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Seguridad Pública y Protección Civil.

 

Revista de Prensa: Noticias

Martes, 4 de mayo de 2010

Amores presos: la cara más amable de la cárcel

En la cárcel no todo son abusos sexuales por favores. Descubrimos tres historias de amor entre presos y funcionarios

 

 


Boda en la prisión de Quatre Camins de Carmen Mont y Andrés Rabadán, que cumple pena por asesinato

«Simplemente, me enamoré porque vi en él a alguien distinto; no al asesino de la ballesta que todos veían, sino a un ser especial». Siete años después y fruto de ese amor, repetido por Carmen Mont, ha nacido hace pocas semanas Alicia. La hija que aquella auxiliar de enfermería de la cárcel barcelonesa de Quatre Camins que le daba cada día la medicación al preso psiquiátrico llamado Andrés Rabadán, y que dos años después, formalizarían en boda aquel sentimiento. Su amor –y la concepción de su criatura– no conoce otro escenario que el de la cárcel. Los únicos momentos de soledad que han tenido, han sido los vis-a-vis. Jamás han paseado. Ni han ido al cine, ni cenado con amigos. Ni mucho menos han compartido casa. En cuatro años, cuando Rabadán salga en libertad, será la primera vez que la convivencia ponga a prueba ese amor.

¿Cuántas historias de amor no han sabido los barrotes de las prisiones? ¿De cuántos encuentros furtivos entre presos y funcionarios no han sido testigos los muros de las cárceles? La atracción entre vigilante y confinado es tan vieja como la propia historia de la reclusión. A raíz del incidente sucedido en Alcalá-Meco, donde la cúpula directiva ha sido cesada y dos funcionarios, suspendidos de empleo y sueldo por mantener presuntas relaciones sexuales con internas a cambio de favores, rastreamos algunas relaciones entre hombres y mujeres, con barrotes de hierro interponiéndose.

El parricida y la auxiliar de enfermería

Andrés Rabadán lleva 16 años en módulos psiquiátricos de distintas prisiones,  como Can Brians, la Modelo o Quatre Camins, las tres de Barcelona, y probablemente sea uno de los presos españoles que llevan más años en la cárcel. Ni un solo permiso en 14 años y aún le quedan 1.460 días íntegros de condena. «Ni siquiera le han dado permiso para asistir al nacimiento de su hija», lamenta su esposa Carmen. Aun siendo una mujer fuerte que ha soportado todo tipo de pruebas, «le necesita más que nunca», asegura un amigo común, el cineasta Ventura Durall, realizador de «Las dos vidas de Andrés Rabadán» y «El perdón».

Antes de vestirse de novia, aquel 2 de septiembre del 2003, enamorada de ese chico tan guapo «con un lunar a lo Robert de Niro», mantuvieron una relación sutil dentro de la prisión de Quatre Camins. Fue ella quien reparó en él cuando le daba la medicación. Ella, que leyó su libro, decidió dejarle notas y se dejaba caer por su zona para verle. Le apetecía besarle y, un día, lo hizo. «No quería ayudarle, no había nada caritativo, sólo me enamoré», explica.

Cuando empezaron a circular rumores sobre su relación, ella dejó su trabajo. Sus padres y su hermano le prestaron un apoyo incondicional y, aun ahora, en los momentos más bajos de su reciente maternidad sin su marido, sigue pidiendo una segunda oportunidad para él. A su entender, todos hablamos de su pasado pero a nadie parece interesarle su presente.  «A tenor de su actuación, diría que ella está absolutamente enganchada –explica el psiquiatra José Cabrera–, es decir,  sintiendo, más que amor, una subyugación hacia él».

