hay muchos parados que rivalizan por el trabajo; no podemos actuar con falsos localismos cuando el 90 por ciento de los seseñeros empadronados no han nacido aquí», dice el alcalde Manuel Fuentes (IU), que recuerda las ochenta nacionalidades –el 21 por ciento de la población es extranjera– que conviven en el pueblo. «Sólo 50 de ellos, son cubanos», concluye apaciguando posibles conatos de xenofobia. Lo nuevo en el caso de Cristina Martín es que pudo ser asesinada por una menor, que se conocían y que el suceso ha dejado al descubierto la vulnerabilidad de los menores en la red. A pesar de que Tuenti había anunciado prohibir su uso a menores de 14 años, lo cierto es que tantos las imágenes de Cristina como las de la autoinculpada han circulado en la red. 



Fuente: La Razón
11/04/10

 

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