Todos los funcionarios saben de algún caso de relaciones entre compañeros y reclusos, «pero lo curioso –aclara un miembro de ACAIP– es que el 90 por ciento de las funcionarias que dan el paso es porque se han enamorado, mientras que si sucede con sus compañeros varones, suele ser por un escarceo erótico». «Nada nuevo bajo el sol. Es una máxima universal –sostiene el psiquiatra–, pero no sólo en la cárcel, sino en la vida: para una mujer el sentimiento está por encima de una situación placentera transitoria y para el hombre impera lo contrario. Es un tema biológico que se hunde en la raíces de la evolución humana, y no es privativa del ámbito carcelario». Las preguntas se agolpan: ¿Qué le atrae a un funcionariode un preso? ¿El aspecto sórdido? ¿El lado oscuro? ¿La posibilidad de sexo sin compromiso? ¿Redimirles del camino equivocado? «La posición de dominio en una relación –ataja el doctor Cabrera–, en términos generales, y sin entrar en especificaciones. Eso produce la antigua fascinación, que forma parte del imaginario colectivo de yo soy tu carcelero y tú estás sometido a mí...  Porque, ¿cuántas parejas no juegan a esposarse durante sus encuentros sexuales?

Maestra se enamora de traficante

Para confirmar la estadística «soto voce», María me confiesa –telefónicamente y rogándome no citar la prisión donde trabaja– que mantiene una relación sentimental desde hace casi un año con un interno que cumple condena por tráfico de drogas. «Yo no estoy enamorada de un delincuente, ni me atrae el lado tenebroso del amor. Estoy con alguien que ha cometido un error por falta de oportunidades, porque nadie puede imaginar las condiciones en las que creció. ¿O es que alguien, un buen día, por puro deporte, decide ser traficante?».

María está en guardia y tiene el lógico temor a ser sancionada y perder su trabajo. «Bastante difícil es vernos y no poder expresar lo que sentimos. Ni él puede decírselo a sus colegas, y muy poca gente de mi entorno está enterada». Un beso furtivo, miradas a contrapelo, el roce de las manos a escondidas. «No hemos estado solos, nunca. No puedo solicitar un vis a vis con él porque saltarían todas las alarmas. A veces creo que no vamos a poder aguantar más esta situación a la espera de los meses que le quedan de condena». Lo suyo fue completamente paulatino, nada de flechazos, «cuando vas dejando de ver al preso y permites que emerja la persona, te enamoras de él y olvidas su situación penal». Ignora si seguirán juntos, aunque sueña cómo será el momento en que pueda estar a solas con él, sin testigos de cargo, «tampoco sé si estoy firmando una sentencia de amor para el resto de mis días. Lo que tengo claro es que el amor dura más que las penas, y que ésta es una historia por la que he apostado, como demuestro con lo que me estoy jugando. Además, creo en la redención a través del amor. Y en las segundas oportunidades. Mucho más que en el sistema penitenciario, aunque forme parte de él. La cárcel no reinserta; el amor sí».

José Cabrera opina que «parece ser una historia de amor normal, que ha sucedido en el seno de una prisión como podría haber ocurrido en un bar. Él no ha cometido un delito grave y, ambos, se han ido enamorando con el roce. Si para colmo está a punto de cumplir, tiene tantas probabilidades de salir bien como de salir mal. Como en la vida extracarcelaria».

No hay estadísticas que computen las relaciones amorosas entre funcionarios e internos. «¿Cómo puede haberlas si es un hecho sancionable?», explica un criminólogo, miembro de juntas de tratamiento de distintas prisiones y perteneciente a Comisiones Obreras. A pesar de ser uno de los cuerpos de la administración que más licenciados tiene –cerca del 70 por ciento, aún en los puestos más básicos–, la formación no es un freno cuando el amor llama a su puerta tras las rejas. «Sí  puedo decir –prosigue el jurista– que, salvo en casos de abusos, en los que el trabajador, hombres casi exclusivamente, se vale de su posición para mantener relaciones sexuales, lo cual constituye una infracción penal, el interno o interna aprovecha las circunstancias para conseguir beneficios durante su vida en prisión; no suele haber grandes historias románticas y sí muchas manipulación». «Ambos se instrumentalizan –matiza el psiquiatra forense José Cabrera–: el preso obtiene la ventaja de codearse con quien manda en esa microsociedad, ante sus compañeros... Y el funcionario logra una relación que, en términos generales, no obtendría en la calle por timidez, retraimiento o motivos psicológicos variados».

Chico bien y chica mala

«Como fue hace mucho tiempo, y ella ya ha cumplido su pena, lo puedo contar: fue en Melilla, en un año que no quiero acordarme...», explica, con cierta retranca, quien hoy ya ha aprobado su oposición del cuerpo más elevado dentro de instituciones penitenciarias. «Era mi primer destino, como Ayudante de Instituciones Penitenciarias, lo que vulgarmente llaman carcelero. Había estudiado derecho en el CEU y sacado mi oposición con 23 añitos. Había tenido algunas novietas durante la universidad, pero nada serio,  hasta que la conocí. Fue una relación muy visceral y creo que poco profunda, como demostró el tiempo. Ahora, con perspectiva, creo que debió ser la fascinación de lo prohibido y lo desconocido. Era guapa, listísima y con mucho mundo vivido, el mismo que a mí, un ratón de biblioteca, me faltaba.

Nunca llegamos a tener ningún contacto dentro de la cárcel. Como su pena no era muy larga, casi al mismo tiempo en que me trasladaban, ella salió en libertad. La breve convivencia demostró que no estábamos hechos el uno para el otro, porque fue un romance muy pasional, pero sin proyecto de futuro. Pero hoy miro atrás y, la verdad, nos la jugamos los dos. Pero no me arrepiento».

«A priori –explica el doctor Cabrera–, diría que se trata de una relación asimétrica, gracias a la cual él pudo romper el quiste emocional con una chica como ella. Posiblemente se tratara en aquellos momentos de juventud de un tipo acomplejado con el sexo femenino que encuentra salida a su frustración con una mujer simple de la calle».

Y un desengaño en libertad

«El vestido de boda me lo estaban haciendo a medida las chicas del taller de costura, con un pantaloncillo de raso. Estaba quedando bastante bien».

Ana pasó tres años en la prisión de mujeres de Alcalá-Meco. Acababa de cumplir la mayoría de edad cuando decidió traer varios kilos de cocaína a Madrid desde la República Dominicana. «Me iban a dar seis mil euros por kilo, era muy tentador», dice. La Policia descubrió el doble fondo de su maleta.

Para ocupar el tiempo en la cárcel acudía a los talleres de cocina y participaba en las actuaciones de la compañía de teatro Yestes. Por ahí llegó la felicidad: tras una representación en la prisión de hombres conoció a Wincho, un preso ecuatoriano del edificio de enfrente -Madrid II-. «Nos escribíamos y venía a verme en los permisos». Ahora el tiempo pasaba más rápido: lograron el tercer grado y empezaron a verse fuera de los barrotes. La libertad probó su amor.

Hasta entonces, las escuetas cartas y los acalorados vis-a-vis les dejaban insatisfechos, pero lejos de la prisión, esas citas tan cortas les parecían el paraíso: fuera no tenían casi nada que decirse, a su relación le sobraba aire. Pese a que todo seguía su ritmo: «Teníamos fecha de boda», cuenta Ana, «pero tres días antes hice como Julia Roberts en “Novia a la Fuga” y no me casé». Tenía motivos. Otra presa se cruzó con ella mientras vociferaba que estaba saliendo con Wincho desde hacía semanas. Ana le replicó de forma acalorada, la llamó mentirosa y se marchó enfadada a su celda.

Ni la televisión ni el alcohol casero que fabricaban con fruta la distraían de su sospecha, pasó varios días muy mal, no quería ver a su novio para preguntarle, pero al mismo tiempo no quería creer lo que cada vez era más evidente. Así que con ayuda de otras compañeras de su módulo confirmó la mala noticia. Wincho, el amor de su vida, la estaba engañando.

 

Fuente: La Razón
01/05/10

Suplemento Temático: Mujer y Seguridad

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